DE MAR DEL PLATA A PUERTO DESEADO

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       Atentos a las explicaciones de Jorge sobre la antártida

     Ejercicio básico postural ante la eminente visita de las Autoridades

       Archibald anclado frente a la Asociación Vito Dumas en Necochea

        Nuestro tripulante Eduardo Miri

        Las nuevas gafas de Alberto

        Familia de guanacos en la Patagonia

        Fondeadero de Caleta Horno

        El Archibald navegando con viento a favor rumbo sur

La suerte estaba echada. A Mar del Plata llegó Eduardo, nuestro tripulante argentino que pasaría a ser parte integrante del Archibald hasta… algún lugar del sur.

La ciudad-balneario de Mar del Plata nos acogió como hijos predilectos, o mejor dicho, como vagabundos desarrapados necesitados de caridad, más cercano a la realidad.

En las instalaciones del Club Náutico de Mar del Plata se nos brindó la ayuda necesaria durante el poco tiempo que disponíamos. Allí solventamos los pequeños problemas que habían surgido a bordo después de casi seis meses sin navegar y sobre todo nos entrevistarnos con Jorge, el capitán del buque de pasaje Ushuaia, que durante más de quince años había estado realizando la ruta hacia Antártida, repitiéndola varias veces por temporada; con toda seguridad una de las personas que mejor conoce este continente. Durante varias tardes le mantuvimos “secuestrado”, intentando obtener preciosa información, fundamental para nuestro proyecto y de la cual tomamos muy buena nota… y a la vez mucho respeto por aquellos lugares a donde intentábamos llegar, sobre todo en lo que a cuestión meteorológica se refiere.

Durante nuestra última noche en Mar del Plata invitamos a Jorge a cenar en compañía de la tripulación del catamarán Praty, de Carlos y Malena, españoles y compañeros en ruta hacia el sur, que junto con otro amigo argentino, Fabián, tenían intención de bordear el continente suramericano pasando por el mítico Cabo de Hornos.

Durante la cena sometimos a Jorge a un duro examen, sonsacándole sus secretos mejor guardados sobre la Antártida, impuesto vía telemática por Fletcher, el tripulante ausente. Nuestro informador obtuvo una nota de sobresaliente, según el profesor.

Dejamos Mar del Plata aprovechando una corta ventana de buen tiempo para llegar tras día y medio de navegación al puerto de Necochea, lugar que ya conocía e incluso tenía algún amigo. Nada más entrar en la ría el barco de la Prefectura Naval nos “invitó” a amarrar en su costado para poder realizar una inspección rutinaria. Cinco militares tomaron posesión del Archibald y mientras cuatro bebían café y discutían de futbol con mi tripulación el quinto se dedicó a revisar el interior del barco conmigo. Todo parecía estar de su agrado hasta que…

-El equipo pirotécnico bien, el equipo de comunicación bien, los extintores bien… ¿Me muestra el hacha? -Demandó el militar
-¿El hacha? -Inquirí- ¿Para qué voy a llevar un hacha en mi velero?
-En Argentina todo barco ha de llevar un hacha a bordo. También veo que la balsa salvavidas no tiene el despacho regularizado…
-¡Pero si el certificado está validado hasta dentro de dos años! -Repliqué.
-En Argentina las balsas salvavidas hay que revisarlas todos los años y ésta hace trece meses que se revisó.

No hubo manera de convencer al oficial que el Archibald se rige por las normativas de la bandera bajo la cual navega. El hacha no fue problema, era un artículo barato, pero en cuanto a la revisión de la balsa… Era sábado, por la tarde no se trabajaba, el domingo ya se sabe, el lunes recogerían la balsa y como muy pronto el martes a la tarde tendríamos el certificado de revisión. Entramos en Necochea para librarnos de un frente frio que iba a durar dos días pero perderíamos otros dos de buen tiempo.

