ISLA DE LOS ESTADOS

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Mapa Isla de los Estados

Mapa de la isla

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Faro del Fin del Mundo

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La tripulación en el Faro

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Interior del Faro

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En las roquerías siempre estaban atentos los lobos marinos

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Fletcher muestra la cena

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Imposible cocinar

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Centollos y más centollos…

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Empieza la fiesta

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Camino de nuestras Centolleras

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Destacamento Militar en la Isla de Los Estados

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Hay que asegurar el barco…

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Cuando sopla el Williwaw no hay amarradero lo suficientemente seguro

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Cementerio de San Juan de salvamento

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Archibald en mitad de Puerto Parry

Esta isla, prolongación de Tierra del Fuego, con sus más de cincuenta kilómetros de larga, está totalmente deshabitada a excepción de un pequeño destacamento militar en la bahía de Puerto Parry, albergando en este lugar un destacamento con cuatro soldados que dan fe de su soberanía argentina.

Estados es un paraíso sin igual, con estrechas rías que protegen de todos los vientos menos de los que genera la isla en sí; los terribles Williwaws, vientos catabáticos que a veces superan los sesenta nudos. Una cordillera de montañas jóvenes y agrestes picos recorre la isla de una punta a otra, con sus crestas nevadas incluso ahora, en verano. Su verde manto de impenetrable bosque fueguino cubre la superficie de la misma, haciéndola increíblemente bella a la vista del esporádico visitante.

Evidentemente Estados se encuentra constantemente batida por los vientos provenientes de la región de Cabo de Hornos, casi siempre cubierta por nubes que de forma continua dejan caer una ligera llovizna, humedeciendo el paisaje; muy pocas veces disfrutamos del sol durante nuestra estancia. Pero la isla es así; todo encaja perfectamente en su entorno dando un resultado inigualable. Estados es la Princesa del Sur.

Fondeamos, pues, en el interior de la Bahía de San Juan de Salvamento, parte este de la isla, intentando protegernos de los vientos reinantes que tarde o temprano barrerían su entorno. El lugar fue ideal para nuestros propósitos; agua calmada, cristalina, fondo de arena y rodeados por las famosas algas llamadas Cachiyuyos o Kelp, que alcanzan la docena de metros de largura y su textura se asemeja al cuero, invadiendo la costa y anunciando a la vez fondos rocosos.

Tras el consiguiente descanso, orden interior y secado del barco, bajamos a tierra acercándonos con reparo a las colonias de enormes lobos marinos que en actitud relajada nos observaban para lanzarnos de vez en cuando algún gruñido de atención. También descubrimos un arroyo de aguas no demasiado frías donde nos dimos un rápido pero necesario baño, descubriendo en las inmediaciones los restos de un antiguo cementerio y es que hacía poco más de un siglo la isla estuvo colonizada esporádicamente por varios asentamientos dedicados al procesamiento de ballenas y focas capturadas. Estas factorías se extendían prácticamente por todas las islas australes, llegando incluso hasta el continente antártico y albergando a cientos de personas; hoy, por suerte para estos cetáceos, totalmente desaparecidas.

Al día siguiente recorrimos el único sendero de esta parte de la isla que llega hasta la solitaria construcción del mítico faro del Fin del Mundo, que junto con un presidio ubicado en otro lugar de la isla fueron las dos únicas edificaciones estatales llevadas a cabo a finales de mil ochocientos. El faro, originalmente construido en madera, hoy en día restaurado, señalizó aquella parte de la isla durante algunos años, pero no siendo realmente efectivo se abandonó tiempo después. Dicho lugar hubiera caído en el olvido y engullido por la vegetación si no hubiera sido por el libro que el célebre escritor Julio Verne publicó en su día, haciéndolo un referente en esta parte del mundo. Poco a poco y debido a las radicales inclemencias del tiempo el faro llegó a quedar prácticamente destruido hasta que hace algunos años una sociedad francesa, seguidores del gran escritor, lo reconstruyó por completo guardando sus formas y habitabilidad originales y que cualquier viajero puede visitar. Tan sólo hay que llegar a San Juan de Salvamento, es decir, al Fin del Mundo.

