DE RIO GRANDE HASTA ARGENTINA

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El último día de mayo hacía la entrada por el canal que da acceso a Lagoa dos Patos, un inmenso mar interior perteneciente a Brasil y ubicado en el extremo sur de dicho país. Por sus riberas se encuentran grandes ciudades de nombres peculiares, como Puerto Alegre, donde uno se imagina a todo el mundo dichoso y feliz, o también la sugerente Pelotas; ¿Cómo se llaman los de Pelotas…? Yo me dirigí a la cercana ciudad de Rio Grande do Sul, a unas tres horas de camino atravesando inmensos puertos pesqueros, astilleros, pasando cerca de enormes navíos de la Petrobras, hasta llegar a las pequeñas instalaciones deportivas de la ciudad, las cuales ya conocía de tiempo atrás. Al parecer nada había cambiado, o por el contrario el tiempo había hecho mella, por lo que aquellas infraestructuras náuticas dejaban mucho que desear; pero al menos se encontraban en un lugar muy resguardado, fundamental para el mal tiempo que se esperaba día y medio después.

Una vez amarrado el Archibald y preparado para aguantar un huracán, o mejor dicho: preparadas aquellas instalaciones amarradas a mi barco para que así pudieran aguantar el próximo mal tiempo, me dirigí a las oficinas.
En aquel puerto siempre daban a extranjero unos días de estancia gratis como cortesía, pero… Ni cortesía de estancia ni de tratamiento; ya no había servicio de combustible, el agua no era potable y no había agua caliente en las duchas (esto último se consiguió resolver, llegando al nivel de tibia) y la estancia, al precio de la mejor marina del Mediterráneo.
El Mal tiempo duraría algo más de una semana, pero sólo pude pagar tres días, lo justo para dejar pasar el primer Pampero y luego buscaría un lugar donde esperar anclado.

El viaje se me estaba haciendo largo y tedioso, por una parte debido a los inconvenientes que iban surgiendo, tan vez a causa de las prisas, pero sobre todo por la sensación de soledad, más en tierra que en navegación, algo que nunca le había prestado atención y ahora empezaba a sentir. Estaba a punto de salir a la calle y preguntar a la primera persona con la que me cruzara: “Hola, ¿Quieres ser mi amigo?” cuando oí a mi espalda: “¿Vos sos el del barco de fierro que acaba de entrar?” Ya tenía un amigo, se llamaba Fernando, era argentino y además navegante.

La tripulación del catamarán Maná había hecho escala en Rio Grande en ruta hacia Rio de Janeiro y su tripulación Carlos, Juan y Fernando me “adoptaron” desde el primer momento; compartimos buen vino, gratas tertulias y mi primer asado argentino de este viaje. Momentos agradables, pero al tercer día el Maná siguió su curso hacia Brasil. Se me vencía el plazo de estancia en el club y el mal tiempo me impedía hacer camino hacia el sur. Necesitaba inspiración; me dirigí a un cercano Museo Oceanográfico porque Julio, del “Cibeles”, me había hablado de él en cierta ocasión… Me hice el encontradizo con su director, el Profesor Lauro y tras una breve charla me propuso: “¿Y por qué estás en el club náutico? Trae tu barco aquí, hay lugar en el muelle del Museo; tienes agua, electricidad, buenas duchas, internet…y no hay que pagar. Quince minutos después el Archibald había pasado del Infierno al Paraíso.
Estaba solo en el muelle, junto algunas barcas de pesca medio abandonadas, pero un poco más allá tenía buenos vecinos: la piscina del león marino, la de los pingüinos, la de los delfines… que al anochecer, cuando se cerraba el Museo, iba a verlos para que me contaran los secretos de la Antártida… pero la verdad es que nunca me hicieron ni caso, tal vez fuera porque nunca estuvieron allí.
El lugar estaba protegido del mal tiempo y era cómodo para hacer algunos trabajos de mantenimiento en el Archibald; además de pasear por la ciudad, hacer las últimas compras y dejar pasar el tiempo suficiente para que la meteorología me abriese una ventana y seguir camino hacia el sur.
A la semana de mi estancia en las instalaciones del museo, a través de la frecuencia de Rafael del Castillo, éste me anunció: “Pasado mañana hay cinco días fenomenales y a tu medida, aprovecha y navega” confirmé aquella predicción por Internet; unos cuantos días de viento favorable antes del siguiente Pampero, lo justo para dejar Brasil y llegar hasta el Rio de La Plata.

