DE VITORIA A RIO

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La ciudad de Vitoria, al margen de su pequeña zona colonial, es una ciudad moderna, impersonal y poco atrayente, pero allí podía encontrar todo lo que necesitaba y su club náutico, más social que deportivo, estaba bien resguardado del mal tiempo, y sobre todo: la estancia en dicho club es barata. Hacia allí me dirigí.
Una vez con el barco seguro en sus instalaciones y hechos los trámites de llegada me fui a pasear por los alrededores de dicho club. La zona, de alto nivel, era demasiado cara para mi escasa economía, no encontré ningún restaurante barato, pero después de lo pasado durante los días anteriores decidí abrir la cartera más de la cuenta, algo que de vez en cuando hay que hacer y la verdad es que, pasado el disgusto de la factura, no me arrepentí en absoluto.
La lista de trabajos urgentes era cuanto menos generosa, y el lugar se prestaba para al menos reducirla, añadiendo además que las previsiones meteorológicas no eran favorables para continuar camino; por tanto aproveché la estancia para comenzar dando un buen repaso al motor, que empezaba a pedir atenciones.
Tras cuatro días de estancia tanto el Archibald como yo nos encontrábamos en condiciones de partida, pero de nuevo el amigo Rafael del Castillo, a través de los ondas, me informaba: “todavía quedan unos días de mal tiempo, el cabo que tienes por proa, Sao Tomé, tiene mala leche, creo que deberías esperar un poco más”
Ya conocía el cabo y su fama, pero yo no quería seguir allí, así que viendo la carta náutica descubrí que a pocas horas de navegación existía una zona de playas y ensenadas protegidas, mucho mejor lugar para esperar que en esta cara ciudad, así que me despedí de la amable Vitoria y puse rumbo a Guaraparí, mi nuevo destino.
El sitio elegido donde eché el ancla estaba muy resguardado del viento, con el mar totalmente calmado y frente a una hermosa playa con algún chiringuito turístico; el lugar idóneo para esperar buen tiempo, el cual llegó tres días después.
Dos días y medio duró la siguiente travesía, con un viento excelente que empujó al Archibald bordeando el cabo, dejando por estribor unas restingas de arrecifes que adentraban en el mar varias millas y a la vista por babor un sinfín de plataformas petrolíferas, a esto había que añadir los barcos que dan servicio a las plataformas, los pescadores… ¡Cómo para pasarlo con mal tiempo!
Doblé el cabo en relativa calma y puse proa a Buzios, otro protegido fondeadero ya bastante cerca de Río de Janeiro.
Buzios es un lugar mítico de la costa brasileña. En los años sesenta lo “descubrió” Brigitte Bardot, poniéndolo de moda. En fin, un tranquilo y bello lugar de pescadores se transformó en lo que llamaron La Saint Tropéz brasileña. Empezaron a edificar hoteles de lujo, abrir restaurantes de postín, boutiques de moda… y, cómo no, por allí desfiló toda la tropa artística de siempre: músicos, escritores, pintores, millonarios, play boys… más hoteles, más restaurantes… hasta que empezó su decadencia. Entonces con buen ojo llegaron los argentinos y consagraron Buzios como su santuario vacacional de primer orden. Gracias a ellos este lugar se mantiene, con un aire ahora ibicenco, para ofrecer al visitante, a precios también ibicencos, el disfrute de aquel bello lugar… Lo cual no es para mí, así que tras pagar seis euros por una cerveza y tres por un café, poder hablar en mi idioma más de cinco minutos seguidos y realizar algunas compras imprescindibles, puse agua entre el bello Buzios y la popa del Archibald. Nuevo destino: los fondeaderos salvajes de Cabo Frío.
Por una cuestión u otra, el turismo llega a todos lados. Las playas desiertas que conocí años atrás se llenan literalmente de turistas llegados a bordo de las Escunas de paseo desde las doce del medio día hasta las cuatro de la tarde, igual que las playas de Formentera; será la globalización. En cualquier caso a mí no me afectaba, durante ese tiempo iba a bucear a una zona alejada con una fauna increíble donde cabría añadir una cantidad de tortugas marinas por demás. Más de cien llegué a contar en una mañana, nadando lentamente a mí alrededor o intentando ocultarse bajo alguna roca para echar un sueñecito. Algo realmente espectacular. Por las tardes, libres las playas de gente, me dedicaba a disfrutar de los paseos por su arena blanca… hasta que me clavé un pincho en la planta del pié. Era la señal inequívoca para continuar viaje; el tiempo seguía bueno. Franqueé el estrecho paso llamado Boquerón que da fin a la zona de Cabo Frío y puse rumbo hacia el final de esta etapa: Río de Janeiro, donde me volvía a esperar una lista interminable de trabajos a realizar.
Hasta aquí llega mi relato, Espero que lo disfrutéis.
Un abrazo y hasta la próxima entrega.
Cocua.

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