CRUCE ATLANTICO: CARIBE-AZORES

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La isla de San Marteen y todo el Caribe al completo iban quedando atrás. Jorge, mi tripulante, timoneaba intentando rebasar la punta sur de la cercana isla de Anguila. Nuestros amigos italianos del Serigna se encontraban cerca de nuestra popa, pero navegando algo más lentos que nosotros. Poco a poco la distancia entre los dos barcos se iba haciendo mayor hasta desaparecer de nuestro alcance visual, a partir de ese momento y durante toda la travesía sólo el contacto regular por radio nos seguiría uniendo.
Comenzaba el cruce Atlántico; el quinto de Jorge y el decimo segundo mío, los dos sabíamos que la travesía iba a ser larga y debíamos adaptarnos. Por delante teníamos dos mil doscientas millas en línea recta hasta nuestro próximo destino, las islas Azores, que no las cubriríamos en menos de veinte días.
La rutina habitual a bordo comenzó a dejarse sentir al poco de perder de vista la tierra, nuestro ritmo pareció ralentizarse y el suave dejar pasar el tiempo nos fue envolviendo hasta convertirse en el estado normal del navegante oceánico.
La pesca era imposible debido a la cantidad de sargazos que cubría la superficie del mar. Estas algas flotantes que acompañan a los veleros durante casi dos tercios de la travesía se enganchan constantemente en los señuelos de pesca, timones de viento, hidrogeneradores… haciendo dificultoso su funcionamiento y sobre todo impidiendo la pesca.
Desde el principio la meteorología fue suave, permitiéndonos ganar norte en busca de la parte baja de alguna borrasca suave formada en Estados Unidos que nos empujara hacia nuestro destino. El Archibald iba progresando lentamente, a veces ayudado por el motor para no desesperarnos a causa de la escasa velocidad. No en vano habíamos cargado combustible de sobra como para no sufrir en las calmas y escasos vientos que sin duda íbamos a encontrar.
A partir del segundo día comenzamos a preparar platos a base de pescado desalado, cosecha propia que ya traía desde mis últimas capturas frente a las Guayanas y carne seca brasileña, envasada al vacío, que no necesita ningún tipo de conservación.
La lectura, largas conversaciones, la conmemoración del Ángelus a las doce del mediodía a base de cerveza fresca y algunas exquisiteces francesas como queso y paté y los regulares contactos por radio a las horas establecidas formaban parte de la habitual rutina de a bordo, alterada a veces por el avistamiento de alguna ballena, grandes navíos o algún cambio significativo de viento, nunca fuerte, sino todo lo contrario.
A parte de las acostumbradas conexiones por radio con Roberto, del Serigna, todos los días a las diez de la noche contactábamos con nuestro buen amigo Miguel Urbieta, que desde Bahía Blanca, en Argentina, pasaba el pronóstico meteorológico a todos los amigos navegantes y a la vez las noticias generales del mundo, tanto políticas como deportivas, económicas y por supuesto náuticas, haciendo de enlace entre unas y otras tripulaciones: Los Alea seguían por Chile, al igual que los Prati y Pic de Lune. Cibeles y Erwin, del Nómade, por el Caribe; Tonichi del Nicole estaba llegando a los Roques; Gandul, de Gustavo y Begoña, que habían salido una semana antes, ya estaban a medio camino de Azores… quedándonos un rato comunicando entre nosotros hasta una hora después, que comenzaba la Rueda Argentina de Alejandro desde Buenos Aires.
Alejandro se implicaba en la navegación de los barcos con los que conectaba; era como si fuera un tripulante más. Sus previsiones siempre habían sido muy exactas, cosa que ya había comprobado durante las singladuras del Archibald por el Sur, pero sus inestimables consejos sobre las opciones de la ruta a seguir eran insuperables dado sus conocimientos tanto meteorológicos como de navegación.
Nosotros, por nuestra parte, obteníamos por Internet mapas de tiempo de zonas determinadas para corto y medio plazo, y junto con la información de Alejandro íbamos confeccionando una ruta óptima, que aun pareciendo absurdo nunca fue en rumbo directo hacia nuestro destino, incluso a veces parecía que navegábamos en sentido contrario, pero hoy en día esta inestimable información a nuestro alcance prevalece sobre las rutas clásicas directas que siempre se han seguido. Así íbamos evitando, siempre que fuera posible, vientos contrarios, borrascas intensas y mal tiempo en general.
Los días iban pasando y la vida a bordo del Archibald cada vez se distendía más. “¿Queréis daros un chapuzón?” Nos preguntaba Alejandro. “Os llega el centro de un anticiclón imposible de evitar, vais a tener tres días de calma total mientras que los que están más cerca de Azores les va a llegar un buen temporal; yo de vosotros me quedaría unos días dentro del buen tiempo hasta que pase la borrasca que tenéis por delante”.
Efectivamente los siguientes días fueron Perfectos Domingos de Playa, mientras que cuatrocientas millas por delante de nosotros una borrasca profunda se centraba en Azores haciendo pasar un mál trago a los que navegaban por la zona. Gustavo, del catamarán Gandul nos comentaba: “El viento es fuerte, voy intentando frenar el barco como puedo; a ver si esto pasa pronto.”
Durante esos días recibimos un correo de nuestro buen amigo, médico y navegante, Nandu Muñoz, que iba ejerciendo su profesión en el buque hospital español Esperanza del Mar y por suerte navegaba cercano a nuestra ruta. “A ver si coincidimos por las proximidades de Azores -Nos decía- y os paso algo de jamoncito y un par de botellas de buen vino, para que empecéis a saborear vuestra próxima llegada a España…” En aquel momento nadie se imaginaba lo que iba a ocurrir días después.
