DEL SUR DE BRASIL A RIO DE JANEIRO

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Refrescante baño en la Cachoeira

Refrescante baño en la Cachoeira

El pueblo colonial de Parati

 El pueblo colonial de Parati

Praia de Aventureiros

Praia de Aventureiros

Ensenada de Sitio Forte

Ensenada de Sitio Forte

La mejor cerveza en el mejor lugar

La mejor cerveza en el mejor lugar

Eduardo… ¿Estás ya en tu oficina

Eduardo… ¿Estás ya en tu oficina?

El increíble restaurante Reis e Magos

El increíble restaurante Reis e Magos

Demasiado solo para un lugar como este

Demasiado solo para un lugar como este

Arribada a Rio de Janeiro

Arribada a Rio de Janeiro

En Botafogo, frente al Iate Clube de Rio

En Botafogo, frente al Iate Clube de Rio

Queridos amigos:

Os envío un saludo desde Rio de Janeiro, donde llevo casi tres semanas invitado por el Iate Clube de Rio, disfrutando de esta ciudad y de las instalaciones de dicho club, unos de los más selectos en esta parte del mundo.

Quiero narraros cómo llegué hasta aquí desde la última vez que os escribí, en aquella ensenada cerca de Florianópolis, donde vi el primer cocotero después de año y medio bien alejado de mi querido trópico.

Teóricamente aún estaba trescientas millas al sur del Trópico de Capricornio, pero el calor primaveral, el perfume del mato y la tibieza del mar delataban un desplazamiento de dicha línea geográfica a mi favor.

Dejé aquél lugar, el paraíso desconocido Catarinense, poniendo rumbo norte, con un viento suave del través, que hacía desplazarse al Archibald, sin prisa pero sin pausa, hacia su nuevo destino: la ciudad de Santos, puerto de la gran urbe de Sao Paulo.

Durante dos días disfruté de la mejor navegación desde mi salida de Buenos Aires, sin el molesto ruido del motor a pesar del escaso viento, en traje de Adán, añadiendo al conjunto sólo gorra y gafas de sol, hasta que poco a poco apareció en el horizonte los primeros edificios altos previos a las instalaciones portuarias de Guaruja, ya en Santos.

Normalmente intento evitar los grandes puertos si no hay un motivo imperante, no era el caso. Tenía pendiente a bordo unos trabajos de mantenimiento y era mejor realizarlos en un lugar cómodo; el Club Náutico de Santos ofrece unos días de estancia gratuita a los veleros transeúntes y… esperaba allí la llegada de un tripulante, Eduardo Miri, un buen amigo argentino que ya había sido tripulante del Archibald en su bajada al Sur, desde Mar del Plata hasta Puerto Deseado.

Aproveché las impecables instalaciones del club para abastecer al barco de agua y gasoil, hacer colada, limpieza exhaustiva… o casi; compras de alimentos frescos, revisión de motores y aparejo y aún tuve tiempo para soldar a un vecino argentino un herraje de su barco. No fue un gran trabajo, invertí en él bastante menos tiempo que en trasegar el vino que me dio a cambio y además añadí en mi haber otros buenos amigos.

Eduardo llegó el día señalado al caer la tarde y a la mañana siguiente, temprano, abandonábamos las instalaciones del club, por un lado porque Eduardo quería conocer la mayor parte de esta zona de Brasil en las dos semanas y pico que tenía de vacaciones y por otro lado una vez terminado el periodo de tiempo de cortesía en dicho club el precio del amarre subía a más de cien dólares por día; un buen motivo para proseguir la navegación.

La ruta planeada y que yo conocía bien, nos llevaba primeramente a Ilha Bela, donde llegamos al atardecer de ese mismo día, con luz suficiente para asegurar en barco en una boya perteneciente a un club de pesca y bajar a tierra para estirar las piernas por el turístico pueblo, despachar unas cervezas y regresar temprano al barco, pues al día siguiente teníamos pensado continuar nuestra ruta.

Agradecí mucho la visita de Eduardo, porque en compañía es mucho más agradable visitar lugares que en este caso particular yo conocía bien y navegando en solitario la mayor parte de ellos los hubiera pasado de largo. Disfrutaba a través de mi amigo mostrándole los maravillosos recovecos que recordaba de anteriores viajes y que por supuesto, eran los más impactantes.

La siguiente escala fue la isla de Anchieta. Una protegida ensenada rodeada por la playa ofrecía refugio seguro a los visitantes, en este caso a nosotros solos.

Más allá de la línea de cocoteros se distinguían las ruinas del antiguo presidio. También recordaba que hacía años en Anchieta había un centro para cría y preservación de tortugas marinas. Cientos de ellas nadaban en grandes piscinas antes de devolverlas a su medio. El centro había sido trasladado al continente, pero las antiguas instalaciones presidiarias se encontraban bien mantenidas por funcionarios estatales, siendo visitadas por algún curioso turista que contrataba los servicios de alguna embarcación dispuesta a llegar hasta aquí. Al atardecer la isla quedaba totalmente deshabitada y entonces grandes capibaras dejaban la selva para pasear a sus anchas por la playa y las destruidas edificaciones del antiguo presidio.

