VIAJE AL SUR

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   Tras la llegada de Fletcher a Buenos Aires, pasear por las concurridas calles de Florida y Corrientes, degustar milanesas en San Telmo, despachar varias manos de cervezas en los bares ilustres de Belgrano, sin olvidar los típicos asados en el quincho de nuestros buenos amigos argentinos, entre mate y mate nos despedimos de todos, incluyendo al viejo Archibald, que esta vez le tocaba descansar y embarcamos en un confortable autobús con destino a la costa atlántica.

 Este viaje, mezcla entre aventura y exploración, tenía como objetivo por un lado recabar información sobre la costa argentina in situ, con vistas a la próxima travesía a bordo del Archibald; por otro comprobar el rendimiento de los equipos servidos por los Hermanos Ochoa para bajas temperaturas.

“Chicos, acertasteis ciento por ciento por ciento, hasta el protestón de Fletcher quedó satisfecho, y eso ya es mucho”.

Nos encontrábamos en puro invierno y esa parte del mundo a donde nos dirigíamos, aunque parcialmente habitada, es de las menos conocidas, incluso para los mismos argentinos: la inmensa Patagonia.

Cualquier argentino con un mínimo de sensatez sabe que al sur de la famosa ciudad-balneario de Mar del Plata empieza la Terra Incógnita, donde no hay que ir. Allá en la Pampa, feudo del indómito gaucho y más adelante la Patagonia, donde en tierra reina el ñandú, el guanaco y en el mar las gigantescas ballenas que enseñan la aleta caudal y las orcas que se comen a las focas en las playas… y algún que otro gallego despistado.

Así pues y tras dejar Mar del Plata por popa recorrimos kilómetros y kilómetros de pampa verde, con sus inmensos campos de trigo y pastos donde pacían cientos de reses argentinas, materia prima para los suculentos asados, hasta llegar a la ciudad de Necochea.

Lo que más nos llamó la atención de esta villa fue la hospitalidad de sus gentes y no tanto el lugar, un pueblo con un diseño rectilíneo e impersonal y mucho menos su puerto, no demasiado recomendable.

-Bueno, habrá sitios mejores para guarecerse durante la bajada con el Archibald- nos dijimos. Entonces no sabíamos cuales iban a ser las condiciones que nos íbamos a encontrar a lo largo de aquel viaje y que Necochea sería uno de los mejores resguardos costeros de toda la ribera atlántica.

Tras despedirnos de nuestros nuevos amigos, intercambiar clásicas promesas de un posterior encuentro, tomamos otro autobús, esta vez nocturno, hacia nuestro siguiente destino.

Tras una breve estancia en Bahía Blanca para conocer personalmente a Miguel Ángel “el Vasco”, uno de los pocos radioaficionados de esta parte del mundo y tras concretar su colaboración para nuestro próximo viaje proseguimos camino sin más, ya que este puerto se salía de la ruta trazada del Archibald hacia el sur.

Nuestro nuevo destino era Puerto Madryn, santuario de las ballenas, a un montón de kilómetros de distancia.

El paisaje iba cambiando conforme el autobús tragaba asfalto, los páramos verdes dejaron paso a llanuras inmensas de escasa vegetación; nos adentrábamos en la Patagonia.

La ruta Nacional 3, única carretera de esta parte del continente, nos mostraba la auténtica soledad: kilómetros y kilómetros de una rectilínea y solitaria pista con una fina capa de asfalto, rota a veces por leves curvas, cuya misión no era otra que evitar el adormecimiento del conductor, monotonía que a veces se quebrantaba al paso de algún que otro camión en sentido contrario que casi rozaba nuestro transporte y daba respingos de adrenalina al pasaje.

A ambos lados del autobús podía observarse “La Nada”. Hasta donde llegaba la vista tan sólo podía observarse campo yermo cubierto escasamente por pequeños rastrojos espinosos; ni una casa, ni un camino… ni señal del ser humano salvo el viejo tendido eléctrico que corría paralelo a la carretera.

Muy de vez en cuando esta monotonía del paisaje se rompía por la fugaz visión de algún guanaco, especie de llama, autóctono del lugar; su dueño y señor.

Las horas pasaban sin molestia, ensimismados en el paisaje, observando sin mirar, tanto daba ojos abiertos como cerrados, sin mediar palabra. Aprendiendo a amar la Patagonia.

Tras algo más de mil kilómetros de repente apareció el mar, un manto azul profundo que hacía meses no contemplaba y al fondo un conjunto de casas de escasa altura; llegábamos a Puerto Madryn.

La estructura de esta pequeña urbe era como todas: calles amplias, mal asfaltadas, una amplia avenida central y edificaciones bajas.

El único atractivo de este lugar, perdido del mundo, es el avistamiento de ballenas. Por todo el paseo costanero se puede encontrar docenas de agencias que ofrecen todo tipo de excursiones marítimas para ello, pero no era eso lo que nos había llevado hasta allí. En cualquier caso tampoco hacía falta gastar dinero para ver ballenas, sentado en un banco frente a la playa se podían observar ballenas por todos lados: una cola allí, un lomo allá, otra que daba un enorme salto… obviamente nos encontrábamos en plena época de apareamiento.

