RIO Y ANGRA

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Hola a todos:

Dejé por popa Cabo Frío a primeras horas del día. Un viento suave me empujaba hacia Río de Janeiro donde tenía estimado llegar la tarde de aquel mismo día. La navegación fue perfecta, en ruta paralela a la costa, reconociendo las mismas islas y cabos que viera en el año 1983, cuando llegaba por primera vez a América en el bello velero “Don Quijote”, de bandera argentina, en travesía directa desde Dakar, Senegal. Doce años después volvería a navegar por estas aguas a bordo de mi velero “Ya Veremos” en compañía de mi amigo Fletcher, esta vez sin objetivos concretos, dejándonos llevar por el son que marca el vagabundear en velero.

No hay mayor placer que llegar en barco y a la hora del atardecer a las inmediaciones de Río de Janeiro. Durante esas horas la luz consigue un espectacular reflejo amarillento, haciendo resaltar el verdor de la mata atlántica a la vez que la oscura piedra de la costa, libre de vegetación, contrasta con el entorno; todo ello envuelto en un azul celeste y un mar en perfecta calma.

Pasé bajo el imponente Pan de Azúcar atento a las corrientes que desviaban el curso del Archibald, hasta que entré en la bahía de Guanabara, la más selecta de todo Río, dominada por el monte Corcovado, donde se alza el majestuoso Cristo Redentor.

Anochecía cuando eché el ancla en la pequeña ensenada del barrio de Urca, un lugar clásico y residencial y al rato ya estaba dando una vuelta frente a sus señoriales mansiones.

Mi objetivo en Río era claro: reparar cuanto antes la vela dañada y seguir camino hacia el sur cuanto antes. Río de Janeiro era una ciudad vieja conocida mía; en el 83 estuve aquí casi cinco meses, en el 95 más de veinte días y en el 97 otro tanto, sabía que Río atrapa y si empezaba  a visitar mis lugares favoritos me costaría arrancar de nuevo.

Al día siguiente dejé Urca para dirigirme hacia las instalaciones del selecto Iate Clube de Rio, donde también se encontraba la velería de North Sails. Conseguí permiso para dejar allí el barco durante unas horas y me encaminé hacia el local de North. Ya me estaban esperando; mi amigo Antonio Sánchez ya había puesto sobre aviso de mi problema a North España y ellos a su vez a sus agentes de Río. Entré por la puerta de la velería a las nueve de la mañana y a las doce salía con la vela reparada ¡Y sin coste alguno! Tan sólo me pidieron que enviara una foto de la vela con un iceberg de fondo. Así debería ser la fraternidad entre los navegantes. No en vano yo había sido tiempo atrás delegado de North Sails para la zona del Levante español.

En el Iate Clube los guardas de seguridad me esperaban con mala cara, pues no se permite allí visitantes sin una invitación previa. Solté amarras y abandoné las instalaciones. Una opción era ir a la marina Da Gloria, apartada del centro y hoy en día bastante cara; podía volver a Urca, pero no era un lugar seguro y necesitaba amarrar en un club náutico para izar la vela y hacer algunos arreglos y revisiones al barco, así que dejé la bahía de Guanabara, crucé la gran bahía de Río y me dirigí a Niteroi, concretamente al Clube Naval de Charitas, otro lugar conocido donde todavía tenía algún amigo.

Allí estuve tres días, dando un repaso bien merecido al Archibald en compañía de antiguos amigos que después de casi veinte años todavía me recordaban. Pero había habido cambios: para empezar, mis amigos, que en aquella época ya eran mayorcitos ahora eran… pues más mayores, sin ganas de mucha fiesta ni convite; además, la estadía del club era más alta de lo que imaginaba, así que en cuanto concluí los trabajos propuestos volví a soltar amarras dejando por popa aquella maravillosa Bahía.

Siguiente parada: Ilha Grande, en el distrito de Angra dos Reis.

Tiempo atrás llegamos Fletcher y yo a este lugar por recomendación de varios navegantes brasileños. La isla había sido un presidio de alta seguridad y al clausurarse comenzó poco a poco a abrirse al turismo. La isla en sí es espectacular, al igual que la bahía que ésta protege, según dicen con trescientas sesenta y cinco islas, una para cada día del año.

Anclamos, entonces, en una de las innumerables ensenadas de la isla y quedamos maravillados. “Esto da para quedarse al menos un mes o dos” le dije a mi compañero, pero ese tiempo se transformó, sin darnos cuenta, en año y medio. Nuestro “cuartel general” estaba en un pequeño pueblo de pescadores llamado Abraâo y allí hicimos amigos que poco a poco se transformaron en nuestra familia: Renato, el italiano; Martin, el holandés; Claude y Marina, la pareja de navegantes franceses; Nilson y Yayoi, brasileños… con ellos compartimos nuestro tiempo en la isla y ahora volvía con intención de renovar aquella antigua amistad. Allí estaban todos, unos se habían marchado regresando pasado un tiempo, otros nunca dejaron aquel mágico lugar.

Durante unos días nos relatamos nuestras aventuras y desventuras particulares entre cervezas y caipiriñas, pero esta vez tuve que dejar aparcado lo que llamo con orgullo “Mi Ritmo Tropical”, justo en el mismo lugar donde lo aprendí para continuar camino e intentar llegar a mi destino final antes de la llegada del mal tiempo procedente del sur.

En cualquier caso no pude dejar de visitar lo que creo son los mejores fondeaderos de Brasil e incluso más allá: ensenada de Las Palmas, con un refrescante baño en la playa de Lopes Mendes, según dicen, la mejor de Brasil y yo así lo creo; la ensenada de Sitio Forte; playa de Aventureiros… sin olvidar Saco do Ceu, saco de cielo, una ensenada muy protegida dentro de otra, donde el mar se encuentra tan calmado que durante las noches claras sin luna todo el firmamento se refleja en las aguas de este gran estanque, donde en su centro se encontraba el Archibald anclado. Aquí, en uno de los costados de la ensenada, medio escondido entre la tupida vegetación, se encuentra uno de los más exclusivos restaurantes de Brasil, Reis e Magos, creado y dirigido por el artista catalán-brasileño Pedro Benet y su hijo Miguel, viejos conocidos tanto de Fletcher como míos. Allí pasé una velada, sentado frente a una mesa con mantel de hilo, rodeado de selva y luz parpadeante, intercambiando recuerdos, comida brasileña, algo de jamón serrano, vinos de Rioja y buen cava, los tres últimos productos cosecha del Archibald.

Muy a mi pesar no tuve más remedio que abandonar aquel paraíso, con certeza el más bello de Brasil y continuar camino hacia el sur. Rafael del Castillo me informó una de las últimas noches de mi estancia: “¡Aprovecha, esta semana que entra hay un viento favorable que te puede llevar bastante al sur! Esta situación no es muy habitual, así que empieza a navegar cuanto antes.”

Y así lo hice.

Espero que disfrutéis estos relatos acompañándome de esta manera durante esta solitaria travesía. Me gustaría poder tener más contacto y saber vuestras opiniones, pero hasta la llegada a Buenos Aires temo que será imposible. El escaso tiempo del que dispongo durante mi estancia en tierra, las circunstancias y la mala cobertura de Internet que encuentro allá donde llego lo hacen demasiado difícil, así que tendré que esperar un poco más.

Un abrazo y hasta la próxima.

 Cocua

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