SUBIENDO LA COSTA BRASILEÑA

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Llegada de Luís a Camamú.

Llegada de Luís a Camamú.

La casa de Juan Manuel y Pachi.

La casa de Juan Manuel y Pachi.

Con Cristiano, todo un personaje.

Con Cristiano, todo un personaje.

Fondeados entre Goió y Campinho.

Fondeados entre Goió y Campinho.

Con el tío Goió, propietario de isla y bar.

Con el tío Goió, propietario de isla y bar.

Coco al desnudo.

Coco al desnudo.

Varada en Itaparica.

Varada en Itaparica.

A bordo del YPAKE

A bordo del YPAKE

Puerto de Salvador desde el elevador del Pelourinho.

Puerto de Salvador desde el elevador del Pelourinho.

Luís “El Profeta”

Luís “El Profeta”

Hoy toca para comer un hermoso Wahoo.

Hoy toca para comer un hermoso Wahoo.

 

Me encontraba en Camamú, uno de los más bellos paraísos de la costa brasileña, a cien millas al sur de Salvador de Bahía, fondeado en una protegida ensenada rodeada de cocoteros, esperando la llegada de mi amigo Luís, un viejo amigo argentino, navegante y consagrado fotógrafo de arte entre otras cosas.

Este lugar se mantiene en su estado natural debido a su difícil acceso, por lo que el llegar hasta aquí era una prueba complicada de superar para mi amigo, demasiado urbanícola  para ello. Una tarde me lo encontré tomando cerveza en un chiringuito playero frente al fondeo del Archibald.

“Llevo dos días y pico de viaje desde que salí de Buenos Aires -comentaba Luís-. He tenido que tomar todos los medios de transporte que puedas imaginar: aviones, Ferryboat, autobuses, taxis, lancha… hasta canoa a remos. Y con un dineral a cuestas entre cámaras y accesorios. ¡Ya podíamos haber quedado en un lugar más civilizado!”.

Pero conocer aquel lugar, tal y como no tuvo más remedio que admitir más tarde mi amigo, le valió la pena realizar tales esfuerzos.

La bahía de Camamú es enorme y su interior alberga una gran cantidad de islas, ensenadas, pueblos, villorrios, ríos navegables y hasta una gran cascada o cachoeira donde prácticamente se puede llegar con el barco.

El Archibald se encontraba en un lugar privilegiado; dentro de un estrecho canal de aguas totalmente encalmadas entre la isla de Campinho y la pequeña Goió. En esta islita sólo vive una familia que regenta un único bar, evidentemente su dueño se llama tío Goió y era allí donde pasábamos las tardes, a la sombra, tumbados en una hamaca y tomando cerveza helada mientras tío Goió nos relataba historias de la zona.

También disfrutamos durante varios días la casa que mis amigos Pachi y Juan Manuel poseen un poco más allá, a escasos metros del mar, ensombrecida por un bosque de cocoteros. Sus propietarios no se encontraban allí; Pachi estaba en España y Juan Manuel se hallaba en Fortaleza haciéndose el “tuneado” de los sesenta: próstata, recambio y engrase de algunas bisagras, un poco más de pelo… todo para poder seguir practicando Kate-Surf, pesca submarina y correr detrás de jovencitas mulatas baianas. Juan Manuel es un apasionado de la vida, a la que intenta sacarle todo su partido.

Mis amigos no estaban, pero ya habían dejado dicho que nos trataran a cuerpo de rey. Cristiano, su casero y hombre de confianza, un negrito enjuto de no más de uno cincuenta de altura y comido por la polio pero con un corazón tan grande como toda la bahía de Camamú, se desvivió por nosotros durante el tiempo de nuestra estancia. Dispusimos de la casa a nuestra voluntad incluida la piscina, que Cristiano se encargaba de mantener siempre dispuesta junto con las inevitables caipirinhas. Su madre nos cocinaba suculentos platos baianos y siempre disponíamos de una buena cantidad de cocos verdes recién cortados para hidratarnos con su fresca agua interior. Muchas veces nuestro amigo nos acompañaba en las excursiones que emprendíamos por la extensa bahía o nos indicaba los lugares de mayor interés. Así conocimos Ilha da Pedra Furada, Sapinho, Ilha Germana; Taipú, donde pasamos la Nochebuena; el pueblo de Maraú…

Luís estaba impresionado por aquel paraíso, no paraba de fotografiar todo lo que veía a su paso y luego, al atardecer, me mostraba en el computador sus bellas imágenes.

Pero había que seguir camino y con pesar dejamos por popa la bella bahía de Camamú.

Tras una breve escala en Morro de Sâo Paulo, demasiado turístico para nuestro gusto, hicimos entrada en otra bahía famosa de Brasil, la de Salvador, dirigiéndonos a la isla de Itaparica, donde nos esperaban las tripulaciones del Ypaké y Ruffian, recién llegados del otro lado del Atlántico.

