Estancia en Buenos Aires

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Buenos Aires, 16 de octubre de 2013.

Queridos amigos.

Después de cinco meses en este país y a escasos veinte días para la partida hacia el sur no tengo más remedio que poneros al corriente de las novedades referente al Proyecto Antártico; pero vayamos por partes.

Tras la partida de Fletcher, con el que no sólo hice en su compañía el viaje de reconocimiento al sur patagónico, sino que aún hubo tiempo para trabajar en el Archibald, acondicionando tanto en cubierta como en el interior, tachando poco a poco algunos puntos complicados de realizar, como el doble acristalamiento interior de las escotillas para evitar la condensación (hay que recordar que el Archibald tiene un total de veintiuna escotilla) y la instalación de la estufa Taylor por goteo de gasoil, con chimenea incluida.

Ya nuevamente solo a bordo, recibí una noticia que me dejó bastante desconcertado: Nandu Muñoz y Quino Quiroga, los otros dos componentes de la expedición se excusaron por no poder venir, por motivos de trabajo, a realizar la primera parte de la aventura, la bajada a bordo del Archibald por toda la costa argentina hasta Isla de los Estados, Cabo de Hornos y Canal de Beagle hasta la llegada a la austral ciudad de Ushuaia. Pero no sólo eso, sino que apuntaban la idea de reducir al máximo la duración del viaje antártico, ajustándose al escaso mes que ambos disponían.

Bajo estas condiciones era imposible llevar a cabo el proyecto, añadiendo a esto que Fletcher, también por motivos laborales, se uniría a la tripulación del Archibald el día de Navidad, también en el puerto de Ushuaia.

La concepción inicial del viaje ya era imposible modificarla. Acordamos en su día que sería necesario un mínimo de tres meses, desde la partida de Buenos Aires hasta su regreso a la misma ciudad; algo se podría reducir, pero no más de dos meses y medio. Tras exponer unos y otros sus razones, tanto Nandu como Quino determinaron “poner a disposición del capitán sus puestos en el Archibald”. En otras palabras; me encontraba solo al menos para hacer la navegación hasta Ushuaia y aún así veía poca tripulación para un viaje de semejante envergadura lanzarnos al corazón del Drake Fletcher y yo solos. Necesitaba al menos un par de navegantes de total confianza.
Pero al mal tiempo, buena cara. Por aquellos días recibí la mejor noticia: Vicky venía a hacerme una visita de un mes, al menos no me sentiría solo en aquella situación y podría compartir tanto mis penas como mis alegrías. Aparqué las primeras a modo de maceración y junto a Vicky, añadiendo todas mis amistades argentinas: Eduardo, Raúl, Fabio, Carlos, Cristian… seguí disfrutando de todo lo que ofrece esta gran ciudad y sus alrededores; lo que acabó, llevado con malas artes en…boda. Ya os lo contaré en otra ocasión.

Un día, cercano el aniversario de Vicky y tras una tanda dura de celebraciones de todo tipo y asistencias a actos “no demasiado oficiales” le propuse ir unos días a descansar a unas “fuentecitas” cercanas.
-Estaremos fuera unos días, pero no lleves mucho equipaje, porque el viaje será pesadete… -Le dije.

Ya experto en “colectivos” después del viaje con Fletcher fuimos a la estación de Retiro y embarcamos en un lujoso bus de larga distancia.
-Ponte cómoda, Vicky, porque el viaje tal vez sea un poco largo, -Advertí.

-¿Largo? ¿Tres, cuatro horas? –Quiso saber.
-Eeeh… Un poquito más, Mmm… unas veinte.
-¿Veinte horas de viaje? ¿Pero dónde vamos?
-Ya lo verás. Aquí en Suramérica las distancias siempre son largas. –le dije un tanto comprometido.
Al día siguiente, tras veintidós horas de confortable viaje llegábamos a las cataratas de Iguazú.
-¡Feliz cumpleaños, Vicky!, ¡Este es tu regalo! –Grité.

