¡Por fin, el Nuevo Mundo!

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Estimados Lectores:

Os envío las últimas noticias que tenemos de Cocua:

“Poco a poco, despacio, fui ingiriendo más alimentos con miedo a que mi estómago se negara a aceptarlos, pero seguía encontrándome demasiado débil y a pesar de que por el día me sentía relativamente estable, por las tardes regresaba la fiebre, teniéndola que combatir con analgésicos que cada vez eran más escasos. En la Rueda de los Navegantes todos me animaban diciéndome que era la última fase de una fuerte gripe que estaba superando, necesitaba comer e hidratarme, pero yo cada vez me encontraba en peor condición. 

Fletcher, una de las pocas personas con las que contactaba diariamente vía Internet estaba preocupado y llamó a Nandu; se dio cuenta de que no estaba al corriente de mi actual situación: “Yo creía que ya estaba totalmente restablecido, -le decía Nandu-, incluso en mi último correo le mandé mi enhorabuena. Si está como tú dices hay que descartar cualquier otra dolencia, lo que tiene es una fuerte infección de algo, no importa qué, y hay que combatirla inmediatamente con antibióticos. Ahora mismo le envío un correo para indicárselo”. “Mejor llama esta noche a la Rueda de los Navegantes –apuntó Fletcher- y que Rafael te conecte directamente con él; será mucho más rápido y ganará un día.”  

Esa noche justo a la hora de la Rueda me quedé traspuesto debido a la fiebre y se me pasó su hora, conecté de casualidad cincuenta minutos más tarde sin muchas esperanzas de oír a nadie pero inmediatamente escuché la voz de Rafael que me llamaba; al parecer entre él y Unai, el otro navegante que quedaba en conexión, pues en ésta época casi todos ya estaban en destino, se habían turnado para enviar llamadas e intentar localizarme. 

Tras las explicaciones, Rafael me dijo que le había llamado Nandu por teléfono y tras localizarle intermedió en nuestra conversación; eran las dos de la madrugada en la Península.  

Esa misma noche, con gran esfuerzo, localicé los fuertes antibióticos recetados por Nandu, ingerí una dosis doble de choque y caí en un sueño profundo envuelto en un baño de sudor. 

Al día siguiente noté una leve mejoría, por la tarde la fiebre había disminuido y tras la primera jornada de tratamiento ya me encontraba en disposición de hacer alguna maniobra necesaria en cubierta. Muy despacio y tomándome tiempos de descanso conseguí desmontar las “Alas de Paloma”, estibar todo claro sobre cubierta dejando trabajar un solo Génova libremente y a primeras horas de la tarde pude izar la mayor y empezar a variar el rumbo, que en aquellos momentos me llevaba hacia las Guayanas; justo esa noche llegó el primer chubasco de algo más de viento y sobre todo mucha lluvia.  

Ahora la dirección que marcaba la proa del Archibald era sur puro, estando a escasas millas del Ecuador, que crucé sin mayor énfasis, pues tampoco estaba de humor para fiestas. 

A la vez que el proceso de recuperación avanzaba también lo hacían las tandas de fuertes chubascos, muy normales en esta franja ecuatoriana, que traían calmas, a veces algo más de viento de lo normal y sobre todo lluvias torrenciales. Lo habitual era recibir diariamente alrededor de una veintena de chubascos y lo increíble del caso es que su duración la imponía yo: Tras la llegada del chubasco empezaba como un loco a cerrar todas las escotillas abiertas, quedando en el interior una humedad y un calor insoportables; en ese momento dejaba de llover. ¿Cuando llegaba el siguiente chubasco? Por supuesto en el momento que me decidía a abrir de nuevo las escotillas y su duración ocupaba un par de minutos más de lo que yo tardaba en volver a cerrar todo, cuando el agua de la escandalosa lluvia lo había empapado el interior. Esa fue la única actividad a bordo del Archibald durante los tres días que tardé en dejar por popa esta zona ecuatorial de inestabilidad.  

