DE BRASIL AL CARIBE

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Atol das Rocas

Atol das Rocas

Listo para la navegación en popa

Listo para la navegación en popa

Fondeado en Royale, Islas de La Salud

Fondeado en Royale, Islas de La Salud

Isla Royale

Isla Royale

Un infierno en el Paraíso

Un infierno en el Paraíso

Antiguas dependencias administrativas en Royale

Antiguas dependencias administrativas en Royale

Cementerio, sólo para los funcionarios…

Cementerio, sólo para los funcionarios…

Uno de los centros penitenciarios de San Joseph

Uno de los centros penitenciarios de San Joseph

Celdas unipersonales que carecían de techo…

Celdas unipersonales que carecían de techo…

Isla del Diablo; el peor de los destinos

Isla del Diablo; el peor de los destinos

En el Archibald estaba todo dispuesto para una larga travesía: tanques de agua y combustible llenos, bidones con reserva de ambos líquidos bien estibados, al igual que la “piscina”, un gran barril de plástico conteniendo setenta litros de agua procedente de las últimas lluvias, que serviría para quitarme la sal después de los baños diarios y a la vez para alimentar a mis “tripulantes” que me acompañaban desde hacía unos meses: tres cocos germinados que crecían vigorosos dentro de unos baldes llenos de tierra brasileña, con intención de llevarlos hasta el otro lado del Atlántico.

Sólo restaba cumplimentar la documentación de salida del país y gastar mis últimos Reales en algún supermercado cercano, sin olvidar añadir la cerveza de despedida.

Tres días demoró la meteorología en dejar de ser adversa y cuando el viento roló los grados suficientes para prometer una navegación cómoda, levanté mi ancla y… ¡Adiós Brasil! Dejé Maceió por popa poniendo de nuevo rumbo hacia el norte.

El viento, cerca de costa, era de buena dirección, ESE, pero algo escaso, sobre todo por la noche, por lo que me tenía que ayudar del motor para avanzar a velocidad aceptable. Un poco más allá, más cerca del Ecuador, podría mejorar mi dirección de ruta y además entraría en la influencia de la franja meteorológica ITCZ, la zona de convergencia intertropical, que me ofrecería viento más franco y alguna refrescante lluvia, pero aun quedaban al menos cuatrocientas millas para llegar a su dominio.

Conforme me separaba de costa el viento se hacía más estable, prescindiendo ya de la ayuda mecánica. El buen tiempo de sol y suave brisa hacía muy cómoda la navegación a la vez que la pesca empezaba a ser abundante, haciendo acopio de atún y bonito, tanto para la comida diaria como conservándolos en sal o aceite con vistas a disponer de reservas para el futuro.

Mi ruta hacia el norte pasaba cerca de unos islotes arenosos y coralinos llamados Atol das Rocas. No hay nada allí salvo algún mustio matorral, dos o tres raquíticos  cocoteros y una casamata donde residen un grupo de biólogos, estudiosos y a la vez cuidadores de aquella apartada zona. Sus únicos moradores fijos son cientos de aves marinas que durante años han anidado en sus efímeras playas. Hace casi veinte años visité el lugar respaldado por un amigo encargado de renovar en los islotes tanto la estancia de biólogos como su medio de subsistencia. El lugar me impresionó, volviendo a encontrarme con aquel entorno natural similar en los perdidos atolones de la Polinesia, en el ahora lejano océano Pacífico.

Ya que lo tenía tan a mano, valía la pena intentar de nuevo una breve visita, a pesar de que está terminantemente prohibido por el gobierno brasileño incluso acercarse a estas islas.

Tras cuatro días de navegación tenía Atol das Rocas a la vista. Discretamente fui tomando posición justo en una parte del arrecife que ofrecía cierta protección, mientras que a la vez distinguía un grupo de personas que desde la playa observaba mi acercamiento. Antes de echar el ancla conecté la radio y llamando a la isla me identifiqué, argumentando que estaba cansado de tan dura navegación y necesitaba reponer fuerzas durante unas horas.

-No hay problema, puede descansar –me respondieron desde tierra-.  Pero le advertimos que no puede desembarcar, tampoco pescar; ni siquiera bucear alrededor de su embarcación.

-No pienso pescar… -argumenté- Pero ¿No sería posible bajar, aunque sea por poco tiempo? Llevo muchos días sin dar tres pasos seguidos…

Tras insistir, nombrar a mi antiguo amigo, decir que mi viaje estaba relacionado en cierto modo con el Medio Ambiente… Al cabo de un par de horas, cuando ya había desistido de volver pisar aquel lugar y preparaba de nuevo el barco para la navegación, se acercó al costado del Archibald un bote procedente del islote para transportarme hasta la playa.