Una familia de Buenos Aires en viaje de de vacaciones escolares se sentó a nuestro lado, tanto los chiquillos como los padres no paraban de gritar: “¡ Che, una ballena! ¡Otra allá! ¿Vieron? ¡Qué lindo!…”

Fletcher, cansado de tanto chillido y sin ánimo de querer hacer amistad, les contestó:

-Ver ballenas en Puerto Madryn es de lo más normal, griten cuando vean por aquí orangutanes, osos grises o serpientes cascabel. Si siguen así se van a quedar afónicos.- Y con las mismas proseguimos el paseo.

Puerto Madryn está ubicado en el seno de una inmensa bahía franqueada al norte por la península de Valdés. De puerto no tiene nada, un malecón de unos quinientos metros hace las veces de amarradero comercial para los escasos barcos de pesca que hacen escala aquí, o casi mejor decir donde retienen a los pesqueros apresados por faenar en las aguas protegidas de este parque nacional; en cualquier caso no era apto para veleros.

Un poco más allá, algo retirado de la playa, se encontraba las precarias instalaciones del club náutico. Sin mucho ánimo nos dirigimos hacia el lugar.

Haciendo gala de gran amabilidad, sus escasos funcionarios nos dieron la bienvenida dándonos todo tipo de detalles, invitándonos a hacer allí escala en nuestro viaje hacia el sur.

– ¡Claro que nos visitan veleros! ¿Ven? Allá hay dos, anclados frente al club… por supuesto tienen que fondear lejos, por las mareas, y si hay marejadilla… pues no pueden desembarcar con el bote. Esos pobres llevan ya tres días que no vienen a tierra – nos informaba Ramón, el marinero-contramaestre-oficinista, responsable del lugar.

-¿Pero aquí hay infraestructura para yates? –le preguntamos.

-¡Claro!, en Puerto Madryn hay de todo –respondió.

-¿Combustible? –inquirimos.

-Hay una gasolinera a las afueras de la ciudad.

-¿Mecánico? –proseguimos.

-Hay un taller donde reparan autos.

-¿Otro tipo de reparaciones…?

-Para eso estoy yo. También hay tiendas de alimentación, farmacia, médico, restaurantes, hoteles y… mmm chicas. ¿Qué más necesitáis?

-¡Nada! Esto parece un paraíso –resolvimos.

Después de los consabidos mates, Ramón nos mostró la carta de navegación de la zona:

-Esta es la bahía de Madryn –nos informaba nuestro nuevo amigo-, la ciudad está aquí, a cuarenta y cinco millas de la entrada…

-¡A cuarenta y cinco millas! ¡Eso es casi una jornada de navegación! –interrumpí-. Para descansar un par de días podemos ir a este otro lugar…

-No, imposible. Hace falta un permiso especial para ir allá, si no lo cursáis acabaréis con el barco precintado y amarrados en el muelle comercial y la burocracia aquí es lenta…

Otro lugar tachado de la lista de posibles escalas. Sin perder el ánimo volvimos a la estación de autobuses para reemprender viaje.

Tras hacer algo de turismo por los pueblos del interior, que ya os contaré, llegamos a nuestro siguiente destino costero: Comodoro de Rivadavia, también conocido como la Patria del Viento; mal empezábamos.

Un vendaval tremendo nos dio la bienvenida a la ciudad, fea de narices, ajusticiada por una nube de tierra procedente de una cercana cantera. En el hotel nos informaron: “¿Viento? Esto no es nada, ya veréis en verano… Esta es la ciudad de la energía, tenemos un plantel enorme de generadores eólicos y extraemos una buena cantidad de petróleo…”

Pero lo que nos interesaba, el aspecto marítimo, era casi nulo. El barracón, cómicamente llamado club náutico, era mucho más parecido a un circo que a instalaciones marineras. No había ningún tipo de atracadero y las embarcaciones que por allí aparecían había que sacarlas a tierra por medio de un ingenio de carros y vías en altura que por su precariedad, antigüedad y viento parecía imposible que ningún barco llegase a completar el recorrido. Tampoco el puerto comercial reunía condiciones debido a las fuertes mareas, que en ocasiones llegaban hasta los diez metros.

Hartos de viento y tragar tierra dejamos aquel lugar prometiendo no volver jamás, con la excusa que esta posible escala también se apartaba mucho de la ruta normal hacia el final del Cono Sur.

Tras varios días visitando perdidos asentamientos ya casi olvidados por el mundo exterior y sin nada interesante que comentar arribamos a otro posible lugar de escala náutica, Puerto Deseado, centro de la flota pesquera en esta parte del Atlántico.

Y no nos andemos con rodeos; otro puerto de mierda, encajonado dentro de una larga ría, con bancos móviles de arena, corrientes fortísimas y tremendas mareas que sólo los prácticos del lugar pueden llegar a conocer. Decepcionante.