A partir de Anchieta llegábamos a una parte de Brasil que conocía muy bien: la Bahía de Ilha Grande, donde, junto con mi compañero Fletcher, vivimos tiempo atrás durante casi dos años.

El primer lugar que visitamos fue Parati Mirim, en honor a mi tripulante Eduardo Miri, en concreto el Saco de Mananguá, un estrecho fiordo que se adentra casi ocho millas tierra adentro, acabando en el estuario de un pequeño río.

Gracias a nuestro poco calado, con la orza levantada, llegamos al final del fiordo y a bordo de nuestro bote inflable recorrimos el río hasta hacerse impenetrable a causa de la lujuriosa selva. Seguimos camino a pie hasta llegar a una hermosa cachoeira, con grandes piscinas y caídas de agua pura y cristalina, donde refrescamos tanto el cuerpo como el espíritu y a la vez dimos cuenta de los plátanos y mangos maduros que la naturaleza nos había ofrecido durante nuestro recorrido.

Al día siguiente y con pronóstico de lluvia y mal tiempo, nos dirigimos a la ciudad de Parati, lugar turístico y de aspecto colonial donde fondeamos y provistos de paraguas, ya de nuevo en contacto con la civilización, recorrimos sus empedradas calles, visitamos las iglesias, admiramos escaparates, puestos de artesanía… pero a la hora de la comida había que salir del centro promocional para degustar un buen plato de arroz con frijoles sin que la billetera quedara temblando.

De nuevo teníamos buen tiempo y había que proseguir camino.

-¿Hacia dónde nos dirigimos, capitán? –preguntaba Eduardo.

-Hacia Ilha Grande, mi territorio. –Contesté- Vas a conocer un lugar donde pocos llegan. Está preservado y teóricamente nadie puede ir, al menos sin permiso, pero nadie dice nada. Se llama Praia Aventureiros.

Aventureiros es un recodo que se encuentra al SW de la isla. Allí el agua es totalmente transparente, constantemente renovada por las corrientes oceánicas. El fondeo no está muy protegido, por lo que no es conveniente pasar allí la noche, pero el lugar valía la pena y a media mañana ya estábamos desembarcando en dicha ensenada. Tras un paseo por la playa hasta el límite del acceso totalmente prohibido por preservación, nos dirigimos a las chabolas de pescadores, donde sabía que podíamos encontrar alguna cerveza helada.

Aquel lugar es uno de los tesoros mejor guardados que tiene Brasil, pero no podíamos extasiarnos demasiado y comenzamos a contornear la isla por su costa sur-oeste procurándonos un lugar seguro donde pasar la noche. Siguiente parada: la bahía de Sitio Forte, ya en el lado NW de la isla.

Conocía muy bien Sitio Forte, era donde Fletcher y yo nos “escondíamos”, solos o en grata compañía. Había buena pesca submarina y no vivía casi gente por los alrededores. También, no lejos del fondeadero, existía una pequeña cachoeira donde refrescarse y el terrateniente de la zona un viejo pescador llamado Naude todavía me recordaba.

Naude, además de dedicarse a la pesca, ya como entretenimiento, tenía frente a su casa un pequeño bar, provisto de buena comida y bebida fresca.

Mientras despachábamos un prato feito o menú único a base de pescado, arroz y frijoles, nuestro amigo lugareño nos obsequió con un buen racimo de bananas muy dulces y unos cuantos cocos, maduros y verdes, muestra del buen corazón que los brasileños tienen con los vagabundos del mar.

La siguiente escala durante nuestro contorno de la isla fue Saco do Ceu, una muy protegida laguna abierta al exterior por una angosta entrada. Su interior puede albergar docenas de embarcaciones y a pesar de no ofrecer bonitas playas es un punto de lo más visitado por su entorno, completamente rodeado de selva atlántica. A pesar de su aspecto salvaje, Saco do Ceu también está habitado y así pues nos dirigimos hacia a pequeña casa de mi antiguo amigo Damasio y Marcia, su mujer, que juntos regentaban un barecito llamado Coqueiro Verde. En diecisiete años, la última vez que vine a visitarlo, el Coqueiro Verde había cambiado, ya no era un chiringuito playero, sino un hotelito exclusivo cinco estrellas, con piscina, suites, restaurante, spa… y hasta una pista para helicópteros, un medio bastante normal de desplazamiento para la clase alta brasileña. Damasio se alegró de nuestra visita, se acordaba de mí y de mi anterior barco Ya Veremos. Nos mostró sus nuevas instalaciones y tras invitarnos a unas caipirinhas se disculpó alegando que iba a tener la visita de clientes Vip.

