DE RÍO A BAHÍA

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Navegando con nula visibilidad

Navegando con nula visibilidad

Llegada a las islas de Abrolhos

Llegada a las islas de Abrolhos

Fondeo totalmente protegido

Fondeo totalmente protegido

Agua cristalina

Agua cristalina

La comida del día

La comida del día

Empieza el escabeche

Empieza el escabeche

La rutina en el despacho…

La rutina en el despacho…

Lavado automático de cubierta

Lavado automático de cubierta

Las playas idílicas de Camamú

Las playas idílicas de Camamú

Dos semanas en Rio de Janeiro fueron más que suficientes. Era una ciudad que ya conocía demasiado bien, visitada intensamente durante otros viajes. Aquello no daba para más y tras volver a avituallar el barco, solté la boya del Iate Clube y de nuevo nada me unía a tierra.

Había determinado el momento de mi partida según la buena previsión meteorológica. Después de varios días de vientos duros y contrarios tenía de nuevo una buena ventana de tiempo favorable… tal vez demasiado tranquila. Viento y mar en calma, pero… la lluvia muy ligera acompañaba una espesa niebla que casi no permitía distinguir ni la proa del Archibald; en esta época del año, primavera austral, predominan los días soleados con viento fresco del norte, alternando de vez en cuando con algún frente del sur, que trae escaso viento, lluvias y neblinas. No tenía más remedio que aprovechar aquella relativa bonanza.

Salir de la bahía de Guanabara, una de las más transitadas del mundo, es siempre complicado, pero hacerlo con una venda en los ojos es casi imposible. No valía la pena permanecer mojándose en cubierta sin posibilidad de ver nada, había que dar media vuelta y entonces perder el tren o seguir camino y trabajar atentamente con las nuevas tecnologías: plotter, sonda, radar, AIS… y mucha intuición. Era imperativo cruzar la concurrida bahía lo más rápidamente posible, evitando ponerse delante de buques mercantes, remolcadores, grandes pesqueros… que por su escasa maniobrabilidad en estas circunstancias no se apartarían de su ruta.

Por todos lados se oían bocinas, campanas, ruidos de grandes motores y en el radar se detectaban infinidad de ecos provenientes de todas partes, por suerte a escasa velocidad.

Necesitaba llegar cuanto antes a la otra orilla que gracias a su escasa profundidad estaba libre de estos monstruos de acero y allí, muy cerca de la costa, navegando con escasos dos metros de agua bajo el Archibald, contornear el litoral hasta separarme de la ruta habitual de los grandes buques.

En un momento la niebla pareció levantar, cuando de repente me percaté de que a escasos metros de babor comenzaba a separarse una especie de mole similar a la Torre Eiffel, una plataforma petrolífera motorizada, imagino que para hacer prospecciones, bastante comunes por la zona; enorme, horrible y sobre todo: ¡Tan cerca!

El cruce de Guanabara duró algo más de media hora, agobiante en todo momento y cuando conseguí llegar a aguas seguras comprendí lo bien que hubiera hecho esperando amarrado en mi boya del club el tiempo que hubiera hecho falta hasta que la visibilidad hubiera mejorado, pero ¡Chico! La aventura es la aventura.

Siguiendo un eco en el radar, supuestamente un pesquero de gran tamaño, me colé entre las islas Padre y Madre, que conforman la entrada este de la bahía y ya en aguas libres me mantuve cerca de la costa y navegando a motor, esperando que el sol levantara la niebla para disfrutar de la apacible navegación, con poco viento y mar planchado.

Pero ni la niebla levantó ni la lluvia cesó. Al amanecer del día siguiente, harto de estar pendiente de los aparatos hice escala en Buzios, lugar emblemático y turístico en los años sesenta, donde dejé pasar un día y ya, con sol y todavía viento suave proseguí camino hacia la ciudad de Vitoria, dejando atrás el cabo Santo Tomé, infestado de pesqueros, plataformas petrolíferas, lanchas rápidas y remolcadores que dan servicio a dichas plataformas… lugar que si le añadimos el habitual viento fuerte y navegación nocturna… con seguridad encontrarás en tu memoria algún momento más agradable que ese. Por suerte, esta vez lo pasé de día, con sol y prácticamente en calma, lo cual fue de agradecer.

