CRUCE ATLÁNTICO. Azores-Cádiz.

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Por fin, después de tantos días de navegación pisábamos tierra firme, pero ésta se movía bajo nuestros pies. Era el “mareo de tierra” lo que nos producía esta sensación por haber estado casi un mes en movimiento, algo que Peter se encarga de hacer desaparecer en su café tras una buena comida, cerveza helada y buena compañía.

Horta, en la isla de Faial, es el puerto de llegada de casi todos los veleros transoceánicos y por supuesto lugar no sólo de descanso sino también de reparaciones, revisiones y puesta a punto de los barcos llegados para luego retomar la ruta hacia sus distintos destinos.  Por todos lados se veía movimiento en las cubiertas: bajar velas dañadas, tripulantes encaramados en los mástiles, piezas de motores en las bañeras, desembarco de basura acumulada durante la travesía y a su vez embarco de nuevas provisiones… y cómo no, tripulantes pintores que dejan el anagrama de sus embarcaciones plasmados en las rocas del muelle, tradición que desde hace muchos años decora con ese arte náutico hasta el último rincón del puerto; algo único y personal que identifica el aspecto marinero de la ciudad.

El Archibald no era una excepción, a bordo había mucho por hacer: Limpieza de tanques de gasoil, revisión completa del motor, sustitución de la vela mayor dañada por la nueva, reparación de la driza de génova; inspección completa de la jarcia, desde la perilla hasta la base del mástil y por supuesto aseo y orden interior.

Pero Jorge y yo no estábamos solos. A Horta vino Joaquín, un nuevo tripulante del Archibald con intención de navegar hasta Cádiz. Su ayuda para todas estas labores fue inestimable, concluyéndolas incluso antes de lo previsto. Otra vez el Archibald estaba a son de mar y tan sólo restaba dedicar unos días al descanso, vuelta turística a la isla y esperar una buena previsión meteorológica para zarpar.

Por aquellos días arribó a puerto el pequeño Serigna, el velero italiano de Roberto que con Alberto e Isabella habían zarpado de la isla caribeña de San Marteen a la vez que el Archibald. Fuimos a recibirles llevando una gran fuente de fruta fresca ya mondada y lista para comer, Roberto sacó un par de botellas de champan heladas y todos brindamos por el fin de la travesía. Sus tripulantes regresaban a Italia desde Azores y Roberto, de casi setenta años, continuaría solo: “No me importa –comentaba- El Serigna es pequeño y fácil de manejar, he navegado en solitario muchas veces… Pero mi casa está más al norte de Venecia, ¡Aún me queda casi el doble de lo hecho hasta aquí!”

Junto con Roberto compartimos los trabajos pendientes, alquilamos un coche para realizar las compras, hacer turismo… En el puerto nos encontramos con otros españoles también venidos del otro lado del Atlántico; unos iban para Galicia, otros para el Mediterráneo, todos con algún problema técnico, ya fuera mecánico, electrónico o de tripulación, pero nada imposible de resolver para luego volver a zarpar; Horta sigue siendo puerto de paso.

El tiempo iba corriendo, el barco estaba por fin listo, pero la meteo continuaba adversa; reinaba un tiempo malo entre el archipiélago y la Península y empezábamos a ponernos nerviosos. “¿Y si cambiamos de isla? -Apuntó Jorge-. Podríamos ir a San Miguel o Santa María, algo más al SW; al menos navegaremos un poco y avanzaremos en buena dirección. Estas islas están a tan sólo un día y medio de aquí, así alternamos el entorno”

Al día siguiente, entre un mar embravecido, los dos barcos ponían rumbo sur buscando la resguardo de la isla de Pico para luego dirigirnos hacia Santa María. El viento era fuerte y las olas barrían la cubierta del Archibald una vez fuera de la protección de esta isla; la noche prometía ser dura. Roberto puso un rumbo más abierto dirección hacia la pequeña Santa María, nosotros intentamos remontar un poco más para poner proa hacia San Miguel, la isla más grande del archipiélago.

Al atardecer del siguiente día arribamos a las instalaciones náuticas de San Miguel donde por motivos personales, nuestro nuevo tripulante decidió desembarcar y regresar a España en avión.

Estábamos de nuevo en tierra. Tanto Jorge como yo conocíamos la isla, y la ciudad, Punta Delgada, más grande que Faial, la recorrimos una y otra vez saboreando cada rincón, pertrechando de nuevo el barco para las mil millas que teníamos todavía por delante.

Roberto hacía lo mismo en Santa María, más pequeña pero quizá la más bella de todas las Azores. Ambos barcos esperábamos la ventana de buen tiempo que nos permitiera dar el salto hasta el sur de la Península Ibérica y por fin llegó.

Otra vez nos hacíamos a la mar envueltos en una ligera brisa favorable que nos empujaba, despacio, hacia la costa portuguesa, donde soplaban potentes vientos del norte, precisos para conseguir llegar hasta cabo San Vicente, la barbilla de Portugal.

Durante tres días avanzamos lentamente en un mar en calma, disfrutando del sol y la buena pesca, que hacía aumentar nuestra producción de atún seco y ya cortado en pequeñas lonchas era indispensable para la celebración del Ángelus a mediodía, acto solemne que nunca dejamos de observar y que milagrosamente Jorge siempre sorprendía añadiendo al ritual dos cervezas heladas sacadas de algún oscuro lugar.

Por fin llegamos a los tan esperados nortes. El Archibald, ya con buen viento, volvía a tragar millas como una locomotora.

Nos encontrábamos a escasas doscientas millas de la costa portuguesa, casi a la altura de Lisboa, en plena ruta de mercantes que salían del Mediterráneo o se dirigían a él; había que estar atentos.