Mientras nosotros disfrutábamos de soleados días, el Gandul y otros barcos de la zona cercana a las Azores luchaban contra un viento que cada vez aumentaba su intensidad. “Estoy intentando salir de aquí haciendo rumbo hacia el suroeste, pero el viento cada vez es más fuerte, ya supera los cincuenta nudos” nos decía nuestro amigo, ya bastante apurado. El cinco de mayo nos comunicó que el viento había llegado a fuerte temporal; navegaba hacia donde podía, sin velas, a una velocidad increíble…
Durante tres días no supimos nada más de él, ya no hubo más contacto por radio. Todos sus amigos estábamos muy preocupados pues la baja presión se había profundizado muchísimo, nada habitual en la zona, sobre todo tan metida ya la primavera, llegando el viento a superar en algunas partes los cien nudos.
La primera noticia al respecto nos la comunicó Miguel Urbieta el radioaficionado de Bahía Blanca, amigo de la familia: “Gustavo y su mujer están bien, ahora navegan a bordo del carguero que los rescató; el Gandul ha naufragado…” Pero no eran esas todas las malas noticias; cinco barcos se habían perdido durante aquella tempestad, pero todas las tripulaciones fueron rescatadas gracias a buques que habían atendido sus llamadas de socorro y la pericia de los equipos de salvamento portugueses que con sus helicópteros hicieron un trabajo increíble, salvo…
Un catamarán francés con un matrimonio y sus dos hijos a bordo se vio involucrado en aquel mal tiempo, pidiendo ser rescatados tras varias roturas importantes. Un mercante acudió al salvamento y efectuando la complicada maniobra el padre y la hija de nueve años perdieron la oportunidad de llegar al navío, quedando flotando en mitad del océano. Un avión de reconocimiento localizó a los náufragos pasando su posición exacta al buque español Esperanza del Mar, que había acudido a la zona para ayudar en dichas maniobras. Con mejores medios el Esperanza del Mar consiguió efectuar el rescate durante las primeras luces del día, llegando ambos náufragos con vida a la cubierta del barco-hospital, pero la niña de nueve años, con una fuerte hipotermia tras haber pasado toda la noche en el agua murió a las pocas horas después de que Nandu y Esther, los médicos del Esperanza del Mar, hicieran todo lo posible por salvarle la vida.
Unos días más tarde recibí un correo de Gustavo, en él me decía: “Durante un tiempo pensé que podía dominar el barco a pesar de las extremas condiciones en que navegábamos, pero una ola enorme nos destrozó los timones. Ya sin gobierno y peligrando seriamente nuestras vidas pedimos socorro y fuimos rescatados. Creí realmente que las opciones de mantenernos a bordo iban en contra de nuestra propia seguridad”
Gustavo y Begoña perdieron todo cuanto tenían, pero siguen vivos y como ahora dicen, con muchas millas aún por navegar.
Nuestra travesía seguía sin grandes novedades, bastante abatidos por el desastre que se había producido cerca de donde nos encontrábamos. Alejandro nos fue guiando hasta que de nuevo tuvimos viento y poco a poco acortamos las millas que nos separaban de las Azores.
Esta travesía nunca es fácil. En el último tercio el tiempo empezó a cambiar, el agua del océano bajó bruscamente de temperatura, la pesca comenzó a dar sus frutos con grandes atunes de carne blanca que hicieron variar nuestra dieta, pero también se produjeron roturas. La vela mayor se rompió; por suerte llevábamos una nueva. También se rompió la driza de uno de los génovas enrollables, por lo que continuamos con el segundo génova, ya cerca de las islas. Pero lo peor ocurrió a cinco millas de Horta; el motor se paró debido a la suciedad del gasoil que se había ido acumulando desde mi salida de Buenos Aires; combustibles de bastante pésima calidad. Para estas emergencias, como no me fio ni un pelo, llevo un sistema de alimentación alternativo con veinticinco litros de buen combustible y filtros nuevos, que me aseguran al menos diez horas de motor a velocidad moderada, con lo que arribamos al puerto de Faial en la isla de Horta sin problemas; por supuesto y como ya es costumbre, de noche.
La lista de trabajos era larga, empezando por la limpieza interior de los tanques de combustible, pero dejaríamos pasar al menos un día antes de comenzar. Lo primero era pasar por la ducha y luego despachar una buena carne en el bar de Peter, el Café Sport, parada obligatoria donde siempre son bienvenidas las tripulaciones que arriban del otro lado del Atlántico, tanto del este como del oeste. Peter ya no se encuentra entre nosotros, pero su hijo, al que ya conocía, ha heredado la simpatía y la cordialidad de su padre. En su bar cualquier navegante se encuentra como en su casa.
Habíamos navegado dos mil cuatrocientas veinte millas en veintiún días, doscientas cuarenta y tres millas más de lo que hubiera sido el rumbo directo, pero las habíamos cubierto sin demasiados problemas y ahora nos merecíamos un descanso. El Atlántico no estaba vencido ni mucho menos, todavía nos quedaban más de mil millas hasta Gibraltar, pero estábamos en Europa y esto había que celebrarlo.
Azores es un lugar muy agradable, muy verde y relajante para la vista, con gente cordial dispuesta a ayudar, siempre con la sonrisa en la boca. Ya os relataré nuestra estancia aquí y la segunda parte de esta travesía oceánica, pero de momento voy a pedir otro de sus famosos Gin-Tonic a Peter, que por algún motivo desconocido me saben a gloria.
Un abrazo y hasta… Cádiz.

