DE ANGRA A RÍO GRANDE

Publicado por:

Dejé la bahía de Angra dos Reis y sobre todo Ilha Grande con mucha saudade; de buena gana me hubiera quedado recorriendo esta zona una larga temporada, para mi gusto la mejor de toda la costa brasileña, pero había que seguir camino.

Navegar con prisas no es lo propio del navegante vagabundo, pero en esta ocasión no tenía más remedio; debía arribar a Buenos Aires antes de la llegada del invierno y en aquel momento tenía una previsión meteorológica inmejorable y había que aprovechar.

Poco a poco, con el viento el calma y navegando a motor fue quedando por popa aquél hermoso paraíso que conocía tan bien, conecté el piloto automático que había felizmente reparado, di rumbo para pasar alejado de unos islotes y me dispuse a prepararme la comida.

Al rato un tremendo golpetazo hizo que el Archibald se parara en seco, salí disparado a cubierta y vi con horror que estaba encima de las piedras que supuestamente deberían haber quedado lejos. Di marcha atrás y el barco respondió separándose de aquellas rocas. Ya con buena profundidad debajo del barco me eché al agua para comprobar si el casco había sufrido algún desperfecto y no vi ni un solo rasguño, al parecer todo el golpe se lo había llevado la parte de proa donde asienta el ancla, y comprobé que la zona de de las poleas estaba seriamente dañada, con el acero retorcido y una parte arrancado; en cualquier caso su reparación no era complicada pero de momento me impedía fondear el ancla.

Ese mismo accidente hubiera mandado al fondo a cualquier velero convencional, o al menos haber creado una seria avería. Esa parte del Archibald, previendo estos golpes, la reforcé un año antes, soldando por el interior una gruesa pletina de hierro y triplicando la roda con chapa de acero inoxidable hasta alcanzar un centímetro y medio de espesor. Después de verificar que todo el daño se reducía a aquello, por lo que continué la navegación.

El viento pronosticado llegó en su momento, justo de popa y según la previsión para durar cinco días, tiempo más que suficiente para hacer al menos las cuatrocientas millas que me separaban de la isla de Florianópolis. Me iba a saltar lugares muy interesantes y que me traían buenos recuerdos, pero el buen viento era un regalo que había que aprovechar y dejando de lado mis ganas ir haciendo pequeñas escalas empecé a hacer rumbo hacia mar abierto.

Aquella noche me percaté de que había variaciones en el rumbo marcado al piloto automático, cosa que me hacía constantemente hacer rectificaciones, echando la culpa a las corrientes y olas, hasta que comprobé que el aparato cambiaba de rumbo aleatoriamente, un fallo intermitente que podía llegar a ser peligroso si no se controlaba, como había sucedido aquella mañana con el islote. No podía creer que un equipo prácticamente de estreno, tan sofisticado y sobre todo tan caro diera tantos problemas. Hasta casi mi llegada a Brasil todos estos aparatos electrónicos habían funcionado correctamente, desde entonces hasta ahora cuatro superpilotos, de marcas reconocidas habían dejado de funcionar; eso era demasiado. Volví a conectar mis otras alternativas intentando sin éxito resolver el enigma de este aparato.

El gobierno automático del barco es algo fundamental para el navegante solitario y cada vez que uno de estos sofisticados equipos dejaba de funcionar era un duro golpe para la moral, sabiendo que no iba a hallar técnicos que pudieran solventar el problema hasta mi llegada a Buenos Aires. Pero como ya he dicho tenía alternativas, el viento era bueno, el amanecer espectacular, y el Archibald tragaba buenas millas hacia su destino; tampoco se podía pedir mucho más.

Tres días después de dejar Angra llegaba al canal que separa la isla de Florianópolis del continente y tras franquear un puente con una altura de diecisiete metros (el Archibald, después de varias mediciones y comprobaciones di por supuesto que su altura máxima era de dieciséis metros con setenta centímetros) entraba a las instalaciones de club náutico.

La primera labor, urgente, era reparar la parte dañada de proa y dejarla de nuevo lista para poder usar el ancla. Con la radial corté el acero retorcido y con la ayuda de un amigo que conocí aquel día llamado Mancha conseguimos enderezar las piezas deformadas en el taller de un tornero conocido por él. Agradecí mucho el favor prestado por este brasileño de origen alemán cuyo nombre, casi impronunciable, se había simplificado hasta llegar al actual, como todos le conocían.

Con las piezas listas sólo quedaba soldarlas al casco y ajustarlas de nuevo, labor que no me llevó más de tres horas. El trabajo se concluyó impecablemente, quedando exactamente igual que antes del accidente; de nuevo podía usar el ancla sin problemas.

El club náutico estaba bien dotado de servicios, incluso meteorológico, un marinero vino a advertirme que se esperaba un Pampero para las próximas veinticuatro horas, y era conveniente que reforzara las amarras.

Estaba dentro de un puerto, por mucho viento que trajera el Pampero, y eso que los conozco, aquel lugar, teóricamente, era seguro; en cualquier caso seguí las indicaciones del profesional y amarré el Archibald con más seguridad.

A las diez de la noche llegó el esperado viento; rachas de cincuenta nudos y las olas pasaban por encima de la escollera y los pantalanes como si no existieran. Surgió de repente, encontrándome en la cafetería del club tomando una cerveza. Salí corriendo hacia donde se encontraba el barco llegando totalmente calado, subí como pude, pues el Archibald cabeceaba como un caballo loco, saqué todos los cabos gruesos de los rulos que llevo en cubierta y reservaba para la zona de Tierra de Fuego y Antártida y empecé a reforzar de nuevo todas las amarras, varias veces me tuve que echar al agua para alcanzar sólidos puntos de amarre y asegurar lo mejor posible mi barco.

