Solo en el Atlántico

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Queridos amigos:
Os pido disculpas por la tardanza de mis noticias, pero tal y como voy a explicaros, han sido razones de peso las que me han retrasado, y no, como algunos, bastantes, habríais podido imaginar; por perrería, vaguería y otros menesteres afines que como todos sabéis, soy un gran experto.

Por fin, el 21 de febrero dejé Las Palmas después de mes y medio de trabajo a un ritmo al que jamás habría imaginado poder mantener: instalando un nuevo piloto electrónico, soldando y ajustando el soporte de su hidráulico, instalando y comprobando de nuevo los equipos de comunicaciones, que desde hacía siete años se encontraban embutidos en cajas herméticas; instalar los nuevos equipos de neveras y en general revisar, engrasar, pintar, masillar, comprar repuestos imprescindibles, alimentos necesarios para una larga travesía, guardar ordenadamente todo aquello… y así hasta casi liquidar una larga lista que por las noches me quitaba el sueño.

Pues sí, el 21 dejé por popa el puerto de Las Palmas, un día precioso, transparente, sin gota de viento; a diferencia de los días anteriores. Fui avanzando despacio, a motor, admirando toda esta bella costa insular. “Mejor así -me dije-, el primer día es bueno que sea tranquilo”. Además, no me encontraba en mi mejor momento; tal vez la tensión de los últimos días, una leve bajada de defensas, o tal vez el agotamiento acumulado, me producía una leve apatía, una desgana, un raro cansancio que me relegaba tan sólo a dormitar e ir de mi cómoda “perrera” a mi confortable sillón de la mesa de cartas. ” será cansancio acumulado -me dije-, en un par de días estaré como nuevo” No tenía entonces ni idea de que comenzaba lo que iba a ser la peor travesía de mi vida, y hoy, doce días después, estando solo y en mitad del Atlántico, aún albergo alguna duda si lograré concluir el cruce.

Al atardecer deje la isla por popa y una suave brisa de los Alisios empezó a empujar el Archibald, con gran esfuerzo conecté los tangones a los dos grandes génovas del barco y desplegué las bellas “alas de paloma” que durante tantas y tantas millas había empujado del velero. Dejé que el nuevo piloto gobernara y durante unos minutos gocé de la puesta de sol y del majestuoso Teide, que entre reflejos escarlatas y nubes azuladas se despedía de mí.
“Aquí ya no pinto nada -me dije” y metiéndome en el interior de la camareta fui directamente hacia mi “perrera”. “Necesito descansar, necesito reponer fuerzas” pensaba, mientras poco a poco me quedaba dormido.
Varias horas después desperté tiritando de frío, busqué toda la ropa térmica que pude encontrar, me la puse y me enrollé en un edredón nórdico que aún no había guardado en la parte destinada a las regiones de frío, aún tuve fuerzas de meterme un Paracetamol y pensé: “Es la reacción del cuerpo a la presión de los últimos días, Mañana estaré bien”
Durante seis días estuve como en un Limbo que unas veces era de un frío incontrolable a una sudoración como si acabara de salir de la ducha, los puntos álgidos de la fiebre rondaba los cuarenta grados y aquello no se le veía trazas de ceder. A base de analgésicos conseguía que la fiebre algo descendiera, lo que aprovechaba para echar un vistazo al barco, que seguía navegando a su libre albedrío, pero manteniendo el rumbo empujado por unos suaves Alisios, un sol de justicia y el nuevo plantel de placas solares se encargaban de que no le faltara energía al barco. También dedicaba unos minutos a la radio, en concreto con dos radioaficionados: Mariano de Alicante, que daba todos los días noticias sobre mí a mi familia y a Rafael del Castillo, de la “Rueda de los Navegantes”, que cada día, a medianoche, tomaba mis datos de navegación, me pasaba la previsión meteorológica y, como cada día, me aconsejaba: “No debías haber salido de Las Palmas, tenías que haber ido a un hospital para que te hicieran un chequeo…”
Al segundo día de encontrarme en aquel estado febril telefoneé a través del teléfono vía satélite con Nandu Muñóz, gran amigo, tripulante del Archibald en la aventura antártica y sobre todo; médico.
– “Que vols que ti digui, nanu? Si te encontrabas mal no tenías que haber salido, pero ahora no hay remedio. El botiquín que llevas es el mismo de los barcos dela Barcelona World Race y el de Buby enla Vendèe Globe, porque los preparo yo, como preparé el tuyo. Hay de lo que puedas imaginar para salir al paso de cualquier situación y además incluso te puedo decir dónde ir a buscar, pero en este tu caso concreto no te puedo ayudar. No tienes ningún síntoma excepto la fiebre alta; no hay mucosidad, no hay vómitos, no hay diarrea… sólo fiebre; en estas condiciones y sin un análisis y un buen chequeo general… diagnosticar a ciegas es una locura. Sobre todo porque los medicamentos del botiquín son para curar “de verdad”, muy fuertes. Tu cuadro puede ser producto de un problema o de varios a la vez; algo de gripe, estrés acumulado, alguna pequeña infección interna, bajada de defensas… si te receto un antibiótico de caballo posiblemente te haga mierda lo poco que te queda sano y entonces… apaga y vámonos. Sigue como hasta ahora: Paracetamol e Ibuprofeno alternados cada cuatro horas y una aspirina de vez en cuando; si te sube mucho la fiebre dobla la dosis y si no baja la triplicas, pero no dejes que llegue más allá de los treinta y ocho grados porque te empezará a colapsar algún órgano interno. Sigue así y si tienes alguna duda me vuelves a llamar. Adeu.”