Franco, el amigo que conocí durante mi viaje al sur se prestó a ayudarnos en todo lo que necesitáramos, lo que le agradecimos y acabada la inspección nos dirigimos rio arriba hasta llegar frente las instalaciones de la asociación Vito Dumas, donde anclamos y nos dispusimos a pasar aquellos obligatorios cuatro días lo mejor posible.

Tanto el lunes como el martes anduvimos todo el tiempo yendo y viniendo al taller donde debían hacer la revisión de la balsa. Algo nerviosos se debieron poner los operarios, pues dedicaron parte de la mañana del martes a trabajar sobre nuestro asunto, dejando de lado otros quehaceres y es que no hay nada mejor que ser pesado para conseguir lo que te propones. A mediodía ya teníamos el certificado en nuestro poder, aunque la balsa no estaba todavía lista. Dos fuimos a despachar la salida del barco y los otros llevarían la balsa a bordo… Antes del atardecer el Archibald cruzaba la bocana del puerto. Es de ley agradecer a Franco y Antonio, su padre, la buena disposición que tuvieron en cuanto al asunto de la balsa, acompañándonos a todos los lugares que necesitamos para agilizar la gestión y por supuesto a la asociación Vito Dumas por el asado al que nos invitaron el día anterior a nuestra partida, un lugar que a pesar de sus escasos recursos cuenta con gente de gran corazón.

De nuevo poníamos rumbo sur, caminando con buen viento, tragando millas bajo las previsiones meteorológicas de Miguel Urbieta, “el Vasco”, Alejandro, de la Rueda Argentina y, cómo no, Rafael del Castillo, que siempre ha acompañado a través de las ondas todos los viajes del Archibald. A las horas correspondientes los cuatro tripulantes nos reuníamos alrededor de la radio para oír las voces de estos amigos que además de hablar del tiempo nos pasaban inestimables informaciones sobre corrientes, mareas y comentarios relacionados con la ruta que seguíamos. Rafael aún iba más allá y nos leía los diarios nacionales de nuestro país. Sin duda estos momentos escuchando la radio eran los más entrañables de la jornada.

Nuestra ruta dependía totalmente de la meteorología, que a su vez siempre evolucionaba muy rápido. Cuando llegaban los oestes debíamos estar cerca de costa; si el componente era de norte intentábamos sacar el máximo partido al Archibald haciéndolo caminar a toda su velocidad, pero cuando la previsión era de sur… había que buscar refugio.

Tras cinco días de navegación llegó el pronóstico de viento contrario y bastante fuerte. Cerca teníamos el mejor lugar de toda esa costa, el mejor abrigo y el más recomendado: caleta Horno, por supuesto en mitad de La Nada.

El viento comenzó a arreciar justo al amanecer, unas cinco horas antes del arribo a nuestro destino inmediato. La costa estaba cercana y ya comenzamos a distinguir su monótona apariencia que la hace única: baja, monocromática, exenta de vegetación. Un friso que resalta sobre el horizonte y que una vez cerca alterna farallones y playas totalmente desiertas, sin ningún vestigio de civilización: La Patagonia.

Cada vez más el viento tomaba fuerza y navegando muy cerca de costa empezamos a sentir los escarceos, olas de corriente que al correr contra el viento aumentaban de tamaño llenando de espuma la cubierta del Archibald. Mirando el mar pareciera que el barco estaba parado pero tomando la costa como referencia avanzábamos a toda velocidad, tal era la corriente en la zona que nos hacía avanzar a más de ocho nudos.

Llegados al punto que habíamos tomado como referencia, descubrimos una hendidura entre los cercanos arrecifes, al aproximarnos reconocimos la angosta entrada, era nuestra singular Caleta Horno.

Formada por riscos verticales, en su interior reinaba la tranquilidad, ni las olas ni el viento eran allí bienvenidos y tras dejar caer el ancla en aquella plácida piscina y amarrar un cabo a una de las rocas que formaban sus paredes el velero quedó inmóvil. Tras despachar un tardío desayuno los cuatro tripulantes bajamos a tierra para explorar los alrededores y estirar las piernas después de los últimos días de navegación.

