COMIENZA LA NUEVA AVENTURA

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Navegando en perfecta calma

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La “perrera” está ya lista

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Cambio de país, estoy en Brasil

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Amarrado en Río Grande

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El Pampero empuja fuerte

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Mis queridas “Alas de Paloma”

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Brindis por la misión cumplida

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Fondeo en Canto Grande

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Playas perdidas

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De nuevo en el Paraíso Tropical

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Bosques de Bambú

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Selva brasileña

Se aproximaba el momento de la partida, aún sin fecha determinada. Todo dependía del buen hacer de la meteorología, pero ya comenzaba la preparación definitiva del barco: compras, revisiones… y sobre todo las despedidas.

El argentino es como el Tango en el momento de decir adiós; nostálgico, melancólico, intentando retenerte, despidiéndose una vez más… Pero es el signo del navegante transmundista pasar la mayor parte del tiempo abandonando lugares, particularmente en esta ocasión, separándome de gente con la que me sentía muy unido y a la que probablemente jamás volvería a ver. Y triste, pero como en muchas otras ocasiones, llegaba el momento de hacerse a la mar.

No había más remedio, el barco estaba en su mejor estado, el tiempo primaveral daba un margen irrechazable y tras innumerables asados, mates, brindis, abrazos… y promesas ya imposibles de cumplir de una vez más el último y definitivo adiós, nostálgico, dejé Buenos Aires atrás.

Los últimos seis meses me había integrado totalmente en la sociedad bonaerense. Discutía sobre política, economía, el futuro incierto del país. Había asistido a conferencias, inauguraciones, debates y muchos otros actos sociales que me habían concienciado como a un argentino más, pero había llegado el momento de poner punto final. Mi buen amigo Fabio, gran aficionado a la náutica, me acompañó durante las primeras millas que separaban la capital argentina de la uruguaya. Algo más de cien millas, suficiente para poner a prueba todos los trabajos realizados a bordo, surgiendo esos pequeños inconvenientes, todos ellos subsanables, que pasan desapercibidos durante la estancia en puerto, pero que aparecen inevitablemente durante las primeras millas de navegación. Por suerte, la lista de trabajos fue muy corta y la travesía tremendamente deliciosa durante el día y medio que duró dicha navegación.

Una vez en el puerto de Buceo (Montevideo), solucionados la mayor parte de las faltas aparecidas a bordo, se despidió mi amigo, quedando nuevamente solo junto con mi Archibald, con casi cinco mil millas por delante hasta llegar al Caribe y luego… ya decidiría.

En Buceo volví a encontrarme con antiguos amigos uruguayos del club náutico que colaboraron en todo lo que estaba en su mano, haciéndome pasar mi estadía en estas instalaciones lo mejor posible. Pero fueron los Hermanos de la Costa, entidad a la que pertenezco desde hace bastantes años los que, como en otras ocasiones, se volcaron en ayudarme y solucionar mis pequeños problemas. Dicha hermandad, extendida por prácticamente el mundo entero e integrada por amantes del mar, tiene como objetivo fomentar dicha vocación y a la vez apoyar al navegante que lo necesite, culminando la fraternización con el consabido asado en la sede social, repleta de recuerdos y tesoros siempre relacionados con la marinería. ¡Orza! Es su lema y saludo cordial.

Tras despachar de nuevo un asado ofrecido por el club náutico de Buceo y ante la perspectiva de otra buena travesía, ya en solitario, puse la proa con rumbo hacia el norte con vistas a cambiar de país. Esta vez la buena ventana meteorológica iba a ser de tres días, tiempo suficiente para llegar a la protección de Rio Grande do Sul, justo en la boca de entrada  a la Lagoa dos Patos, ya en Brasil.

Esta travesía, dominada una vez más por calmas, tanto en viento como en ola, fue íntegramente realizada a motor. Aburrida pero preferible a los temporales habituales en la zona, tanto de frentes duros del norte, como a los terribles Pamperos del sur, o incluso los más temibles Carpinteiros del este, que han empujado irremisiblemente hacia las perdidas playas existentes desde el puerto uruguayo de La Paloma hasta las proximidades de Florianópolis en Brasil a cientos de embarcaciones, donde ahora descansan sus restos.

Durante aquella insulsa  travesía de algo más de dos días de navegación, un regustillo amargo sentía en mi interior al recordar que no hacía ni un mes se había perdido por estas aguas el velero argentino Tunante II con cuatro tripulantes a bordo sin que las pesquisas por encontrarlos hubieran tenido el mínimo éxito. El mar sigue reclamando su tributo sin que incluso las nuevas tecnologías puedan hacer nada al respecto; al contrario, la prisa, el mal actual, favorece tan fatídicos desenlaces.

Ya en las instalaciones del club náutico de Rio Grande do Sul me encontré con dos barcos argentinos, uno proveniente del norte y ya de regreso y otro, como yo, con destino al centro de Brasil. Este último ya lo había encontrado en Buceo, justo el día de su partida en que a pesar de mis advertencias por mal tiempo se hicieron a la mar alegando no poder perder tiempo. De los cinco tripulantes que conocí, tres se habían desembarcado, sumando a esto algunos desperfectos a bordo a causa de la dura navegación “…y tres asados que os llevo de ventaja –les dije- que despaché en Uruguay, sin contar mi tranquila navegación” “Pues eso no va a quedar así -respondieron- ahora mismo empezamos con otra parrillada… esta vez de pescado”.