Dejé con cierta pena al pantalán del Museo y sus distinguidos moradores, llevándome en mi memoria un grato recuerdo, tanto del lugar como de su amable director. Y de madrugada, aprovechando la fuerte corriente de marea, dejé por popa aquella ciudad. Tras unas horas de navegación también quedó atrás la costa brasileña que durante los tres últimos meses había recorrido casi en su totalidad.
El frio era cada vez más sensible, se notaba la llegada del invierno austral conforme iba haciendo camino hacia el sur. Por suerte la navegación se hizo placentera, con viento y ola suave. Las noches, sin luna pero muy estrelladas, producían un efecto fantasmagórico en el mar debido a la fuerte luminiscencia. El barco desprendía un fulgor verdoso a su alrededor; la estela se podía seguir con la vista hasta casi el horizonte y cada pequeña ola en la superficie del mar desprendía un fogonazo fosforescente que quizá y debido a alguna lectura reciente, se me antojaba como almas en pena de antiguos marinos perdidos en la tormenta… En fin, nada agradable estando allí en medio en total soledad y al poco tiempo de admirar aquél siniestro fenómeno me introduje en la acogedora cabina, encendí todas las luces, puse música de los Rolling Stones, conecté todos los aparatos de seguridad en navegación para no tener que salir a cubierta y tras una cena frugal me acomodé en el sillón de la mesa de navegación recibiendo toda la información de lo que ocurría en el exterior pero filtrada por los aparatos, eliminando así cualquier mala sensación.

Al día siguiente rebasé el primer puerto uruguayo, La Paloma; la meteorología continuaba favorable y proseguí camino hacia el siguiente puerto: Punta del Este.
A media noche me ya encontraba en las proximidades del famoso balneario uruguayo, pero decidí continuar camino y ya al amanecer, metido en una espesa niebla típica del Rio de La Plata, con un ligero viento en contra y predicción de meteorología adversa, conseguí franquear las escolleras del puerto de Buceo, en Montevideo, sin ni siquiera verlas, gracias al radar y puntos de referencia exactos introducidos en distintos programas de navegación. Cuando supuse que estaba dentro del puerto y con muy poca profundidad dejé caer el ancla y aún tuve que esperar más una hora hasta que la niebla comenzó a levantar para poco a poco verme rodeado de yates y veleros. Ciertamente estaba en las instalaciones del Club Náutico.

El Yacht Club Uruguayo es una de las más antiguas instituciones de Montevideo, parada obligatoria para los navegantes y lugar que ya conocía de tiempo atrás. La amabilidad tanto del personal del club como se sus socios me dejó una grata sensación de bienestar y tras una reconstituyente ducha y buen desayuno, con el barco perfectamente amarrado, me dispuse a pasear por la ciudad, dirigiéndome a la parte antigua, colonial, sin destino determinado, oyendo hablar español, viendo los escaparates de comercios envueltos en la sutil y dulce decadencia propia del Uruguay… hasta llegar a los pequeños restaurantes cercanos al mercado, donde di cuenta de un buen asado. Definitivamente había cambiado de país.
Durante cuatro días disfruté de aquel lugar, del amable trato dispensado por toda persona con la que me encontraba, en especial en el club náutico, dándome valiosos consejos e indicaciones precisas para navegar por la complicada desembocadura del Rio de La Plata.
Otro mensaje de Rafael a través de su Rueda de los Navegantes me sacó de mi nueva rutina terrestre: “Dos días de buen tiempo y viento favorable, lo justo para llegar a Buenos Aires, aprovecha”

Ya me encontraba cerca de mi destino final, me separaba de la capital Argentina escasas cien millas, pudiéndolas realizar en cualquier otro momento y disfrutar un poco más de aquel país. Pero no. Debía concluir aquella etapa del proyecto y comenzar cuanto antes la siguiente: preparar concienzudamente el barco durante los próximos cinco meses y así poder enfrentarnos con el máximo de posibilidades a las peores condiciones que nos estaban reservadas a lo largo de todo el mítico Cono Sur.
Dejé Montevideo por popa y tras una noche de frio y humedad propias del río de La Plata en esta época, siguiendo intrincados canales repletos de boyas luminosas, buques mercantes, ramas y troncos a la deriva… amaneció ante mí, con cielo encapotado y un mar totalmente marrón, la moderna ciudad de Buenos Aires.

Me dirigí hacia el distinguido Yacht Club Argentino, ubicado en el mismo centro de la ciudad y donde estaba invitado a amarrar, agradeciendo las gestiones realizadas para ello a mi club, el Real Club de Regatas de Alicante.
Concluía así esta primera parte. Ahora quedaba sacar conclusiones, organizar los trabajos, y preparar la siguiente ruta hasta el más leve matiz. Pero antes era urgente reencontrarme con viejos amigos, despachar el tradicional asado de bienvenida y habituarme de nuevo a la vida “terrícola”.

Un abrazo a todos y espero que continuéis siguiendo la aventura a través de estos relatos, que de ninguna manera dejarán de aparecer en esta Web.

Cocua Ripoll. Velero Archibald.

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