DE PUERTO DESEADO A USHUAIA

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Delfines patagonicos

 

 

 

 

 

 

 

Delfines patagónicos

Alberto a los mandos del Archibald

Alberto a los mandos del Archibald

Celebramos el Paso del Le Maire

Celebramos el Paso del Le Maire

El Beagle en calma

El Beagle en calma

La navegacion

La navegación

Williwaw en el Beagle

Williwaw en el Beagle

Beagle en todo su esplendor

Beagle en todo su esplendor

El Beagle en verano

El Beagle en verano

Ushuaia

Ushuaia

Y vino Fletcher poniendo algo de luz a la aventura

… y vino Fletcher poniendo algo de luz a la aventura

Archibald en el club nautico

Archibald en el club náutico

Excursion con Nandu por Tierra de Fuego

Excursión con Nandu por Tierra de Fuego

Dejamos, pues, Puerto Deseado y también a nuestro amigo Eduardo, ahora éramos sólo tres para enfrentarnos a la parte más complicada de esta parte del viaje.

La meteo que nos enviaban nuestros informantes no era demasiado agresiva, al menos en lo referido a la previsión de los dos siguientes días, ya que a partir de ahora los caprichosos frentes provenientes del Pacífico hacían de las suyas cambiando de dirección, acelerando su ruta, o estacionándose en algún lugar que les gustase sin previo aviso ni lógica meteorológica alguna. Aquí empezó a tomar importancia el barómetro digital: cuando las rayitas bajaban como una piedra ya sabías lo que se te venía encima y duraba… hasta que dichas rayitas subían como la espuma Por suerte no más de unas horas.

El viento, normalmente procedente del oeste, no era fuerte en esta primera parte de nuestra nueva singladura. Navegando cerca de costa venían a visitarnos los lobos marinos, tan comunes en la zona, también nos topábamos con grupos numerosos de pingüinos patagónicos, que al vernos se escabullían entre las olas. Arriba del mar no paraban de seguirnos una multitud de aves marinas, entre ellas algún gran albatros, que más adelante serían habituales a bordo.

A veces nos visitaban unos extraños delfines de lomo blanco, pequeños y muy juguetones, que acompañaban la proa del Archibald durante varias horas. En ocasiones hacía aparición alguna gran ballena, que exenta de todo lo que pasaba a su alrededor mantenía su curso imperturbable. Pero el frio ya se dejaba sentir y tras hacerles algunas fotos rápidamente nos refugiábamos en la calidez interna del Archibald, que cada vez más se impregnaba del perfume característico a humanidad.

Algo más de cuatrocientas millas separaba Puerto Deseado del mítico Estrecho de Le Maire, final del cono suramericano y hacia donde nos dirigíamos.

Pero antes teníamos por proa un par de lugares bastante interesantes: la entrada del Estrecho de Magallanes y toda la costa de la isla de Tierra de Fuego, generadores de fuertes vientos, tanto del oeste como del suroeste, en cualquier caso algo que debíamos esperar en cualquier momento.

Y llegó el viento, al principio de popa, empujando al Archibald que tragaba millas al igual que una locomotora. Poco a poco fue rolando hasta ponerse del SW, casi en contra, subiendo de intensidad y superando los cincuenta nudos. No había nada que hacer; era una locura intentar luchar contra aquel vendaval y enormes olas. Arriamos las velas y nos dejamos llevar a palo seco. El barco mantenía un rumbo cómodo empujado por el mar; sólo cabía esperar, las previsiones meteorológicas no daban durabilidad a aquella situación un tanto caótica y así fue. A las pocas horas ya estábamos navegando de nuevo con un viento de través de una intensidad entre treinta y treinta y cinco nudos, el oeste típico de Tierra de Fuego, que no nos abandonaría hasta nuestra llegada a Le Maire. El Archibald navegaba a siete nudos sólo con su pequeño Génova radial, muy estable, rompiendo las olas que se encontraba a su paso, gobernado por el potente piloto hidráulico. La tripulación poco aparecía por cubierta, pues el frío, cada vez más intenso, se dejaba sentir cada vez más, sólo los grandes albatros y petreles gigantes observaban al velero, rodeándolo y casi rozando su jarcia con sus largas alas, curiosos al ver un solitario velero en aquellos confines del mundo. Lo mismo pensábamos nosotros de ellos: “¿Qué harán aquí? Con lo bien que se está en el Caribe…”

Tras un par de jornadas de tensa navegación y vientos siempre fuertes, conforme nos acercábamos a cabo Vírgenes, tanto la ola como el viento fue calmando poco a poco hasta desaparecer. Comenzamos a ver tierra, la última del Cono Sur, envueltos en una calma total, avanzando despacio a motor, haciendo coincidir el horario favorable de mareas con nuestra llegada al temido Estrecho de Le Maire, como ya nos habían advertido los conocedores de la zona: “Le Maire hay que pasarlo con corriente y viento en el mismo sentido, si ambos están en contraposición se formarán una olas enormes que harán peligrar tanto a la embarcación como a la tripulación…”

El día estaba encapotado, lo normal en Tierra de Fuego y conforme nos acercábamos a Le Maire una brisa del SW comenzaba a dejarse sentir; viento en contra.

