DE USHUAIA A ISLA DE LOS ESTADOS

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La tripulación: Alberto, Fran, Fletcher y Cocua

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Temporal en el Drake

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Timoneando en plena tormenta

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Fletcher y Fran de guardia

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Comité de bienvenida en la isla de Los Estados

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Las focas nos acompañaron durante horas

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El faro del Fin del Mundo

DE USHUAIA A ISLA DE LOS ESTADOS

Dejamos Ushuaia el tres de enero, un día radiante de sol y viento en calma que mostraba toda la belleza del canal del Beagle en su máximo esplendor, un buen regalo de despedida.

Volvimos nuestros pasos sobre la anterior ruta intentando navegar siguiendo la parte norte argentina, pues no teníamos despacho para visitar Chile ni hacer escala en su territorio. Y así, empujados por una escasa brisa, apoyados en el motor, fuimos dejando atrás el famoso canal y contorneando las islas de Picton y Lennox comenzamos a adentrarlos en el pasaje de Drake, mar que une de este a oeste los océanos Atlántico y Pacífico, y de norte a sur los continentes suramericano y antártico; a la sazón y debido a las fuertes corrientes, grandes olas y vientos huracanados, el lugar más crítico del mundo para navegar.

Ya con rumbo sur fuimos bordeando los últimos resquicios de tierra y tras dejar por popa y a la lejanía la destacada isla de Cabo de Hornos comenzamos a ganar cada vez más latitud empujados por un viento del oeste que nos acompañaba desde la salida del Beagle, cuya intensidad iba en aumento conforme nos separábamos de esta última tierra.

Nuestros meteorólogos informantes nos auguraron un cruce del Drake relativamente aceptable, pero las previsiones en esta parte del planeta y debido a los caprichos de las borrascas que constantemente barren veloces la región, hacen variar cualquier tipo de planteamiento al respecto. El viento subía de intensidad a la vez que a bordo del Archibald se reducían velas: La mayor con un rizo, dos rizos, tres rizos… arriada por completo; génova enrollado, foque radial arriba; foque radial abajo, trinqueta arriba.

El viento subía más de lo anunciado. Un traspié de la borrasca cercana en el baile del Drake nos enviaba fuertes vientos del oeste, y olas de tamaño más que considerable azotaban el costado del Archibald con gran fuerza, barriendo su cubierta constantemente desde proa a popa.

El barco iba gobernado por el potente piloto hidráulico y nadie de la tripulación se encontraba en el exterior, demasiado frio, demasiado húmedo y demasiado peligroso para permanecer allí. Sin embargo la actividad dentro del Archibald no cesaba; zarandeados como en una coctelera había que buscar un lugar seguro y permanente para todas las cosas que literalmente volaban por la cabina; controlar la navegación; revisar la cubierta y aparejo a través de los portillos y escotillas, siempre que las olas que rompían sobre el velero dejaran suficiente campo de visión. También había que atajar las pequeñas entradas de agua hasta entonces sin localizar, sobre todo en las escotillas no cerradas a conciencia y cristales de éstas que algún poro en sus uniones hacía perder su estanquidad. Todo ello iba produciendo humedad en el interior con su consiguiente malestar y apatía. Cocinar era imposible, ni siquiera calentar la comida ya preparada, pues en ocasiones el embate de las olas hacía escorar el barco hasta los cuarenta y cinco grados. Nos alimentamos a base de galletas y fruta, pero tampoco el cuerpo pedía más; había que dejar pasar aquel mal tiempo, el viento y las olas bajarían al paso de aquel frente de baja presión.

Pero el barómetro seguía descendiendo a la vez que el viento y la altura de las olas aumentaban sin cesar.

La borrasca, como si nos viera, se había estacionado cercana a nosotros enviándonos toda su potencia. Una gran ola hizo escorar al Archibald peligrosamente y el viento, que se mantenía constante por encima de los cuarenta y cinco nudos, poco a poco iba rotando a la contra; era momento de ceder.

Dimos popa al mar y al viento y nos dejamos llevar, en una navegación relativamente más cómoda, pero con rumbo… hacia la Nada, adentrándonos en la inmensidad del Atlántico sur.