La situación estaba clara, además de desastrosa. El Archibald ya casi se encontraba a casi mitad de camino entre Canarias y Las islas de Cabo Verde; dar la vuelta, en mi estado y conociendo las prestaciones del Archibald era una locura, antas llegaría a Brasil antes que a las Palmas, la única solución era seguir camino con viento a favor dirección a Mindelo, la capital del archipiélago; allí tenía un amigo “de los que mandan”, Pulu, colaborador dela Rueda de los Navegantes; él me ayudaría. Tenía que aguantar cinco o seis días más.
Aquel tiempo lo pasé como en una nebulosa, casi ajeno al barco y su navegación, atiborrado a pastillas y tumbado, con los ojos cerrados, dejando que mi imaginación inventara historias de lo más inverosímiles, hasta caer dormido. Una vez al día conectaba el computador de navegación para verificar la ruta, siempre perfecta, y volvía a desconectar; sacaba el morro por la entrada al interior, comprobaba de un vistazo que fuera todo funcionaba y me volvía a mi “perrera” a seguir temblando como un flan o sudando como un cerdo.

También recuerdo que un día descubrí un frente de nubes por el horizonte; me preocupé, no por que trajeran cambios meteorológicos, no eran Cumulonimbos agresivos, pero si se encapotaba el cielo se reduciría sensiblemente la carga de las placas solares; en dos o tres días las baterías se resentirían y al cabo de algo más tiempo quedarían muertas, sin posibilidad de electricidad a bordo, piloto electrónico, sistema de navegación y comunicación… Una solución era arrancar el motor y tenerlo así día y noche, despreocupándome del asunto, pero otra alternativa, la lógica, era desconectar el piloto automático, que se llevaba la mayor parte de la energía; así, incluso nublado, las placas podrían mantener de sobra el resto de aparatos y para ello había que pasar por el Aries, mi viejo piloto de viento, totalmente mecánico, que anteriormente y durante miles y miles de millas había gobernado el Archibald mejor que aceptablemente y que hasta la fecha venía a bordo “de vacaciones”.
En las Palmas le había hecho algunas modificaciones y ajustes, pero empezaba a considerarlo un artilugio obsoleto, al igual que el sextante y las correderas mecánicas tipo “Walker”, cuyo destino era la franca decoración. Así pues, me tomé doble ración de pirulas y cuando me entraron las ganas de “marcha” me embutí en el arnés de seguridad y bien afianzado empecé a engrasar todas las partes móviles del piloto hasta que lo embragué al timón desconectando el piloto electrónico. Estuve fuera un rato y prácticamente no había diferencia con el novedoso Simrad, llevaba el rumbo exactamente igual pero sin consumir absolutamente nada de electricidad. Por un lado estaba contento de su resultado, por otro me preguntaba por qué no lo había puesto antes y por otro más… me empezaba a subir de nuevo la fiebre, así que dejé el chiringuito tal cual para ir a mi lugar habitual de quehaceres rutinarios: temblar y sudar.
Seis días después de abandonar las Canarias y a uno de Cabo Verde empecé a sentir una mejoría significativa y aunque me dolía todo el cuerpo, la fiebre a penas subía de treinta y siete y medio grados. Al día siguiente, a punto de divisar el archipiélago la mejoría era clara; la fiebre apenas subía unas décimas y sólo a la hora crítica del atardecer.