Teníamos mucha información, tal vez demasiada, sobre el paso de dicho canal; unos decían que era mejor cruzar a Isla de los Estados, la otra parte del estrecho, y esperar allí las buenas condiciones; otros, cruzar por el centro aunque la corriente y el viento estuvieran en contra. También nos aconsejaron esperar en una pequeña caleta cerca de donde nos encontrábamos, pero decidimos seguir, navegando muy cerca de la costa a menos de doscientos metros de los rompientes, donde no existía corriente y el viento era más suave. Y así pasamos, con los ojos clavados en la sonda, con profundidades escasas, muy cerca de la línea de cachiyuyos, las algas típicas de la zona que indican la proximidad de las rocas, viendo en el centro del canal las famosas y terribles olas pero navegando por un estrecho camino de mar planchado. Así, fuimos contorneando la costa, con un viento en contra cada vez más fuerte, navegando a vela cuando se prestaba y a motor cuando no había más remedio. Cuatro horas después descorchábamos una botella de champán para celebrar el fin del estrecho, poniendo rumbo directo al Canal del Beagle.

El viento calmó de nuevo, mostrándose el Beagle en todo su esplendor: Bosques patagónicos que ofrecían un verde manto a nuestro entorno, cumbres puntiagudas cubiertas de nieve. Vimos lobos marinos dormitando en las playas, pingüinos patagónicos paseando a su alrededor… y la soledad característica de aquella parte del mundo; era nuestro regalo de bienvenida.

La noche discurrió en calma, pero el Beagle tenía aún mucho que mostrar.

El sol no terminaba de ocultarse cuando volvía a iniciar su aparición y cuando de nuevo, a las tres de la mañana comenzaba el amanecer nos llegó el primer Williwaw, un viento terrible que llega de la nada, proveniente del las montañas, arrasando todo a su paso, por suerte su duración es breve y sólo causa alguna molestia si se prevé con antelación: el mar se muestra blanco por la acción del fuerte viento, en ese momento hay que arriar las velas, dejar pasar el vendaval y continuar luego como nada hubiera pasado.

Continuamos  navegando el Beagle en total calma, rodeados tanto en su parte chilena como en la argentina por altas montañas nevadas, un espectáculo de belleza sin igual, dejando pasar las caletas, refugios naturales para todo tipo de embarcaciones y ganando millas, aprovechando el buen tiempo, para llegar a nuestro destino: la ciudad de Ushuaia, la más austral del planeta.

La calma duró hasta casi la mitad de nuestro recorrido y de pronto hizo su aparición un fuerte viento del oeste, como no, contrario a nuestra ruta.

Pasamos el pequeño pueblo chileno de Puerto Williams, y el viento fue arreciando hasta superar los treinta y cinco nudos. Dando bordadas fuimos ganando camino navegando en un mar espumante de ola corta, una vez hacia Argentina y la siguiente hacia Chile, viendo ya cercano nuestro destino y dudando si conseguiríamos llegar. Pero de repente, tal como había llegado, el viento del oeste dejó de existir, teniendo que hacer las últimas millas a motor.

Ya cerca de la ciudad, con cobertura telefónica, recibimos un mensaje de Fletcher y Nandu, que se encontraban en Ushuaia; ya nos habían visto y nos indicaban que había lugar para el Archibald en las instalaciones del club náutico, era el 24 de diciembre.

Ushuaia, una pequeña ciudad turística tipo Andorra, nos encantó. Durante nuestra estancia visitamos todas las cafeterías, restaurantes, supermercados, comercios, museos… Fran se hartó de manosear su I-pad, su I-phone… tanto que le valió el sobrenombre de “Paquito Guasap”

Nandu, que en un principio formó parte integrante de la tripulación y que por motivos laborales cedió su puesto, tuvo el detalle de dedicar sus vacaciones a venir hasta “el fin del mundo” para despedirnos  y desearnos un buen viaje. Con él compartimos suculentas comidas, excursiones por el interior de Tierra del Fuego y unas inmejorables navidades.

También quiero agradecer la amabilidad con que nos trataron Teodoro y María, del hostal MAYI, amigos de sus amigos, que nos agasajaron con sus sabrosas empanadas de centollo que, más todavía Fletcher, nunca olvidará, ni tampoco olvidaremos las inestimables duchas con agua caliente en su hostal, sobre todo la gente que nos rodeó los primeros días a nuestro arribo.

Y cómo no reseñar nuestro encuentro con la colonia náutica española, Antonio y Sonia, del Pic de Lune, una pareja que seis años atrás dejaron Alicante y ya llevaban cuatro viviendo y trabajando en Ushuaia. Quedamos muy agradecidos por su ayuda, buenos consejos y colaboración, a pesar de encontrarse en plena temporada de chárter. Un viaje como el nuestro no sería posible sin contar con gente como la que encontramos aquí.

El 3 de enero soltamos las amarras del club náutico y ya con la tripulación al completo Fran, Alberto, Fletcher y yo pusimos de nuevo la proa del Archibald en dirección sur en busca de nuevas aventuras.

Un abrazo para todos los que seguís nuestro viaje. Esperamos que disfrutéis de ello tanto como nosotros.

La tripulación del Archibald.

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