Allí estaban nuestros amigos navegantes y juntos compartimos la celebración del Fin de Año, deseándonos buenos vientos para nuestras próximas singladuras.

Aproveché esos días de buen tiempo y viento en calma para varar el Archibald en uno de los cercanos bancos de arena que con bajamar quedaban totalmente en seco, dejando los fondos impecables con vistas a la navegación hasta el Caribe que tenía por delante.

Luís no dejaba de admirar y fotografiar todo lo que le rodeaba: barcos, casas rústicas, iglesias antiguas, escenas cotidianas… y luego, por la noche, pasaba horas delante de su computador sacando el máximo partido a este trabajo, realmente increíble.

Durante su estancia aproveché estos conocimientos para aprender sus nuevos métodos de tratamiento fotográfico. Cada día dedicábamos un par de horas a ello, poniéndose Luís en el papel de estricto profesor y yo en el de alumno aplicado, exámenes incluidos. Unos días antes de su marcha tuve mi “prueba final”, su comentario fue: “Está realmente bien, has aprovechado el tiempo. Ni yo mismo hubiera podido mejorarlo -comentó jocosamente-, además, gracias a tus preguntas he practicado técnicas que tenía olvidadas…” En fin, una vez más el alumno superaba al maestro.

A primeros de año cruzamos al otro lado de la bahía para visitar la bella y colonial ciudad de Salvador. Primero fuimos al club de Ribeira, a las afueras de la cuidad. Tras unos días de estancia nos mudamos a la marina del centro, muy cerca del fuerte de Sâo Marcelo, demasiado turístico y bullicioso y por último acabamos en el selecto club de Barra, muy cerca de la salida a mar abierto.

Luís no conocía Salvador, así que hice de anfitrión, llevándole a los lugares más emblemáticos: Pelourinho, casa de Jorge Amado, mercado de Sâo Joaquím, playa de Barra e Itapuá, Mercado Modelo, etc. Sin olvidar las iglesias, especialidad de Luís como fotógrafo. Dicen que en Salvador hay trescientas sesenta y cinco iglesias, la mayoría construidas entre los siglos XVII y XVIII, es decir, bastante barrocas, pero para mí que hay alguna más, porque allí donde miraras veías campanarios. Luís estaba como loco sacando fotografías; del suelo, del techo, de frescos, de murales… Visitamos la iglesia de Bomfim, la de los Negros, la de los Marinheiros, la de Sâo Francisco… Por suerte no hubo que pasar revista a todas.

Ya teníamos suficiente. Habíamos visto Capoeira, las batucadas de Olodum, entrado en las favelas, paseado por las intrincadas callejuelas de la ciudad vieja incluso a altas horas de la noche y paradójicamente mi amigo aún conservaba intacto todo su material fotográfico. Sus vacaciones amenazaban con concluir y quería realizar al menos una navegación medianamente larga.

Dijimos adiós a Salvador y a su imponente bahía y pusimos rombo norte, hacia la ciudad de Maceió, a doscientas setenta millas millas de distancia, cubriéndolas en dos días y pico de deliciosa navegación, con viento suave del sur, buena pesca y grata relajación que contrastaban con las prisas y tensiones de la gran ciudad.

Lo que más me llamó la atención de la prestigiosa guía de viajes Lonely Planet fue su comentario sobre esta ciudad: “Lo bueno de Maceió es que, como tiene poco que ver, puedes dedicar todo tu tiempo a tomar el sol y relajarte en sus incomparables playas” y era cierto. Su club náutico, más un garaje de lanchas, de escasas instalaciones y mínimos servicios, reducidos a un pequeño bar y una ducha comunal fue nuestro campamento base durante nuestra estancia en dicha ciudad. El Archibald, fondeado entre los pesqueros locales, esperaba plácidamente proseguir viaje y mientras tanto, a ritmo nordestino brasileño, iba pertrechando el barco para el salto hacia el Caribe.

A Luís se le acababa su tiempo y empezaba a organizar su regreso a Buenos Aires. Y tras una semana de estancia en Maceió, pasear por sus turísticas playas, degustar su delicioso pescado frito, heladas cervezas… tomamos la última cachaçinha y nos despedimos, poniendo cada uno rumbos opuestos; mi amigo hacia el sur, destino la capital argentina y yo hacia el norte, al otro lado del Ecuador, con 2.222 millas por delante hasta la primera isla caribeña.

El próximo relato ya será desde el Hemisferio Norte.

Hasta entonces.

Un fuerte abrazo para todos.

Cocúa, velero Archibald.

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Comentarios

  1. Jorge  febrero 14, 2015

    Camamú, Maceió y … wahoo en ruta !!…
    Es un placer leer tus comentarios.
    Sigue Cocua, buen viento y buena mar.

    responder
  2. roberto buttò  septiembre 24, 2015

    empiezo a mirar las fotos de tus viajes y me doy cuenta de lo poquito que navegò el Serigna. Gracias Josè Maria. Roberto

    responder

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