En tales condiciones sospesé la posibilidad de parar o seguir camino, pues iba retrasado en fechas y una escala en estas condiciones me podría demorar una e incluso dos semanas. Aquel día seguí evolucionando favorablemente, pero lo peor ya había pasado y sólo restaba recuperarme con prontitud para poder sacar todo el partido a aquella maravillosa travesía. Aún quedaba las decimillas de fiebre vespertina, un ligero dolor de cabeza y un cansancio atroz; “¡Descansa, descansa y verás lo rápido que te recuperas!” me recomendaban todos a través dela Rueda de los Navegantes!”.
Al día siguiente dejé por popa la última isla de Cabo Verde y mejorado, no desaparecían esos leves síntomas, es más, era como si en mínima proporción aumentasen.

Dos días más tarde desperté con un fuerte dolor de cabeza, algo más de fiebre y una tremenda debilidad que me impedía dar dos pasos sin tener que descansar entre una fuerte angustia. No sabía ya qué pensar y ya seriamente preocupado cuando di con la respuesta: entre el tiempo de la crisis de fiebre alta, la fase de descanso, el entorno nebuloso que me envolvía a toda hora; no había prestado atención a una cosa importante: la alta temperatura había hecho desaparecer toda sensación de apetito y mi cuerpo, siempre jugando con las cartas de la comodidad, se había encargado de no recordármelo; en resumen, había estado enfermo más de diez días consumiendo tan sólo té frió y uno o dos plátanos al día; salvo las últimas dos jornadas, que ni siquiera eso.

Entre el malestar general que me envuelve y unas terribles nauseas consigo ingerir alimento poco a poco: pan, algo de fruta, chocolate, galletas, frutos secos… y el estómago parece aceptarlos.

A pesar de mi gran debilidad, consigo de vez en cuando salir a cubierta y recostarme en los bancos de la bañera, donde puedo ver el mar y reflexionar: “Cómo es posible que desde casi mi salida de Canarias, hace ya trece días, este barco me haya traído hasta aquí manteniendo perfectamente el rumbo, gobernado por un vetusto aparato construido hace más de cincuenta años y empujado por unas velas que desde hace también trece días no han sido modificadas en su posición ni revisadas ante la posibilidad de algún deterioro o rotura y sobre todo haber tenido la suerte de navegar bajo una meteorología tan noble que durante todo este tiempo se ha mantenido en una estabilidad totalmente inusual, mandándome un viento suave pero constante, entre los doce y dieciocho nudos, siempre con dirección favorable, sin hacer su aparición ni un solo chubasco, tan habitual en estas zonas tropicales, que generalmente traen fuertes lluvias y vientos intensos durante algunas horas”.

Me encuentro en estos momentos justo en el centro del océano, a escasos diez días de Natal, la ciudad brasileña más cercana. Espero que la recuperación siga su curso y pronto tenga la energía suficiente para echar al mar un aparejo al mar y lo más importante, poder sacar, alguna buena pieza que me aporte las proteínas que necesito para llegar a restablecerme, pero algo me da que no va a ser precisamente un camino de rosas las mil y pico millas que me quedan hasta llegar a un destino seguro.

Cocua

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