Docenas de grandes monstruos de acero aparecían y desaparecían de nuestra vista. Nuestros equipos electrónicos nos indicaban su presencia, pero ellos ignoraban un barquito tan insignificante, En estos casos impera la ley del más fuerte y nosotros llevábamos todas las de perder.

Quedaban menos de dos jornadas para llegar a la punta sur de Portugal. Teníamos controlados los grandes navíos a través de nuestros equipos y de momento se mantenían alejados. Era un momento de tranquilidad que aprovechamos para hacernos un café y relajarnos un rato. Estábamos dentro de la cabina cuando de repente vi con horror a través de una escotilla y a escasos veinte metros de nosotros una mole roja cargada de contenedores. Por suerte tuvimos el tiempo justo para desconectar el piloto automático y poder maniobrar, pasando nuestro mástil a escasos metros de la popa del navío; unos minutos de retraso y el desenlace hubiera sido fatal. Quizá por la proximidad o por cualquier otro motivo que nunca sabremos, nuestros aparatos no llegaron a avisarnos del peligro.

Aquella tarde la pasamos maniobrando para separarnos de otros tantos mercantes hasta llegar a aguas menos profundas, quedando fuera del alcance de estos monstruos del mar.

Por fin conseguimos llegar al cabo San Vicente poniendo punto final a nuestro cruce atlántico y en un mar encalmado, con viento suave, empezamos a recorrer la costa portuguesa hasta donde éste nos llevara.

Teníamos pensado arribar a la bahía de Cádiz, pero el viento de Levante, contrario a nuestro rumbo, hizo su aparición, por lo que decidimos ceder y arrumbar al cercano puerto de Chipiona, justo a la salida del río Guadalquivir; volvíamos a pisar tierra española. Allí nos esperaba nuestro tripulante Joaquín para darnos la bienvenida y conducirnos en coche hasta su casa, cerca del Puerto de Santa María, donde también nos esperaba el jamoncito, el buen marisco, el jerez, pescadito frito y tantas otras cosas que llevarían hasta el Cielo la celebración del Ángelus ese día… y los siguientes.

Roberto del Serigna todavía navegaba. A través de la radio contactábamos con él al menos dos veces diarias. Ya estaba por las cercanías de cabo San Vicente y nos respondía: “¿Buques mercantes? Pues no he visto ninguno durante toda la travesía… Ya me hubiera gustado poder ver algo de civilización en medio del mar. ¿Pesca? ¡Nada!, ni un tironcito, y eso que todo el tiempo llevo dos líneas arrastrando por la popa…”  “Roberto –le preguntábamos-, ¿Seguro que llevas el rumbo correcto?” Evidentemente cada barco hace su propia travesía.

Ya queda poco para concluir este viaje, pero aún no hemos llegado. Falta la última parte que no por ello va a dejar de ser al menos intensa. Os la relataré a mi llegada a Alicante, punto de partida y ahora de arribada de este periplo oceánico que me ha llevado durante casi tres años por los lugares más insólitos del planeta. Así pues me despido de vosotros despachando un buen choco y una deliciosa acedía rebozada, regado todo con aireada manzanilla.

Nos vemos en Alicante.

Cocúa Ripoll, velero Archibald

El bar de Peter, Café Sport. Visita obligada en Faial, Horta, después del cruce Atlántico.

El bar de Peter, Café Sport. Visita obligada en Faial, Horta, después del cruce Atlántico.

¡Enhorabuena a Roberto, del Serigna, por su impecable travesía oceánica!

¡Enhorabuena a Roberto, del Serigna, por su impecable travesía oceánica!

La alegre tripulación del Archibald.

La alegre tripulación del Archibald.

Constancia de los veleros oceánicos a su paso por Horta.

Constancia de los veleros oceánicos a su paso por Horta.

Joaquín al timón del Archibald.

Joaquín al timón del Archibald.

Celebración diaria del Ángelus, siempre a las doce horas locales.

Celebración diaria del Ángelus, siempre a las doce horas locales.

¡Por fin doblemos Cabo San Vicente! ¡El Atlántico ha sido de nuevo vencido!

¡Por fin doblemos Cabo San Vicente! ¡El Atlántico ha sido de nuevo vencido!

Atunes en el secadero. El aperitivo de este verano ya está resuelto.

Atunes en el secadero. El aperitivo de este verano ya está resuelto.

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Comentarios

  1. Daniel Tribaldos  junio 24, 2015

    Bienvenido de vuelta a España.
    Nos alegramos todos los que te seguimos.

    responder
  2. Nicolas  junio 25, 2015

    Hace unas dos semanas o algo más os vi entrar en el puerto de La Línea, yo estaba viendo un velero de aluminio en el Varadero, tan pronto pude me acerqué a tu barco pero ya os habíais marchado, esperé comiendo en el bar pero nada y tuve que marcharme, me hubiera gustado charlar un rato, pero fue imposible, me gustaría poder hacerlo aunque sea por teléfono, ya tienes mi mail. Hasta pronto
    Nicolás

    responder
  3. Lalo Mazzullo  junio 30, 2015

    -Felicitaciones Cocúa, has realizado una extraordinaria navegación, un derrotero maravilloso, y has escrito una entretenida y espectacular historia de mar.-
    Un fortísimo abrazo desde Uruguay:-Lalo

    responder
  4. alguien  agosto 21, 2015

    Alucinante, espectacular, maravilloso… no me salen las palabras.

    ¿Cuánto cuesta vivir así, por el mundo?
    Deberías escribir sobre ello.
    Saludos.

    responder

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