Aquella tarde se desató el esperado temporal del norte, con lluvia torrencial y fuertes rachas de viento, que nos obligó a reforzar amarras incluso dentro de las protegidas instalaciones del club.

Tras unos días de espera se entabló de nuevo un relativo buen tiempo, al menos para los que navegábamos hacia el norte y según el axioma “Tras Norte duro, Pampero seguro”, dejando pasar los primeros embates duros, tanto la tripulación del Terapia como la del Archibald nos subimos en la cola de dicho Pampero, empujados por un fresco viento del sur.

El Archibald, con sus dos génovas atangonados, lo que llamo Alas de Paloma, tragaba millas al igual que una locomotora. El Terapia, barco de regatas, todavía iba más rápido y pronto lo perdí de vista, haciendo planeadas de trece nudos incluso con muy poca vela, pero la tranquilidad y la estabilidad de rumbo que ofrecía mi velero no la cambiaba por la constante ducha a bordo de “mi contrincante”. Y así, dejando pasar el tiempo y las millas fui acortando las trescientas y pico que me separaban de mi inmediato destino: la isla de Florianópolis.

Mis informantes meteorólogos, Rafael, Alejandro y Miguel, coincidían con la buena previsión de tiempo, duradera por espacio de cinco días, pero no era sólo su valiosa información lo que me hacía estar todas las tardes en la radio, sino el bienestar que me producía el escuchar una voz amiga junto con otros comentarios menos trascendentales: “El Madrid ha ganado al Barça” me comentaba Rafael del Castillo desde Canarias, tras un resumen del partido. Lo mismo ocurría con Miguel Urbieta desde Bahía Blanca y Alejandro Portabales en Buenos Aires. Estas comunicaciones eran las más directas (y únicas) conexiones que tenía con el Mundo Exterior.

No podía creer que me hubiera quitado de encima esta “Costa da Morte” cuando a los dos días y pico eché el ancla en la ensenada Pinheira, justo en el mismo lugar donde lo hiciera año y medio antes, cuando bajaba hacia el sur. ¡Y aún me sobraba un día para remontar unas cuantas millas más!

Tras una noche de descanso volví a navegar, pero esta vez evitando los puertos, pues a bordo tenía todo lo necesario para seguir avanzando sin más necesidades. Así pues, tras una jornada de viento suave y habiendo rebasado Florianópolis, me dirigí hacia una bahía que a pesar de la escasa información que poseía del lugar, me pareció idónea para refugiarme del nuevo frente de vientos contrarios que amenazaba con llegar.

De esta manera eché el ancla al fondo de bahía Zimbros, frente a un pequeño pueblecillo de pescadores que al parecer se llamaba Canto Grande, un lugar idílico con un pequeño y desvencijado malecón de madera, dos calles empedradas, una pequeña iglesia, un supermercado, dos bares y alguna posada, además de las pequeñas casas de pescadores; todo ello rodeado de blancas playas y mato brasileño por donde era posible caminar en contacto con la selva tropical. Un paraíso todavía por descubrir.

Desde este maravilloso lugar os mando un fuerte abrazo.

Cocúa Ripoll, velero Archibald.

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Comentarios

  1. El Mozo del Quincho Pajabrava  octubre 31, 2014

    Grande Cocua!!!!!
    Estas en mi “paraiso”, a disfrutarlo!!!
    Coincido totalmente con respecto a LA PRISA, es el mal que atrae desastres tanto en el mar como en tierra. Abrazo grande.

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  2. Alvaro González de Aledo  noviembre 2, 2014

    Hola Cocúa. Los de Santander te seguimos con mucho interés. La semana pasada hablé con Fletcher y comentamos que nos parecía raro no ver entradas nuevas en el blog, ahora que vuelves a navegar. Suponemos que no es fácil encontrar locales con wifi por esos territorios. Pero ahora que volvemos a tener noticias nos alegramos de que todo vaya bien. Yo personalmente prefiero ese tipo de navegación segura, aunque más lenta, que llevas tú que la de los regateros que al final se la van jugando.

    El Archibald se ve precioso y tu camarote parece el de un marajá. Enhorabuena.

    Por quí la vida sigue su curso habitual. Hemos finalizado las navegaciones con los grumetillos de Valdecilla y nos preparamos para el largo invierno, centrándonos en las actividades de montaña hasta que la primavera nos deje recuperar las travesías en velero. Y eso que estamos teniendo un veranillo tardío maravilloso. En octubre ha hecho mejor tiempo que en agosto.

    Un abrazo y que todo siga igual de bien.

    Alvaro.

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  3. Lalo Mazzullo  enero 14, 2015

    Hola Cocua, feliz Nuevo año, lamento haber dejado de seguir tu blog hasta ahora, justo cuando pasaste por Uruguay, me encontraba de viaje.-Me encantó saber que lo pasaste bien en Montevideo.-
    -Un fuerte abrazo y “buenos vientos”, los mejores deseos para ti…:-Lalo

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