Un fax meteo recibido entonces nos advirtió de un cambio en las previsiones: en unas horas tendríamos que enfrentarnos a vientos fortísimos con su consiguiente marejada, y lo peor: a un día al sur de donde nos encontrábamos la meteorología era suave hasta la costa antártica, pero nos era imposible llegar hasta allí. El caprichoso Drake, sonriente, nos enseñaba sus dientes: “Esta vez no me da la gana que paséis”.

Llevábamos dos días de navegación, habíamos recorrido un tercio de la ruta pero tuvimos que desistir en nuestro empeño y seguimos dando la popa al mal tiempo. Por suerte el viento siguió rotando ligeramente, logrando hacer rumbo al sur de la isla de los Estados. Algún refugio encontraríamos allí.

Pero nos encontrábamos a más de un día de nuestro nuevo destino y el temporal nos agarró de pleno. El viento superó los setenta nudos y las olas, de más de doce metros, rompían sobre el Archibald sumergiéndolo por completo durante interminables segundos. La pequeña trinqueta fue arriada, no fue sustituida por el tormentín por considerarlo demasiado grande y desenrollamos aproximadamente un metro cuadrado de génova para al menos tener maniobrabilidad, pues la velocidad ya nos la daban las olas, que desplazaban al velero a veces por encima de los doce nudos.

Había que timonear. El piloto automático no podía con las grandes olas que sacaban constantemente de rumbo al Archibald, terminando a veces atravesado peligrosamente a ellas. Muy equipados dos de nosotros permanecían en bañera, uno timoneando y otro de compañía, sujetos al barco por doble sistema de seguridad, mientras que los otros dos permanecían en el interior controlando las entradas de agua más inverosímiles: ventilación del motor, fregaderos de la cocina, lavabo del baño, resquicios en los aireadores, salidas de bombas… tal era la constante presión del agua sobre casco y cubierta. Realizamos otras labores todavía menos agradables: Fran grababa en el Iridium, el teléfono satelital, los teléfonos de Rafael del Castillo, Prefectura naval Argentina, Fabio Castro y en definitiva todos aquellos que nos pudieran realmente ayudar en caso de… Mientras tanto Alberto metía en una bolsa estanca nuestra radiobaliza, la emisora portátil VHF, un GPS de mano, bengalas y demás elementos útiles por si llegado el momento… Yo grabé en el computador unos correos explicando la situación, dando nuestra posición, la hora, rumbo, velocidad, estado del viento y mar… listo para ser enviado en el instante decisivo de… Radios conectadas en las frecuencias que nunca hay que usar…

Hay temporales… y temporales. Todos los que estábamos a bordo habíamos sufrido al menos los suficientes. Pero cuando te encuentras inmerso en uno de ellos y piensas que por la aleta de babor tienes Cabo de Hornos y por proa, a ciento y pico millas, la última punta de la isla de los Estados, llamada El Fin del Mundo, sabes que estás en el peor lugar del planeta, soportando las peores condiciones.

Por suerte la cosa no fue más allá. El Archibald se comportó como un campeón, aguantando aquel infierno sin mostrar queja alguna. Al cabo de seis horas el viento bajó de intensidad, llegando a cuarenta nudos, lo que nos parecía una delicia. Salimos todos a cubierta, nos hicimos fotos, comprobamos que todo estaba en su sitio, encendimos la estufa, cocinamos unos buenos espaguetis, nos pusimos ropa seca… volvíamos al Paraíso.

El viento siguió bajando de intensidad conforme nos acercábamos a la isla y ya por la tarde distinguimos los picos nevados de sus altas montañas.

Ya próximos, a sotavento y con el mar en calma, un comité de bienvenida compuesto por cientos de focas vino a recibirnos, rodeando al Archibald y siguiendo su estela durante todo el tiempo que nos demoró contornear la punta este de la isla, dando saltos y piruetas a escasos metros de nosotros; algo realmente espectacular.

Justo cuando anochecía y bajo la escasa luz que deja en estas latitudes el crepúsculo del verano austral, entrábamos en la primera ensenada, muy protegida, que con el sugerente nombre de San Juan de Salvamento alberga el mítico faro del Fin del Mundo y que envueltos en la penumbra todavía pudimos distinguir, hoy inhabilitado pero famoso por el conocido libro de Julio Verne e incluso por la película que protagonizó en su día Kirk Douglas y Yul Brynner.

La Antártida se encontraba ahora muy lejos.

Un abrazo para todos.

La tripulación del Archibald

 

 

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