Durante una semana disfrutamos de un espectáculo sin igual. Nos hospedamos en un confortable hotelito. Durante el día, al igual que Robert de Niro, recorríamos cada rincón de ese laberinto lleno de saltos de agua, selva, torrentes, desvencijados puentes, intrincados caminos… nos apuntamos a todas las excursiones y actividades de aventura, pasando por debajo de cascadas en botes inflables, abandonados en pequeñas islas salvajes… tanto en la parte argentina como en la brasileña, evidentemente mojados todo el tiempo. Un buen entrenamiento para lo que me esperaba en unos meses. Las noches, cansados de tanta actividad, disfrutábamos románticas cenas de comida típica que ofrecían los restaurantes de la pequeña ciudad.
El tiempo pasó volando y antes de que nos diéramos cuenta estábamos de regreso en la gran ciudad, inmersos de nuevo en la rutina de los trabajos del barco a la vez que los amigos comenzaban a organizar los festejos de despedida de Vicky.
-Me llevo un recuerdo muy bueno de todo lo que es Buenos Aires, -decía Vicky mientras chupaba mate. –Me has enseñado todo lo que vale la pena… pero me falta ver bailar Tango, pero de verdad, no lo que vimos en La Boca…

Hablé con mi amigo Eduardo y al día siguiente asistimos a un refinado Club de Tango, invitados por nuestro anfitrión.
-Oye, Eduardo -le decía, – esa pareja de ahí baila bastante bien…
-Más les vale –respondía. –Son los ganadores del campeonato mundial.

La estancia de Vicky en Argentina tocó a su fin. De nuevo quedé solo, inmerso en la problemática de organizar un viaje a la Antártida.
La lista de trabajos a bordo seguía siendo enorme, algunos de especial importancia, como la reparación de los pilotos automáticos que tantos problemas me habían causado en el viaje de venida. Estaban ya desmontados y efectivamente había hecho progresos, intentando aislar el fallo para centrarme en él. Necesitaba sacar el Archibald del agua para poder soldar un refuerzo de chapa de hierro en proa, revisar y suavizar el sistema de orza abatible, cambiar la hélice, instalar otro sensor de sonda… Estaba pendiente una exhaustiva revisión del motor, lo mismo con las velas… sin contar con la problemática de la tripulación.

Fletcher seguía con su parte de responsabilidad en el proyecto: permisos, ruta, información técnica, avituallamiento, material pendiente… Datos y más datos que tenía que seleccionar, contrastar, esquematizar y luego ordenarlo todo de manera que pudiera ser localizado de forma rápida. Estaba bastante preocupado por el asunto de completar la tripulación.

-Podemos contar con Nandu en lo que le pidamos –me decía. –sobre todo en el seguimiento médico durante el viaje, incluso vendrá a Ushuaia para despedirnos y poner a punto el botiquín de a bordo, Quino posiblemente lo acompañe con algo de equipo de hielo, pero sigo pensando que ir los dos solos es una locura.
-Tienes razón- le respondía, -pero la elección ha de ser muy estudiada. Vamos a navegar por el peor lugar del mundo durante casi tres meses, en condiciones no muy confortables; no podemos llevar a cualquiera.

Barajamos listas de amigos navegantes y regatistas, pero las aptitudes que buscábamos eran altas, tal vez demasiado y las expectativas de encontrar dos super-tripulantes se reducían a la nada.
Pero la paciencia dio sus frutos y por fin encontramos a las personas idóneas para tomar parte en nuestra aventura.
Alberto “Kelone”, gran navegante, místico del mar, al que conocía muy bien. Vasco, pero residente en Alicante, con el que durante estos últimos años había compartido muchas millas, trabajos, penalidades… y todos los miércoles la comida, en compañía de Antonio, nuestro querido velero.

El otro elegido era Fran “Zarpas”, gallego de los de acento, al que conocí hace años en el Caribe, cuando iniciaba una vuelta al mundo con su mujer a bordo de su flamante catamarán. Siempre pensé que desde aquella época alguna millita más haríamos juntos. A las horas de hacerle la propuesta, me contestó:
“¿Dónde y Cuándo? La bebida la pongo yo”
Y, casualidades de la vida, estos dos grandes navegantes se conocían a través de otro amigo y amante del mar, Santi “Ézaro”, “el príncipe” de la República Dominicana, que tristemente nos dejó hacía poco tiempo.

Qué mejor punto en común entre todos que la amistad de un compañero.

¡Santi, este viaje va por ti!

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