Ya bien repuestos, con el barco de nuevo limpio y revisado, con el ánimo rehecho y tras una barbacoa española playera, sólo quedaba esperar una nueva ventana mínimamente favorable para intentar de nuevo el paso del Drake, pero de momento las condiciones no se prestaban, continuando, pues, nuestra ruta turística por la isla; la siguiente bahía tenía de nombre Puerto Cook.

De nuevo nuestro protegido y solitario fondeadero tenía algo increíble para mostrar; un ismo de franqueable camino unía el fondo de nuestra bahía con la del otro lado de la isla y hacia allí nos dirigimos. Tras una larga hora de lucha contra la recia vegetación, adaptada a la adversa meteorología reinante, apareció ante nosotros la bahía Puerto Vancouver, ubicada en la cara sur de la isla, bastante protegida del viento pero totalmente distinta a las del norte; más desolada en la flora circundante y su costa repleta de algas muertas, troncos podridos y restos de antiguos naufragios, pues esa parte de la isla es la más castigada por los vientos reinantes. Nos llevamos de allí una dura impresión de hasta dónde podía llegar el azote del mar en aquella costa rocosa.

La lluvia y el frio seguían sin remitir. Pasábamos las tardes dentro de la cabina del Archibald, con la estufa de gasoil encendida, creando un ambiente relajado, escuchando música suave, uno leyendo, otro dormitando, otro preparando la cena… dejando pasar el tiempo sin noción de ello, en total tranquilidad, como ausentes a los problemas del mundo; y es que en aquellos momentos parecía que no pertenecíamos a él.

Volvimos a cambiar de lugar. A pocas millas de donde nos encontrábamos se hallaba la siguiente ría, también muy resguardada, llamada Basil Hall, tan desierta y deshabitada como las demás. ¿Deshabitada? Fran, como buen gallego, en unas de las esporádicas bajadas a tierra que hacíamos en el bote exclamó cuando llegábamos cerca de la orilla: “¿Qué es eso rojo de allí?” cuando consiguió levantarlo con el remo grito: “¡Un centollo! ¡Como los de mi tierra!” De repente observamos que todo el fondo, a una profundidad de escaso medio metro, estaba plagado de aquellos gentiles animales, todos de buen tamaño. A partir de aquel momento nuestra dieta cambió drásticamente: Arroz de centollo, espaguetis de centollo, centollo hervido, ensalada de centollo… centollo y más centollo Conforme elaborábamos técnicas más sorprendentes para su recolección más hacíamos acopio de ellos; hasta que empezamos a hartarnos de tener como base culinaria la misma materia prima y empezamos a alternarlo con el clásico guisote de carne con patatas, tan nuestro.

Una escala que nunca olvidaríamos fue la de Puerto Parry.

Llegados a su cercanía fuimos introduciéndolos por un estrecho desfiladero con más de diez kilómetros de profundidad, franqueado por altas montañas de paredes verticales; algo realmente impresionante. Tras  doblar un recoveco distinguimos el fin de la ría, terminando en una especie de cuenca montañosa que albergaba al fondo dos pequeños barracones; era el apostadero militar Luís de Piedra Buena.

Una solitaria boya, de grandes dimensiones y cercana a las someras instalaciones, nos dio mucha más seguridad que nuestra ancla y tras solicitar permiso a los residentes de la base nos amarramos a ella.

Descendimos a tierra en nuestro bote, no sin antes buscar nuestra cena entre las rocas cercanas a costa y tras desembarcar nos presentamos a las autoridades, un destacamento militar compuesto por cuatro jóvenes soldados que con mucha amabilidad nos mostraron sus instalaciones y convinimos para el siguiente día hacer una caminata hasta un cercano lago y más tarde compartir un buen asado elaborado en dichas dependencias.

Los Williwaws no dejaron de soplar aquella noche y gran parte del día siguiente, pero ya pasado el mediodía el viento amainó, bajando a tierra para cumplir los objetivos marcados. Tanto la excursión como el asado fue un éxito, al igual que la compañía y después de otra noche ventosa y tras la despedida de nuestros amigos, disfrutar de una inestimable ducha con agua caliente y cumplida una rápida recolección centollar de enormes especímenes para su estudio culinario, seguimos nuestra ruta por aquella parte de la isla. Nuestra siguiente escala: la ensenada de Puerto Hoppner, la más recomendada, refugio natural y como sus hermanas, de belleza increíble.