Al salir del barranco donde se ubicaba la caleta nos encontramos en medio del páramo típico de la Patagonia, de casi nula vegetación, batido por un fuerte viento y a la vista de un grupo de guanacos, verdaderos habitantes del lugar.

Tras una larga excursión regresamos al barco y después de haber repuesto fuerzas, tomado un refrescante baño… tal vez demasiado “refrescante”, decidimos subir el ancla y proseguir camino, ya que el viento, siempre muy cambiante, había resuelto bajar la guardia y plantarse en una ligera brisa, nada que ver con lo que soplaba tan sólo unas horas atrás.

Al poco de comenzar la navegación recibimos un mensaje que trastocaba nuestros planes de ruta: a Eduardo le había surgido un compromiso laboral importante y tenía que personarse con urgencia en Buenos Aires.

No había lugares civilizados cercanos a donde nos encontrábamos; Puerto Madryn estaba muy lejos y por popa, ir a Comodoro de Rivadavia era igual a meterse en la boca del lobo, sin infraestructura para veleros y además el viento justo venía de allí, con previsión de aumento; la única solución era intentar entrar en Puerto Deseado, a algo más de una jornada de donde nos encontrábamos, un lugar de acceso complicado pero la única opción que nos quedaba hasta Ushuaia, nuestro destino final.

Aquella noche fuimos recabando información sobre la arribada, leyendo los libros técnicos que llevábamos a bordo y también a través de las ondas, por medio de nuestros amigos los radioaficionados.

Los datos que íbamos obteniendo nos empezaba a desanimar. El puerto se encuentra metido en una ría sujeta a fuertes corrientes y mareas, tanto las cartas digitales CM93 como las de papel se encuentran desplazadas peligrosamente de la realidad, no existe lugar apropiado para amarrar yates… pero hubo un circunstancia que definitivamente nos convenció de hacer allí escala: la llegada de un frente frío con fuertes vientos en contra. En otra situación hubiéramos buscado resguardo en algún rincón protegido de la costa, pero tal y como venían los acontecimientos… había que intentarlo. Eduardo no pudo descansar durante toda la noche, a pesar de ser espectacular. Por cierto, que sería la última, si nos referimos a “espectacular” por viento suave.

A la mañana siguiente, ya cerca de Puerto Deseado, comenzó a soplar fuerte del sur y a duras penas conseguimos entrar en la ría, al menos la corriente era favorable.

Como ya nos habían advertido, la cartografía estaba desplazada y navegando por el centro del canal nos daba posiciones en costa. Los postes de marcaciones de entrada no eran visibles, pero teníamos suerte: Llevábamos un segundo plotter con la moderna cartografía Navionix, bastante más detallada y precisa. Gracias a ella conseguimos ajustar el rumbo y esquivando piedras y bancos llegamos a las inmediaciones de la zona portuaria.
No terminaron ahí los problemas. El viento fuerte del sur no ofrecía ningún lugar seguro en todo el puerto; amarrarse al costado de algún pesquero era una locura, las olas de casi un metro rompían contra ellos y el Archibald hubiera quedado destrozado en pocas horas, la parte libre del muelle se encontraba en las mismas condiciones y puestos en contacto por radio con la Prefectura Naval nos confirmaron nuestros temores, aconsejándonos fondear al otro lado de la ría y esperar a que el viento remitiera.

Así lo hicimos. Tras sospesar muy bien el lugar de anclaje, una solitaria playa cuyo fondo parecía de arena, dejamos caer el ancla en menos de un metro de profundidad, soltando los noventa metros de cadena que llevábamos y esperando que el ancla quedara sujeta al fondo. En aquellos momentos y debido a la orografía del lugar el viento se aceleraba, superando los cincuenta nudos.

Tras varias sacudidas fuertes el ancla agarró y allí quedamos durante la mayor parte del día, vigilando que el ancla aguantara, pues unos cachiyuyos cercanos nos indicaban la presencia de rocas a pocos metros de nuestra popa.