Ya me encontraba en el Hemisferio Sur, y a esas alturas sólo pensaba en llegar a tierra lo antes posible. Localicé en la carta de navegación la ciudad brasileña de Natal, la más cercana de mi posición, lugar que ya conocía y hacia allí dirigí el rumbo del Archibald. 

Las previsiones meteorológicas que me llegaban a través de Rafael del Castillo e Internet me anunciaban vientos de proa. De nuevo era necesario cambiar el esquema vélico por otro más acorde con lo que me iba a llegar.   

La recuperación de la salud iba por buen camino, la fiebre había desaparecido, ya no necesitaba más analgésicos pero acusaba una gran debilidad a pesar de que iba recuperando gradualmente el apetito. De nuevo me puse a maniobrar en cubierta, pues no quedaba otra opción. Asegurado firmemente al arnés de seguridad que obligatoriamente llevaba puesto siempre que salía a cubierta, enrollé la vela de proa que en esos momentos era la que trabajaba y me dispuse a envergar en el tercer stay un Génova medio, de corte triradial, especialmente diseñado para hacer ceñir al Archibald con un viento entre los veinte y treinta nudos, exactamente lo que se anunciaba. Tardé en realizar dicha operación todo la mañana, lo que normalmente no me hubiera llevado más de veinte minutos, pero al fin el velero estaba en condiciones de seguir navegando con seguridad. El cambio de viento llegó esa misma tarde, que con dos manos de rizos en la vela mayor, acortando así su tamaño al cincuenta por ciento, el Archibald avanzaba como una locomotora hacia su destino. 

Casi tres días después, por supuesto de noche, tras una travesía como la que acababa de realizar no podía terminar con una llegada apoteósica. Esperé a la mañana siguiente,  por fin de día y con viento suave; entre grandes olas y rachas de viento un tanto molestas, cruzaba la farola verde del puerto de Natal, después de veintitrés días de un atípico cruce atlántico. Era mi decimosegundo cruce, totalmente diferente  a como me lo había planteado un mes antes; no había intentado pescar, uno de los mayores goces en esta travesía, no había disfrutado de los constantes cubos de agua echados por las cabeza, tan agradables en esta zona tropical, no me había extasiado con la enorme luna ni con las nuevas estrellas aparecidas en el firmamento, tampoco me había relajado viendo los cientos y cientos peces voladores que salían disparados como flechas al cortar la superficie del mar la proa del Archibald, ni siquiera había tomado el sol, porque descontando el tiempo de las maniobras no había estado relajado en cubierta ni cinco horas durante toda la travesía. Pero ya estaba en Brasil, prácticamente con la salud recuperada y en buenas fechas, con margen suficiente para bajar hacia el sur, ahora disfrutando algo más de los lugares que me iba a encontrar y con margen suficiente para llegar a Argentina como muy tarde a finales de mayo, justo en la época en que los Pamperos, vientos muy fuertes procedentes del sur hicieran su aparición.  

El puerto de Natal está formado por una ría muy protegida que separa la parte industrial de la residencial; había evolucionado mucho desde la última vez que estuve aquí, hacía quince años. Eché el ancla frente a una pequeña playa tropical a unos quinientos metros de las instalaciones del club náutico y durante los dos primeros días me dediqué a limpiar y ordenar el barco, a comer y relajarme en mi hamaca, reparar algún pequeño desperfecto… sin sentir la necesidad de bajar a tierra. Ya el tercer día, hoy, me he hecho el ánimo y cargado de papeles, dinero, equipo de ducha, ropa limpia, etc. me dispongo a embarcarme en la Zodiac y tener mi primer contacto con la civilización, algo que en el fondo me gustaría evitar pero no hay otro remedio; necesitaba agua, algo de combustible, fruta y carne fresca y relacionarme con personas; por suerte durante los dos días de relax había estado constantemente escuchando por la FM una emisora brasileña y había recuperado casi totalmente mi olvidado portugués. Empezaba una nueva fase de esta larga e increíble aventura que ya comenzaba a tomar consistencia.

 Cocua”

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