Aún restaba algo más de cien millas hasta mi destino, que como compensación a lo navegado anteriormente fue una travesía deliciosa, con viento suave del este, empujando del Archibald a cinco nudos, con poca ola y sol velado, cumpliendo todos elementos su cometido para favorecer esta excelente navegación.

La buena ventana meteorológica tocó a su fin en el mismo momento que hacía la entrada en la bahía de Vitoria. Tuve el tiempo justo de llegar a las instalaciones del club, amarrar fuertemente mi barco, correr hasta las oficinas para formalizar la llegada, correr de nuevo al barco, ponerme el traje de baño, gafas de sol y correr otra vez hasta la piscina, tumbarme en una hamaca bajo la sombra de un enorme parasol, pedir una cerveza helada y… al mirar al cielo las nubes ya se movían a toda leche; volvía a soplar de nuevo los treinta nudos del norte acompañado por un sol de justicia. Sonreí, bebí el último trago de cerveza y caí dormido.

Vitoria es una ciudad limpia, moderna, bien diseñada, pero con poca personalidad y sobre todo bastante cara, al los menos por las inmediaciones del club náutico. Dicha entidad es básicamente un club de pesca con mucho renombre. Justo el día me mi arribada concluía el campeonato mundial de curricán de altura, con capturas, pez espada sobre todo, que superaban ampliamente los quinientos kilos, llegando a más de setecientos, verdaderos monstruos del mar. Evidentemente los brasileños consiguieron muy buen puesto, pero no pudieron con la habilidad de los cameruneses ¡Ni de los suizos, que optaron a la cuarta posición! ¿Los Españoles? Pues podríamos decir que obtuvieron una digna clasificación.

Me aburría en Vitoria. El viento seguía fuerte y en contra y las previsiones no daban alternativa; había que esperar. Por lo menos los días eran buenos; soleados y de temperatura agradable. Dejaba pasar el tiempo dando largas caminatas por infinitas playas locales, leyendo bajo la sombra de algún cocotero el Romancero Gitano de Lorca, recitando algunos versos a los negritos que pasaban cerca de mí; en fin, lo normal en estos casos.

¡Ventana! El anticiclón se desplazó para allí, la borrasca se fue para allá… y los próximos días soplaría del sureste. ¡Perfecto!

Dejé pasar toda aquella jornada incluida la noche para dar tiempo a que bajase la altura de las olas contrarias, formadas por el constante viento del norte que había soplado y ¡Adiós Vitoria! Próxima parada: Islas de Abrolhos, a casi doscientas millas; un paraíso del buceo.

Otra vez la espera valió la pena; una travesía de día y medio, con buen viento de través que hacía avanzar al Archibald por encima de los seis nudos y medio.

Poco a poco se fue acortando la distancia. Eché mi línea de pesca con la esperanza de atrapar lo poco que habrían dejado los del campeonato de pesca, cuando de pronto el carrete empezó a escupir sedal sin posibilidad de pararlo. A base de apretar el freno conseguí a duras penas bloquear el carrete, pero la tensión del hilo era brutal, imposible de poder cobrar absolutamente nada de la línea que arrastraba. Aquello que había picado debía de ser muy, muy grande. Frené el barco recogiendo parte de vela y aún así tan sólo pude… romper por el esfuerzo la manivela de recuperar hilo. Cuando conseguí repararla el sol empezaba a ponerse y la tensión del sedal seguía siendo la misma que al principio. No había caso, aquella pieza era demasiado potente y luchaba como una fiera, no podía imaginar qué podría pasar en el caso que consiguiera traerla hasta la popa del Archibald, además en total oscuridad. Dejé pues todo como estaba con la esperanza de que durante la noche el animalito se desenganchara y prosiguiese su camino, pero aquello no ocurrió; todo mi material de pesca estaba sobredimensionado: hilo de Spectra de alta resistencia, Rapala reforzada, anzuelos gigantes, pié de cable de acero… A pesar de la velocidad del barco, durante toda la noche fui comprobando la tensión del hilo y ésta no cedía. Al amanecer, aprovechando un recalmón de viento, con el barco casi parado, conseguí acercar la captura, que por cierto no tiraba tanto como la tarde anterior. En efecto era lo que me imaginaba, un pez espada tremendo… del cual ya casi sólo quedaba la cuarta parte. Los “vecinos de abajo” se habían dado un festín a su costa durante toda la noche, ante la imposibilidad de la presa a poder escapar. Aún así pude salvar unos buenos cuatro kilos de lomo intacto, más que suficiente para mí solo y es que las buenas cosas siempre hay que compartirlas.

