REMONTAR EL BEAGLE

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Club Náutico Micalvi, Puerto Williams

Club Náutico Micalvi, Puerto Williams

Navegando  por el Beagle

Navegando por el Beagle

Bien sujeto, por si acaso

Bien sujeto, por si acaso

Frente al glaciar

Frente al glaciar

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Sorteando el hielo

A por hielo

A por hielo

Fondeo en Caleta Cinco Estrellas

Fondeo en Caleta Cinco Estrellas

Queridos amigos:

Siguiendo con los relatos de nuestro periplo por el Sur del Sur  americano, paso a narraros lo que ha sido el gran premio de nuestro viaje, al menos esa fue nuestra conclusión tras las semanas en las que navegamos por los intrincados canales chilenos, y que de ninguna otra manera a no ser a bordo de nuestro Archibald hubiéramos podido llegar a conocer.

Tras días de espera por una meteorología aceptable, de nuevo dejamos Puerto Williams, el confortable club náutico Micalvi y su amigable bar-salón social en el interior del viejo vapor transformado en atracadero y comenzamos a remontar el canal del Beagle en su parte totalmente chilena.

Nos encontrábamos a principios de febrero, en pleno verano austral. Mientras en Buenos Aires sufrían temperaturas superiores a los 40ºC aquí raras veces veíamos el termómetro de a bordo superar los diez. Las calefacciones del barco se alternaban para crear en su interior un ambiente confortable, pero la mayor parte del tiempo en navegación lo pasábamos en cubierta, disfrutando del paisaje que teníamos ante nosotros: a babor las agrestes montañas nevadas llamadas Los Dientes de Navarino, a estribor las sierras, también nevadas, que forman la frontera de Chile con Argentina y frente a nosotros la imponente cordillera Darwin. Un espectáculo sobrecogedor.

Elegimos el brazo noroeste del Beagle en nuestro avance chileno y como la cartografía, tanto la electrónica como la de papel, dejaba mucho que desear, optamos por no arriesgar y dormir todas las noches en algún fondeadero seguro de los muchos que existen por la ruta.

Así pues la primera jornada la concluimos abrigados en caleta Ferrari, bien sujetos con ancla y cabos a tierra, la típica manera de asegurarse en estos canales fueguinos y en la cual nos haríamos expertos.

Alberto, siguiendo su tendencia de ingeniero, siempre encontraba la manera de mejorar la técnica de fijar nuestro barco a tierra, haciéndola más rápida y eficiente, a pesar de que cada fondeo era distinto del anterior, por lo que a menudo no había más remedio que improvisar nuevos métodos de amarre: ancla y dos cabos a tierra; dos anclas y un solo cabo; cuatro cabos fijos a distintos puntos de costa y sin ancla…

Seguimos remontando el brazo norte del Beagle admirando sus cercanas montañas nevadas en su parte superior y cubiertas de frondosos bosques fueguinos hasta llegar a la misma orilla, seccionados, ocasionalmente por torrentes y cascadas de agua del deshielo que caían al mar, muy cercanos a nuestro paso.

Seguimos repitiendo nuestros métodos de amarre al atardecer para retomar nuestra ruta con las primeras luces, siempre que la meteorología acompañase, porque a veces era conveniente esperar en lugar seguro el paso de algún frente duro que obligatoriamente venía acompañado de nieve o fuertes lluvias, frío y vientos de gran intensidad, días que aprovechábamos para la lectura, relajación y meditar sobre la clásica cuestión “Qué leches pinto yo aquí” duda que se diluía en el mismo momento de retomar el viaje.

La ruta norte del Beagle ofrecía cada vez lugares más espectaculares. Los días de sol podíamos admirar las cumbres de la gigantesca cordillera Darwin, cada vez más cercana a nosotros. Las nieves eternas de sus montañas generaban en sus vaguadas enormes glaciares que casi llegaban hasta la costa. Los fondeos, de nombre como caleta Olla, Scherzo, Beaulieu, Romanche, Voilier… eran de total seguridad y protegidas de todos los vientos, que a la vez nos ofrecían justo lo que necesitábamos para descansar, reponer fuerzas y de paso estirar las piernas realizando excursiones por sus alrededores, caminando entre las turberas de los densos bosques patagónicos, siguiendo arroyos, descubriendo madrigueras de castores, rodeando relajantes lagos, producto del deshielo de los innumerables glaciares.