Meditando a la sombra de proa.

Meditando a la sombra de proa.

Por fin llegó el viento…

Por fin llegó el viento…

El doctor procede a la disección del cadáver.

El doctor procede a la disección del cadáver.

Calma total en mitad del océano.

Calma total en mitad del océano.

Contacto con casa a miles de kilómetros; todo anda bien.

Contacto con casa a miles de kilómetros; todo anda bien.

Tras veintiún días de navegación, llegamos a Azores.

Tras veintiún días de navegación, llegamos a Azores.

Teníamos correspondencia.

Teníamos correspondencia.

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Comentarios

  1. Juan del ALISIUS  junio 1, 2015

    Una vez más ,me ha emocionado tu relato de la travesía y en esta particularmente me alegro de tu buena estrella ,que te ha librado de un mal trago.Me gustaría que cuando atraques en Cádiz me lo hagas saber por correo electrónico para poder estrecharte la mano. Un cordial saludo.

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  2. Daniel Tribaldos  junio 3, 2015

    Vaya tristeza lo de la niña, vimos la noticia en varios medios, pero no sabiamos la cronica completa y que estuvo tan cerca de salvarse, una gran pena para todos, DEP.

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  3. Lalo Mazzullo  junio 16, 2015

    -Nos congratulamos que tu arribo a Azores haya sido todo un éxito. Disfruta ese “Gin Tonic” de la vida y buenos vientos en la última etapa de esta linda etapa de tu rica historia con el mar.-Esperamos con expectativa tu relato prometido.-Un fuerte abrazo.-

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