A mediodía ya me encontraba en las proximidades del archipiélago de Abrolhos, cuatro pequeñas islas de la que tan sólo una está habitada por un destacamento militar brasileño. Este pequeño archipiélago está rodeado por una vasta área de peligrosos arrecifes de coral que se extiende por decenas de millas, de ahí su nombre: Abrolhos, “Abre los ojos”, ya que los naufragios en la zona se cuentan por centenares, algunos demasiado recientes.

Toda esta área conforma un parque nacional, de los primeros en Brasil, con toda su extensión totalmente protegida, donde la pesca, en cualquiera de sus modalidades está totalmente prohibida. En fin…

Elegí como lugar de fondeo un arrecife muy cercano a dos de estas islas desiertas, totalmente protegido del viento y ola. Cientos de aves marinas anidan en costa, su griterío es tremendo, pero pronto se acostumbraron a la cercanía del Archibald y fue llevadero, por lo menos durante la noche. Al amanecer, ya con nuevas energías, el bullicio volvía a ser exagerado; evidentemente no hacía falta despertador.

Tras terminar con la maniobra de fondeo, me embutí en mi traje ligero de buceo y me eché al mar, nadando hacia el cercano arrecife, arrastrando siempre mi tabla de windsurf, por si acaso. Aquello era tal cual lo recordaba: Enormes cardúmenes de lubinas, infinidad de peces loro, ángeles, globo y demás especies del coral. También se veían tortugas marinas, rayas gigantes, algún tiburón nodriza… y por supuesto los grandes meros, reyes de los arrecifes, que con su habitual curiosidad, se quedaban quietos ante mí, observándome, ajenos a todo riesgo, moviendo ágilmente sus aletas. Estaban allí las grandes barracudas, centinelas del arrecife, por suerte bien alimentadas. También ellas me observaban, controlándome, acercándose poco a poco. A veces su presencia se hacía tensa y de un salto subía a mi tabla, remaba un poco más allá, lejos de su control y seguía con mi buceo. Nunca me ha gustado estar demasiado cerca de bichos grandes, sobre todo si su tamaño es superior al mío.

No me cansaba del buceo, nadando por arriba del arrecife, explorando sus pequeñas grutas, observando los movimientos de sus habitantes.

Al atardecer me acercaba hasta la costa, sin importunar a las aves que llegaban para descansar de su dura jornada de pesca. Paseaba por la pequeña playa para estirar un poco las piernas, me tumbaba en la arena mirando al cielo, plagado de éstos pájaros, devolviéndome, curiosos, la mirada.

Estuve tres días en la zona sin tener contacto con los militares que vivían en la otra isla, dedicando todo mi tiempo al buceo y la tranquilidad. Tenía pensado estar al menos una semana, pero la soledad pudo más. Quizá el haber podido compartir todo aquello con alguien, como en otras ocasiones que pasé por aquí, hubiera alargado mi estancia, pero para mí solo ya era suficiente. Tras compartir mesa y mantel con uno de aquellos moradores, un mero que cabía justo en el horno del Archibald, acomodado en una cama de patatitas y cebollita, que no puso casi objeciones en ser plato principal, volví a subir el ancla y continuar camino bajo una puesta de sol espectacular, empujado por una ligera brisa del este.

No tenía muy claro mi siguiente destino. Podía llegar hasta las mismas puertas de Salvador de Bahía, pero cincuenta millas antes se encontraba la gran ensenada de Camamú, a mi parecer la zona más bonita de todo Brasil; con docenas de islas, pequeños pobladitos baianos, playas salvajes interminables y todo repleto de altos cocoteros. Pero lo mejor, lo que más me atraía de aquella zona era sus habitantes; de una sencillez y simpatía sin igual, dispuestos siempre a ayudar, informar o simplemente compartir una cachazinha contigo. Estaba claro: dejaría Salvador para más adelante. Próxima parada: Camamú.