A los pocos días arribamos a la zona de Ventisqueros, recomendada por nuestros amigos navegantes y conocedores de toda esta parte del sur. Dejamos temporalmente el Beagle para recorrer el seno Pía, un canal angosto franqueado por altas paredes, muy lisas, erosionadas por el paso de un antiguo glaciar. Durante horas fuimos remontando encontrando cada vez más pedazos de hielo flotante, algunos de gran tamaño, debiendo sortearlos para no colisionar con ellos. A la vuelta de un recodo vimos maravillados el final de dicho seno; dos lenguas de glaciar confluían junto al mar, formando una increíble barrera de hielo con paredes verticales de un centenar de metros que constantemente se desmoronaban frente a nosotros, produciendo un ruido atronador. Los bloques flotantes de hielo se encontraban por todos lados, teniendo que abrirnos paso con poca máquina evitando los grandes icebergs y sobre todo los gruñones, hielos muy compactos, de un azul metálico casi trasparente que por su densidad permanecían casi hundidos en su totalidad, peligrosos incluso para un barco de acero por su extrema dureza. No hace falta decir que la sesión fotográfica fue exhaustiva: desde cubierta, desde la perilla del mástil, desde la neumática… En un momento dado Fletcher y Alberto treparon a un iceberg para arrancar de él unos trozos de hielo milenario y combinarlo luego con el ron de reserva que mi buen amigo Javier Pastor me regaló para la ocasión. 

Javier; no puedes imaginar lo bueno que estaba, lástima que quedara poco.

Un hielo de tanta categoría no lo podíamos dejarlo perder, así que a falta de ron continuamos con gin-tonics, güisquis, coñacs… más que nada para experimentar su puro sabor, continuando camino hasta llegar a una pequeña ensenada donde a reparo de los hielos dejamos caer el ancla, amarramos como pudimos un cabo al árbol más cercano y nos dispusimos a dormir muy relajados, concluyendo así aquel día tan completo.

Las siguientes jornadas discurrieron de igual manera, visitando otros glaciares, tanto o más impresionantes que el primero, y fondeando en lugares cada cual más protegido. He de destacar uno de ellos por su singularidad y total resguardo, su nombre era caleta Cinco Estrellas; evidentemente no podía ser otro.

Cinco Estrellas era una reducida ensenada donde apenas cabía una embarcación, que a la vez formaba parte de otras dos caletas mayores. A la parte opuesta de su estrecho paso confluía un torrente de aguas trasparentes procedente de un lago cercano.

Asegurado el barco con cabos por los cuatro costados, nos dispusimos a recorrer los alrededores, de gran belleza natural y observar que  el cercano lago se había formado a partir de las represas realizadas por docenas de castores, especie introducida a finales de 1800 y que ahora invadía la mayoría de los ríos de toda Tierra de Fuego y canales patagónicos.

La meteorología empezó a ponerse en contra nuestra. El fuerte viento e intensas lluvias no nos dejaron abandonar nuestro refugio durante los tres siguientes días, pero al menos el viento cedió en intensidad, prosiguiendo nuestra camino más allá del Beagle, hacia de la ruta de Magallanes.

Los días trascurrían de idéntica manera: navegar hasta la tarde, buscar un lugar seguro donde pasar la noche y proseguir camino el día siguiente. Si las condiciones empeoraban no había más remedio que protegerse y esperar, a veces un día, a veces algo más, dedicados a la lectura y contemplación… aunque poco disfrutábamos de esto último; una lluvia persistente y constante nos acompañaba desde que abandonáramos el Beagle y es que en esta parte del mundo las precipitaciones son la constante habitual.

-Esto debe ser muy bonito -protestaba Fletcher-, si pudiéramos verlo. Un velo de nubosidad reducía la visibilidad a escasos doscientos metros y la humedad envolvía todo el ambiente, a duras penas conseguíamos sacarla del interior del Archibald a base de horas de calefacción, lo cual era de agradecer.

Dos días fuertemente amarrados en otra caleta bien protegida nos dieron que pensar.

Desde donde nos encontrábamos teníamos dos opciones: continuar hacia el norte, siguiendo los canales chilenos hasta llegar a su final para posteriormente remontar la costa suramericana hasta Panamá o quizá internarnos en el vasto océano Pacífico; esto no entraba en nuestros planes. La segunda opción era esperar una mejoría del tiempo, que de momento no llegaba, para poco a poco seguir la ruta del estrecho de Magallanes en sentido inverso, ya nada atractiva, para acabar de nuevo en el océano Atlántico y de allí poner rumbo hacia Buenos Aires; esa era la más factible.