– ¿Vendrán por mar, o por aire?. –Le pregunté socarronamente.

-Por ambos medios. –Me respondió.

No habíamos terminado nuestras bebidas cuando apareció frente a nosotros un tremendo yate y a la vez, bajo un ruido infernal, dos helicópteros tomaron tierra, descendiendo del interior sus ocupantes. Era momento de largarse y así lo hicimos, sonriendo por la buena estrella de Damasio, que atendía a los vagabundos del mar al igual que a la Jet Set paulista.

No nos alejamos mucho, tan sólo cruzamos de orilla para visitar el restaurante Reis e Magos, de otro amigo, el artista Pedrito Benet, regentado ahora por sus hijos Miguel y Joâo. Este es un lugar increíble, contrastando arte, buen gusto y decoración exquisita con un entorno totalmente salvaje. No existe ningún camino para llegar a Reis e Magos salvo el mar. Comer o cenar a la luz de las velas, en una mesa con mantel de hilo, cubiertos de plata antigua, copas de cristal de Bohemia, rodeado de flores, palmeras y toda la amplia vegetación de mata atlántica es algo totalmente exclusivo; y ahí estábamos para corroborarlo.

Miguel nos recibió con mucha satisfacción. En mi bajada hacia el sur había hecho una rápida escala en este lugar y entonces, al ser temporada baja le alegré la vida a mi amigo brasileño, muy aburrido en un lugar como este. En aquella ocasión, charla que te charla, despachamos mano a mano varias botellas de vino, caipirinhas, champaña, una botella de coñac… todo ello junto con una frejoada, un buen pedazo de jamón envasado al vacío que llevaba en memoria de mi país y … la verdad es que no me acuerdo de más. Sé que al día siguiente, como pude, continué viaje.

Compartimos mesa y mantel con nuestros anfitriones hasta que aparecieron clientes con reserva, momento optimo para comenzar con las despedidas y desaparecer.

De allí y a muy poca distancia se encontraba el pueblo de Abrâao, donde residimos Fletcher y yo, fondeados en nuestro Ya Veremos, bastantes años atrás.

Abrâao, en ese tiempo transcurrido, se había consagrado como destino turístico de primer orden. Las posadas se habías multiplicado, al igual que los bares, restaurantes, tiendas de moda… y todo lo necesario para albergar las oleadas de turistas que llegaban a diario.

Aquella noche había concierto en la plaza del pueblo, todo estaba a rebosar de gente, me encontré con varios conocidos, compartimos cervezas, nos pusimos al día tanto de las aventuras como de las desventuras… Al día siguiente hicimos visitas, fui a casa de  antiguos amigos que quedaban por allí… Pero el entorno había cambiado, había demasiada gente y los precios ya eran exagerados, así que tras un par de días, las despedidas de rigor, continuamos viaje.

No podíamos abandonar la isla sin mostrar a Eduardo la Ensenada de Palmas y la playa Lopes Mendes, según dicen, la más bella de todo Brasil.

Dejamos Ilha Grande por la tarde. Habíamos visitado una selección de los más increíbles lugares de toda aquella gran Bahía, dominada por la ciudad de Angra dos Reis y que alberga trescientas sesenta y cinco islas, una para cada día del año, en su mayoría privadas, propiedad de famosos deportistas, artistas, ricos financieros… Lugar de moda a nivel mundial y que, lamentablemente, también es objetivo de los grandes cruceros de pasaje y turoperadores de todo el mundo.

Próximo destino: La ciudad de Río de Janeiro.

Le prometí a Eduardo que llegaríamos a Río justo al amanecer, con la mejor luz para admirar el Cristo Redentor del Corcovado, el Pan de Azúcar, Copacabana, Ipanema…

Cumplí mi promesa y tras una navegación nocturna, a media mañana ya estábamos amarrados en las instalaciones del Iate Clube de Rio, en la bahía de Botafogo, gracias a una invitación mediada por mi club, el Real Club de Regatas de Alicante. Aquella tarde admiramos las vistas de la ciudad desde la cima del Pan de Azúcar y los siguientes días anteriores a la partida de Eduardo los dedicamos a pasear por las famosas playas, degustar platos típicos, como la Moqueca o la Frejoada, visitar el botánico, subir al Corcovado… para acabar las tardes en la veranda del club disfrutando de una refrescante caipirinha… dejando el tiempo pasar.

Y aquí sigo. Ya realizados los trabajos pendientes a bordo, las visitas sociales hechas, dejando un poco más de tiempo pasar, pero no demasiado. Recorriendo al atardecer las intrincadas callejuelas de Urca, disfrutando de un agua de coco sentado en el malecón, o pedaleando en bicicleta a lo largo de Copacabana, Ipanema y Lebón… esperando un suave viento del sur que me siga transportando a ritmo tropical hacia los bellos lugares del nordeste brasileño.

Hasta entonces, os envío un fuerte abrazo.

Cocúa. Velero Archibald.

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