La Divina Providencia me acompañó durante los tres días que duró la travesía, proveyéndome de buen viento e incluso de un bonito de quince kilos, aumentando de esa manera mis provisiones y conservas.

El viento se mantenía estable y así lo confirmaban mis amigos de la radio, que cada noche me hacían buena compañía, la única que tenía desde hacía bastantes días. Al otro lado de la emisora siempre escuchaba las palabras de ánimo de Miguel Urbieta, Rafael del Castillo y Alejandro Portabales en sus respectivas Ruedas, con sus consejos, comentarios, informaciones, noticias… a los que también se unieron mi buen amigo Fabio Castro desde Buenos Aires y Mariano desde Alicante, mi cuidad. Sin olvidar a los navegantes: Alea desde el Pacífico, Cibeles y Erwin desde el Caribe, Ezequiel del Ipake, Jorge, Ernesto, Gustavo… Todos los días, a partir de las ocho de la noche dejaba de ser por unas horas navegante solitario.

Era mediodía cuando me encontré en las proximidades de la entrada a la bahía de Camamú. Una costa baja ribeteada en tono verdoso a causa de los cocoteros así lo confirmaba. Pronto distinguí el faro que marca el fin de la costa sur a la vez que intensos nubarrones negros se aproximaban amenazadores.

Entré en la gran bahía, dejé por babor el pueblecillo de Barra Grande y me dirigí algo más al sur, hacia el fondeadero más protegido, un estrecho canal entre Campinho y la isla Goió, donde el agua siempre se encuentra encalmada como un estanque. Eche el ancla cuando empezaban a caer las primeras gotas. Rápidamente puse el toldo, conecté las mangueras, justo cuando comenzaba a caer la intensa lluvia tropical. Los depósitos del Archibald se llenaban mientras yo, con la música a tope, bajo el torrente de agua que en aquel momento caía, totalmente enjabonado, bailaba y cantaba al ritmo de Brown Sugar.

Durante los siguientes días la lluvia cayó con fuerza pero intermitentemente, dando la posibilidad de bajar a tierra, compartir alguna cerveza con los lugareños e incluso localizar la casa de Juan Manuel y Pachi, dos amigos alicantinos que pasan largas temporadas en este paraíso oculto, pero dejemos esto para la próxima entrega.

Os mando un abrazo y a la vez aprovecho para felicitaros las fiestas de Navidad y Año Nuevo desde Camamú. Ahora me voy a pescar.

Hasta la próxima.

Cocúa, velero Archibald.

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Comentarios

  1. Daniel Tribaldos  diciembre 23, 2014

    Igualmente, Felices Fiestas y Feliz Navidad.

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  2. Antonio Sanchez  diciembre 23, 2014

    Capy feliz navidad y buen año.
    Un abrazote y adelante para Alicante.

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  3. rafael  diciembre 25, 2014

    cocua, felices fiestas hacia tiempo que no tenia noticias tuyas, me alegro que te encuentres bien y disfrute de todas las travesias, buen viento y buena proa

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  4. Jorge  diciembre 29, 2014

    Felices Fiestas y buen año 2015.

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  5. Evaristo Abril "EL CONSUL"  diciembre 31, 2014

    Querido amigo “COCU” Un abrazote y el año que viene te tendré que pagar unos 800 tées o como se escriba. Lo dicho un fuerte abrazo y buenos vientos para tu vuelta.

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  6. Carmen Valero pomares  diciembre 31, 2014

    Cocua feliz noche vieja y que el 2015 este lleno de nuevas aventura increibles….cuidado con las pepitas de las uvas

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  7. Alvaro González de Aledo  enero 9, 2015

    Hola Cocúa. ¡Que ganas teníamos en Santander de saber de tu paradero!. Ultimamente no te prodigas en narraciones pero cuando te decides da gusto leerte. Seguimos con mucha envidia tu viaje, aunque ya se nota que la soledad va haciendo mella… Aprovecha esos sitios maravillosos porque cuando estés en España creo que los echarás de menos. Siempre se idealiza lo que te falta. ¡Animo, salud y … millas!

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