Terminado nuestro recorrido por la isla de Los Estados regresamos a la caleta de San Juan de Salvamento para iniciar de nuevo y desde allí nuestro segundo ataque al Drake y llegar hasta la península antártica.

Durante aquellos días ninguna posible ventana meteorológica se había abierto, pero nuestros informantes nos habían advertido de una posibilidad, no demasiado fiable, para el día siguiente; en ella confiábamos.

Alejandro, colaborador y buen amigo en las ondas, nos advertía: “La travesía no va a ser cómoda ni mucho menos; y esto es lo que hay por el momento: vientos fuertes, típicos del Drake, pero al menos casi favorables. Lo único advertíos que si decidís salir no hay posibilidad de vuelta atrás. La primera borrasca os engullirá con vientos duros de popa y luego… hay que confiar en la suerte. Si podéis colaros entre esa baja presión y la siguiente todo irá bien, o casi.” Rafael del Castillo y Miguel Urbieta también daban s visto bueno, pero dicho con la boca pequeña. Discutimos entre nosotros las posibilidades y decidimos meditarlo durante aquella noche.

El barco estaba totalmente dispuesto para la partida, con todo fuertemente asegurado, tanto en cubierta como en el interior; comida cocinada para varios días; equipo de frio y navegación preparado… pero el recuerdo de la de la dureza en la última travesía aún perduraba.

La salida estaba prevista para las seis de la mañana, coincidiendo con el horario de mareas, cuya corriente formada nos ayudaría a dejar la isla de Los Estados por popa. Una hora antes pedí por internet un grib meteorológico de la zona con una previsión de cuatro días y vi como, al igual que un castillo de naipes, el frágil pronóstico se desmoronaba: las bajas presiones habían cambiado su ruta, reforzándose y generando vientos aún más fuertes que los anteriormente anunciados, incluso rotando ligeramente a la contra. De nuevo nos íbamos a meter en vientos fortísimos y olas gigantescas; cualquier problema a bordo implicaría ceder en el rumbo y acabar en algún lugar entre Sudamérica y África, en medio del desolado Atlántico sur.

Evidentemente aquello no se podía solventar por votación popular, la decisión era totalmente mía y si en aquel momento hubiera resuelto abandonar aquel fondeadero y hacer rumbo hacia el sur el Archibald y su tripulación hubiera dejado a isla de Los Estados por popa, adentrándose de nuevo en el Drake, pero debía sospesar las dificultades que podíamos encontrar, no sólo las meteorológicas. Nos habían llegado noticias de la Antártida; tras un invierno demasiado crudo el mar se había helado más de lo habitual, llenando ahora de escombro, grandes trozos de hielo, una gran parte de fondeaderos en la península antártica, haciéndolos impracticables. Esto unido a la falta de algunos trámites burocráticos, pequeños inconvenientes añadidos y ante la mirada atenta de mis compañeros decidí poner fin al menos a esta parte de la aventura. Los rostros de mi tripulación se iluminaron de inmediato y a media mañana partimos con rumbo oeste, recorriendo de nuevo la isla e intentar de nuevo el paso de Le Maire con intención de llegar lo antes posible a Ushuaia, reponer la intendencia de fruta y verdura fresca y hacer nuevo rumbo hacia las islas cercanas a Cabo de Hornos.

Esa noche nuestros amigos los radioaficionados nos felicitaron por la decisión a la vez que  respiraron tranquilos.

Un saludo para todos desde el Archibald

 

 

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Comentarios

  1. ALEJANDRO CANDELA  marzo 25, 2014

    Hola Cocúa,

    Un saludo muy caluroso (pienso que te vendrá bien en esas latitudes) desde Alicante. Estoy deseando leer y escuchar más sobre esta maravillosa aventura.

    Un abrazo muy fuerte y buena singladura. Hasta pronto.

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