-¡Nada de cámaras! –Advirtieron mis anfitriones-, así no habrá constancia de tu visita.

En cualquier caso el paseo se ciñó a visitar la casa de los biólogos y tomar café, estancia mucho más corta que la anterior ocasión, pero al menos pude conversar con alguien en directo, sin un equipo de radio por medio.

Una vez devuelto al Archibald, dispuse todo para el nuevo rumbo, esta vez con viento de popa y ya con el ancla arriba abrí mis Alas de Paloma dejando que el viento empujara del barco, desapareciendo de mi vista aquellas rasas islas en muy poco tiempo.

Cerca de dos mil millas me separaban del Caribe, pero mi intención no era navegar de continuo hasta la arribada. Tenía previsto una breve escala intermedia en las Guayana Francesa, más exactamente en las islas de La Salud o Islas del Diablo; en cualquier caso a mil trescientas millas de donde me encontraba.

Cuatro días después, tras una navegación inmejorable, cruzaba la línea del Ecuador. El viento seguía totalmente favorable y la corriente empujaba del Archibald a razón de dos nudos; la pesca seguía aumentando mis reservas, ahora las capturas eran grandes dorados y wahoos, añadiendo a esto unas condiciones meteorológicas inmejorables. Aquella noche preparé en cubierta una suculenta cena regada con champaña para celebrar el cambio de hemisferio. Después de dos años, dejaba el Sur para continuar navegando hacia el Norte; por primera vez tuve la sensación de estar regresando y que este viaje en algún momento iba a tener su final.

La franja ITCZ citada antes es una zona móvil a lo largo del océano que se extiende de este al oeste. En ella los vientos cambian un poco de dirección, aunque siempre favorables si se navega de sur a norte paralelo a la costa suramericana. La intensidad varía de vez en cuando y los chubascos de lluvias torrenciales se suceden constantemente; lo que hace permanecer la mayor parte del tiempo en el interior del barco, con todo cerrado, soportando la humedad y el calor tropical. Evidentemente la lluvia refresca y en una delicia permanecer un rato empapándose de buena agua dulce, pero uno no es un sapo y llega el momento en que se pregunta: “¿Es que nunca va a salir el sol?” Pues no. Durante días, con un viento constante por la aleta de veinte nudos y lluvia intermitente fue acompañando al velero, que progresaba rápidamente hacia su destino. En el interior del barco, bajo un pequeño ventilador, me encontraba yo, enfrascado en alguna interesante lectura que me evadiera de la humedad reinante, dejando pasar el tiempo y las millas, días y días.

La navegación era sencilla, puesto que mi ruta discurría fuera de todo trayecto comercial; ningún tipo de embarcación se cruzaba en mi camino. Las noches las dormía de un tirón, ni siquiera llevaba luces de posición para no consumir un exceso de energía, tan sólo mantenía constantemente en funcionamiento un pequeño aparato de bajo consumo: un detector de ondas de radar. “Si algo navega por aquí –me decía-, por lo menos radar llevará…”  Pero nunca saltó la alarma, incluso llegué a pensar que dicho aparato estaba roto.

Diez días después de placentera pero demasiado húmeda navegación distinguía tierra por proa: La Guayana Francesa.

Primeramente me dirigí hacia la pequeña población de Kourou con intención de abastecerme de verdura y fruta fresca con vistas a lo que aún tenía por delante, antes de visitar las islas de La Salud. Ya conocía Kourou y sabía que iba a encontrar poco pero sí lo necesario.

La pequeña y moderna villa surgió porque al parecer éste es un lugar idóneo para lanzamientos de cohetes espaciales. Cuando llega el momento dicho centro se llena literalmente de autoridades militares y todo tipo de curiosos, pero ahora no había ningún proyecto de lanzamiento y la ciudad se encontraba bastante despoblada… pero es Francia y en Francia hay de todo, eso sí, a precios europeos. Tras pasearme durante dos días por grandes supermercados, comprar un poco de paté y una porción de delicioso queso, pagando una fortuna por ello, localicé el mercado popular donde negritos e indios van a hacer sus compras diarias a precios más razonables.

Nada más me retenía en aquella villa medio fantasma, así que crucé las escasas diez millas que me separaban de las singulares Islas del Diablo.

También llamadas islas de La Salud, para que no sea tan impactante su nombre, es así como se denomina a un grupo de tres pequeñas islas: Royale, San Joseph y Diablo, que en otro tiempo albergaron uno de los presidios más extremos de todo el mundo occidental. Por aquí, rodeados de un entorno casi idílico y tropical, pasaron los convictos más peligrosos de Francia. Este penal estuvo activo por más de cien años y albergó a celebridades del hampa marsellesa, asesinos en serie incluso militares acusados de alta traición. Cientos de ellos acabaron aquí su vida en celdas de tamaño más que reducido, presas de un ambiente insalubre, enfermedades tropicales, mal alimentados y como colofón, la amenaza de contraer la lepra. Hace más de setenta años que el último convicto fue trasladado de este lugar.