A media tarde el viento cesó, por lo que decidimos regresar a las instalaciones portuarias y encontrar un lugar donde Eduardo pudiera desembarcar. La Prefectura nos aconsejó acoderarnos al costado de un pequeño remolcador y así hicimos, pues el muelle, incluso con marea alta, quedaba a más de seis metros de la cubierta del Archibald y terminada la maniobra, subir a la cubierta superior del remolcador, saltar a un soporte del muelle y trepar por una escala de cuerda, pisábamos tierra firme.

Esa noche despachamos una buena cena y tras acostarnos en busca del sueño reparador… el patrón de la embarcación vecina nos despertó para informarnos que teníamos que abandonar el lugar, pues iban a salir a realizar una operación de atraque con un pesquero recién llegado.

Soltamos amarras y en plena oscuridad quedamos anclados por las inmediaciones sin saber si teníamos rocas cerca hasta que el remolcador regresó a su lugar y nosotros a la seguridad de su costado. Amanecía cuando concluimos la tarea.

Al día siguiente y tras el consiguiente papeleo y la marcha de Eduardo, Miguel, el patrón de nuestro remolcador, nos comentaba:

“En Puerto Deseado no hay infraestructura para yates como los vuestros. Habéis tenido suerte porque ahora casi no hay maniobras para hacer, unas cuatro o cinco diarias, y podéis quedaros un tiempo amarrados a mi costado, pero dentro de un mes, cuando empiece la temporada del calamar y el langostino no paramos de entrar o salir. Ya veis que el muelle está demasiado alto para vosotros y es peligroso. Un poco más allá existían unas boyas para estos casos, pero han desaparecido, además, no eran seguras, varias embarcaciones tuvieron problemas amarradas a ellas.

Ya habéis comprobado que el puerto está desplazado en las cartas de navegación con respecto a lo que indica el GPS y los postes de enfilaciones de entrada casi no se distinguen. Las infraestructuras portuarias están dirigidas a la flota pesquera y vuestras necesidades son distintas. Poco podréis encontrar aquí, pero en lo que pueda ayudaros… contad con ello”

La solidaridad de Miguel fue más allá. Nos llenó nuestros depósitos con agua potable y hasta tomamos una buena ducha en los baños del remolcador y aún tuvimos tiempo de salir para comer un suculento bife antes de que el pequeño remolcador tuviera otro servicio.

“Espero que el almuerzo os haya sentado bien -nos decía Miguel-, no hay puerto seguro desde aquí hasta Ushuaia. Esperad quince minutos para salir, porque un pesquero va a hacerse a la mar. Seguid de cerca su estela y no tendréis problemas.

Si alguna vez volvéis por aquí, llamadme por radio, canal 12, el nombre del remolcador es Yamana; si tenéis dificultades saldré a buscaros…”

Y dejamos Puerto Deseado por popa.

Cuanto más comprometidos son los lugares donde llegamos, más solidaria es la gente que encontramos allí.

Un abrazo a todos.

La tripulación del Archibald.

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Comentarios

  1. Elena  febrero 19, 2014

    Señores:
    Me quito el sombrero ante tal aventura, reconozco el espíritu y la pasión por los grandes momentos de la vida y los cortos espacios de tiempo que nos recompensa todo lo que se ha de pasar por buscar ver un sueño cumplido.
    Me encanta como redactan y nos transmiten todo lo que estan viviendo; anoche me quedé hasta muy tarde haciendo un recorrido por vuestra aventura, y les seguiré leyendo con mucha espectación y mucho respeto, todo un reconocimiento como grandes marinos.
    A todas estas: soy la chica que les preguntó ayer en el bar de Ushuaia, atraida por la voz y el aire marinero que les envuelve!
    Espero en algun puerto poder compartir una buena botella de vino con ustedes y escuchar sus relatos en persona.
    Buena proa!!!
    Elena Salas

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