Alberto empezaba a ponerse nervioso, llevaba bastante tiempo a bordo y quería poner fin a su viaje. La mejor alternativa era llegar hasta Punta Arenas donde podía desembarcar, a unos diez o quince días de donde nos encontrábamos, especulando con la meteorología y la dificultosa navegación. Pero aún quedaba, aunque absurda, la mejor solución: Regresaríamos de nuevo a Puerto Williams, nuestro punto de partida, navegando con viento a favor y alejándonos de las eternas lluvias de esta zona, pero lo haríamos por rutas diferentes a las ya realizadas conociendo así nuevos lugares y fondeaderos, prolongando un poco más nuestros conocimientos sobre esta asombrosa parte del mundo. Así lo hicimos.

El retorno lo efectuamos por canales alternativos, algunos, según la armada chilena,  incluso no permitidos para la navegación, pero allí no había nadie que nos controlara.

En aquel intrincado laberinto de angostos pasos, largos fiordos sin salida, innumerables islas… era fácil perderse si no se llevaba un estricto control de la navegación, lo que nos ocurrió en varias ocasiones y que gracias al GPS conseguíamos regresar sobre nuestros pasos hasta llegar a un lugar reconocible, pudiendo entonces continuar camino por la ruta cierta.

De nuevo llegamos al Beagle, pero esta vez elegimos el brazo suroeste para efectuar nuestro regreso. Y allí, al fondo de uno de sus fiordos, encontramos el fondeadero más bello de todo el viaje, llamado Estéro Coloane, un lugar idílico que admiramos durante largo tiempo una vez terminado el trabajo de asegurar nuestro Archibald.

Rodeados de altas montañas, tres grandes glaciares llegaban hasta casi nuestros pies. Un gran número de cascadas se desplomaban por cornisas verticales hasta caer al mar y toda aquella gran bahía se encontraba rodeada de un frondoso bosque verde de Lengas y Coihués, dando todo aquello una majestuosidad al entorno sin límites. A partir de ese momento tuvimos la percepción de haber captado toda la esencia de aquella desconocida parte del mundo.

Unos días después amarrábamos de nuevo en las amuras del barco varado conocido como Club Náutico Micalvi.

Tras despachar la salida de Chile nos dirigimos a Ushuaia, cambiando nuevamente de país. Allí se despidió Alberto, que regresaba a España, quedando, como en muchas otras ocasiones, Fletcher y yo como única tripulación del Archibald, con la misión de regresar definitivamente al puerto de inicio de esta aventura; la ciudad de Buenos Aires.

Así, queridos amigos, ponemos fin a esta etapa, pero aún queda el regreso, que promete ser muy interesante. Por lo tanto espero que no decaiga vuestro interés y sigáis con buena atención el resto del viaje, que en definitiva estáis disfrutando tanto como nosotros.

Un saludo.
La tripulación del Archibald.

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Comentarios

  1. Alea  marzo 2, 2014

    Hola Tripu del Archibald
    aquí Johan y Silvia, tripu del Alea en pleno proceso de preparación de nuestro paseo por los canales chilenos; en septiembre cruzamos el canal de Panamá y en diciembre esperamos estar en Pto. Montt después de una paradita en Galápagos y Pascua; desde ahí queremos navegar por un año antes de arribar a Ushuaia… nos ha encantado el relato pero nos gustaría que nos diérais las coordenadas de Estero Coloane, ya queremos estar ahí, mmmmm
    feliz camino de vuelta!

    responder
  2. Antonio Sanchez  marzo 2, 2014

    Hola Capy enhorabuena por todas las decisiones tomadas, que hasta ahora van siendo acertadas, ya solo falta volver al pueblo, saludos para todos
    y buenos vientos.
    ASS

    responder
  3. Alvaro González de Aledo  marzo 15, 2014

    Hola chicos. Enhorabuena por lo que estáis disfrutando y qué pena que volváis por el mismo camino. Fletcher, cuando vuelvas a Santander espero que nos hagas una presentación en toda regla para los grumetillos y los capitanes. Te lo agradeceremos de verdad. Espero que todo os vaya bien a partir de ahora. Un saludo
    Alvaro.

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