El archipiélago, hoy transformado en museo, al menos una parte de él, recuerda los sufrimientos de los reos y muestra las rigurosas instalaciones.

Durante cuatro días visité las islas, metiéndome por todos los recovecos que la naturaleza tropical me permitía, empapándome de historias y leyendas de la época, hasta que la angustia y la tensión generada en aquel lugar durante años empezó a dejarse sentir.

Y tras hacerme con un buen cargamento de cocos verdes y maduros como complemento refrescante a mi dieta, de nuevo subí el ancla, icé velas, poniendo proa hacia la libertad del mar.

Tenía por proa casi setecientas millas hasta las primeras islas del Caribe. Dejé que el barco navegara a su mejor rumbo, con veinticinco nudos de viento por la aleta de estribor, con un rizo en la mayor y génova poco enrollado; el barco muy equilibrado por lo que el piloto de viento poco trabajo debía hacer. Los chubascos se sucedían cada vez más esporádicamente, por lo que todo señalaba a que por fin estaba saliendo de la inestable franja ITCZ,  disfrutando al máximo de la ruta hacia el norte, conocida como la Alfombra Mágica: viento empujando y corriente de dos nudos a favor, despachando una velocidad constante de más de ocho nudos, cosa inusual en el “tanque” Archibald.

El tiempo mejoraba cada vez más; temperatura perfecta, ola poco incómoda y buena pesca, lo que hacía que la cocina del barco no dejara de trabajar, tanto para consumir como para conservar, reservando los dorados para curtirlos con sal. Si a los dos días de navegación hubiera colgado en la popa un cartel que se pudiera leer “Salazones Archibald” no hubiera desdicho en absoluto de su entorno.

A una jornada y media de mi arribada a la isla de Tobago empezaron a aparecer sobre la superficie del mar cada vez más Sargazos; algas flotantes típicas del Caribe que impiden la pesca porque se enganchan rápidamente a los anzuelos, ahuyentando a las posibles capturas. Esa noche, a través de la radio, Julio del Cibeles, desde el Caribe, me informaba: “Este año hay más Sargazos que de costumbre –decía- y según comentan llega hasta casi la mitad del Atlántico, Así que ya te puedes ir olvidando de pescar. Sólo a sotavento de las islas puedes tener suerte. Nosotros ayer sacamos una buena barracuda…”  “¡Cuidado con la Cigüatera…” le recomendaba.

Ya sin el aliciente de la pesca, sólo restaba llegar a mi destino y así ocurrió; tras cinco días de navegación, dejaba caer el ancla en una hermosa bahía de aguas trasparentes al sur de Tobago.

La estancia en la isla fue corta. Tras el descanso bajé a tierra pero al ser fin de semana los bancos estaban cerrados y en ningún comercio me querían cambiar mis Euros y Dólares, por lo que al día siguiente cubrí las escasas setenta millas que me separaban de Prickly Bay, en la isla de Granada, donde me esperaban Rafa y Bárbara, del Sígueme. Por fin iba a poder hablar español de corrido además de tomar unas buenas cervezas heladas que me tenían preparadas.

Empezaba la etapa caribeña, mucho más tranquila y relajante; pero a la vez debía revisar de nuevo el barco y prepararlo para el futuro cruce atlántico, que no tardaría en comenzar.

Un abrazo caribeño. Ya os relataré los próximos episodios entre islas.

Cocúa, velero Archibald.

El sur del Sur ya queda muy distante. He cambiado las inclemencias del tiempo duro, el frio y los fuertes vientos por el clima tropical, mucho más agradable de llevar. Pero si alguno de vosotros tiene ganas de sufrir y arriesgar el pellejo por aquellos lugares os recomiendo que lo hagáis en compañía a Johan y Silvia, del Alea, que en estos momentos navegan de Puerto Montt a la isla de Chiloé, descendiendo la costa chilena hacia el Beagle y Cabo de Hornos. Pasarán un par de años por aquella zona. Las emociones fuertes están aseguradas, lo mismo que conoceréis unos de los parajes más bellos de la Tierra y con la mejor tripulación. Podéis seguir su blog introduciendo en el buscador la palabra viajesaleatorios.

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Comentarios

  1. osvaldo  abril 10, 2015

    Excelente el relato.
    Tal vez, pueda algún día hacer el mismo viaje.
    Felicitaciones!! y muy buenos vientos!!

    responder

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