Como era de esperar esa noche no pegué ojo. De las quince amarras que sujetaban al Archibald cuatro rompieron, pero al amanecer, en medio de una calma espectacular, el barco continuaba sujeto y sin ningún rasguño, cosa que no podían decir los propietarios de otros barcos también amarrados en las mismas instalaciones.

Así son los Pamperos, también llamados Frentes Fríos en Brasil. Recuerdo, hace años, cuando navegaba con Fletcher en el Ya Veremos,  uno de ellos nos sorprendió frente a las costas de Uruguay; a malas penas conseguimos llegar al puerto de Punta del Este, donde aguantamos sus embates amarrados a una boya durante tres días, sin poder bajar a tierra.

Empecé a hartarme de mi estancia en tierra, pero la meteorología continuaba adversa, aconsejándome esperar antes de proseguir viaje, pues la siguiente travesía era la más peligrosa de todo el viaje; debía recorrer otras casi cuatrocientas millas, sin puertos alternativos de protección, hasta al menos la ciudad de Río Grande, la última de la costa brasileña.

Estudiando la carta náutica descubrí una bahía muy protegida al sur de la isla, a tan sólo tres horas de navegación, donde el agua estaría limpia y podría esperar la ventana de tiempo favorable sin necesidad de gastar más dinero, pues aún sin querer, estando en puerto, la cartera se vacía a velocidad supersónica.

Al amanecer del siguiente día dejaba por popa la ciudad de Florianópolis para dirigirme a la solitaria ensenada de Pinheira, donde anclé a primeras horas de la tarde.

Durante dos días me centré en preparar el barco para la dura travesía que tenía por delante y a saturarme de información meteo que me daba Rafael del Castillo vía radio y la que yo podía conseguir a través de Internet, intentando vislumbrar la ansiada ventana que me sacara de aquel lugar, por otro lado muy bello y bien protegido.

Lamentablemente aquel lugar era un punto clásico de veraneo y ahora, en pleno otoño, todo se encontraba cerrado salvo una farmacia y un pequeño supermercado que daba servicio a las escasas familias de pescadores que allí moraban durante todo el año.

El tiempo pasaba, la meteorología seguía desaconsejando la partida, con vientos fuertes del suroeste y lluvia a veces intensa. Pasaba el día leyendo, haciendo bricolaje en el interior del barco y estudiando los partes meteo que recibía a través de la radio junto con la información diaria de Rafael y la de Fletcher, que por e-mail me mandaba todos los partes que podía conseguir.

Durante un leve paréntesis en todo aquel tiempo adverso volví a cambiar de puerto, ahora me encontraba en idéntica situación que la anterior pero había avanzado veinte millas hasta el puerto comercial de Imbituba, donde fondeé entre las barcas de pescadores dispuesto a armarme de paciencia y esperar el tiempo que hiciera falta. Al menos había cambiado de paisaje… a peor.

Imbituba es un lugar muy protegido del viento sur pero salvo las instalaciones comerciales, exclusivas para los grandes navíos y prohibido su acceso, no había absolutamente nada de infraestructura en la costa, salvo alguna caseta de pescadores, de los cuales me hice amigo. Ellos, al igual que yo, se encontraban sin poder salir a faenar por culpa del mal tiempo, “Hay que esperar tres o cuatro días –me decían-, el tiempo va a cambiar”

Tras ese intervalo de tiempo, el constante viento del suroeste comenzó a bajar de intensidad. Rafael del Castillo me aconsejó: “No tienes más remedio que salir ahora; hay una ventana de viento favorable de cinco días, más que suficiente para que llegues a Rio Grande –me decía a través de la radio-, luego viene un Pampero de los buenos y deberás estar bien amarrado para recibirlo con todos los honores, pero… justo en medio de ese intervalo vas a tener un día malo; lo siento, pero todo no va a ser Camino de Rosas. O sales ahora o te quedas donde estás como mínimo dos semanas.”

Por mi cuenta también tenía la misma información, así que subí el ancla y abandoné Imbituba, el último puerto seguro hasta Rio Grande, a tres días de camino.

La primera jornada fue fantástica, con viento suave de través que hacía navegar al Archibald a seis nudos. “Podía ser así hasta el final –Pensaba” Pero no; como estaba previsto, a media noche el viento fue cambiando de dirección y subiendo de intensidad, las olas aumentaron de tamaño y yo me dispuse a pasar una noche de perros. Pero no fue para tanto, y al atardecer del siguiente día la cosa empezó a calmar hasta quedarse el mar como un estanque. “Será el Cambio Climático –me decía-, pero esto ya parece el Mediterráneo”

Lo malo, al parecer, había pasado; había superado más de la mitad de la travesía y sólo me quedaba avanzar a ritmo de vela y motor hasta mi nuevo destino.

Al amanecer, después de tres días navegando, tenía frente a mí las escolleras de entrada a la gran laguna de Los Patos, donde entre otras ciudades se encontraba mi destino; Río Grande, arribando todavía con un margen de dieciocho horas de antelación a la llegada del temido Pampero.

Recorriendo el primer tramo del interior de la escollera distinguí sobre una de sus piedras una enorme foca, un Lobo de Mar, como lo llaman por esta zona. Evidentemente el trópico había quedado atrás.

Un abrazo para todos y hasta el próximo relato, que espero sea el último de esta etapa de la aventura.

Cocua, velero Archibald.

0
  Entradas relacionadas
  • No related posts found.