Caminábamos abatidos por las polvorientas calles de aquel pueblo, bajo un frio considerable cuando a Fletcher se le ocurrió preguntar a un viandante por un restaurante decente donde cenar.

-Pues la verdad que yo sólo conozco uno y está aquí cerca –nos respondió.

-Oye, tú no tienes acento argentino… -apuntamos.

-¡Claro! Soy gallego, y vosotros tampoco sois de por aquí…

Así conocimos a Serafín, jefe de máquinas de un pesquero español que faenaba por aquella zona y estaba de reparaciones en Puerto Deseado.

Además de la cena corrió el vino, mucho, luego vinieron bebidas más espirituosas, muchas más; frecuentamos lugares de regocijo e incluso censurables… podría casi dar fe de ello, pero quien con seguridad no sería capaz ese es mi amigo Fletcher.

De alguna forma conseguimos llegar al hotel y al día siguiente, con muy mal cuerpo, abandonamos aquella maldita ciudad.

Algún día nos veremos, Serafín, espero que en mejores condiciones y lugares. Tú también ibas fino. Poco currele harías al día siguiente.

Tras un espantoso viaje de un día, con varios transbordos, en desvencijados autobuses, llegamos a la mediocre estación de la villa de San Julián.

Fletcher, ya recuperado, me decía:

“Este puerto tiene que estar bien, fíjate que hasta Magallanes hizo escala aquí…”

Fletcher no había leído el resto de la historia. Ciertamente Magallanes hizo escala en San Julián… y tuvo que despachar a un puñado de amotinados por decir que aquel lugar era el peor de todos los que habían conocido y querían volver a casa. Es más, unos años después le pasó lo mismo y en el mismo lugar al capitán inglés sir Francis Drake. Cuando el río suena…

No hace falta decir que por allí no había ni rastro de barco alguno… Pues no. Había rastro; una copia a escala real de la nave Victoria, con tripulación en cartón piedra, incluido el mismísimo Magallanes, además de algún que otro barco hundido por las medianías; como para alentar al navegante que quiera hacer escala allí.

Dejamos aquel pueblo, que por lo pequeño y vacío de gente nos hizo alguna gracia para dirigirnos al último asentamiento de la Patagonia: Rio Gallegos, una ciudad relativamente grande donde habíamos puesto nuestras últimas esperanzas náuticas.

-Aquí hay buen puerto, seguro –anunciaba Fletcher, optimista-. Está muy cerca de la entrada al Estrecho de Magallanes, aquí es donde hay que guarecerse si el mar está bravo y no es posible entrar en el Estrecho…

– No sé, tengo todos los libros de navegación en la computadora, los estoy repasando y no encuentro nada que haga referencia a Río Gallegos…

-Eso es porque no sabes mirar –reprendía mi amigo-. Echa un vistazo al libro de los italianos, es el mejor y ahí salen todos los puertos.

-A ver… ¡Aaajj! ¡Mira lo que dice!

-¡Hosti tu! “La entrada a la ría de Gallegos es la más complicada de toda la Patagonia, se aconseja evitarla sea cual sea las condiciones meteorológicas” Punto pelota, no hay más explicaciones.

Nos encontrábamos lo más al sur del continente americano y la temperatura llegaba a los veinte grados negativos. Durante dos días recorrimos aquella ciudad austral dando patinazos sobre el hielo de las aceras, intentando conseguir algún medio para llegar a la isla de Tierra del Fuego; no había trasporte público, sólo podíamos pactar con algún camionero que nos llevara hasta la parte chilena de la Primera Angostura, pasar en un vetusto transbordador y luego conseguir otro transporte similar hasta la ciudad de Rio Grande. Tampoco había autobús para el Glaciar Perito Moreno porque las rutas estaban bloqueadas por la nieve. Ni siquiera pudimos conseguir que nos alquilaran un 4×4 para llegar a cabo Vírgenes, a cuatro horas de Rio Gallegos.

“¿Para qué queréis ir allí? –Nos preguntaba el responsable de la agencia de alquiler-. La ruta es muy mala, sin asfaltar y con mucho hielo; tendréis un accidente seguro y por allí no hay nadie que os pueda ayudar. Además, ahora en invierno no hay ni pingüinos en las playas…”

Llevábamos más de dos semanas dando tumbos por la parte más inhóspita del mundo, nos encontrábamos a más de tres mil kilómetros del Archibald, con temperaturas infrahumanas y sin posibilidad de proseguir viaje. Era momento de regresar.

En una agencia de viajes nos informaron que el primer avión con plazas libres para Buenos Aires despegaba, con suerte, la semana siguiente.

-¿Y así, tipo autobús, tiene algo? –preguntamos.

-Claro, pero es una barbaridad, son dos días de viaje, 2.500 km. sin parar… más las retenciones por bloqueo de nieve. Yo les aconsejaría esperar, el precio es el mismo…

-¿Esperar aquí una semana? Denos dos billetes para el próximo autobús por favor.

El viaje resultó una delicia; butacones de primera clase, 27º de temperatura, cinco comidas al día, cuarenta películas y sólo ocho horas de retraso. ¡Cómo marqueses!

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