COMIENZA LA AVENTURA

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    Por fin llegó el avión que desde España traía a Fran y a Alberto, los tripulantes que formarían parte del Archibald en esta nueva aventura antártica.

    Las últimas semanas habían sido bastante duras. A partir de abandonar del varadero los trabajos pendientes se fueron sucediendo sin interrupción. Deje por una semana el Náutico de San Isidro para ir al San Martín, donde me esperaba mi “hermano” Raúl, buen mecánico y viejo protestón, quien, entre maldición y maldición, realizó una exhaustiva revisión al motor del Archibald. Con la ayuda de Fabio, Carlos y Marcelo desembarcamos tres furgonetas de equipamiento que no iba a ser imprescindible para el viaje al Sur, como por ejemplo la tabla de windsurf, la máquina de coser, velas de poco viento, parte del equipo de buceo, latas de pintura, compresores… trastos y más trastos que se van acumulando a bordo en espera de ser útiles. Esta vez tendría que pasar sin ellos.
    Durante los cuatro años anteriores y sobre todo estos últimos seis meses aquí en Buenos Aires había dedicado prácticamente todo mi tiempo en preparar el Archibald y afrontar lo que ahora se venía por delante: navegar en las peores condiciones meteorológicas conocidas; vientos huracanados, fríos intensos, olas monstruosas, fuertes corrientes, gigantescos hielos… Al menos eso era lo que habíamos leído y nos habían contado. Tal vez debíamos de añadir monstruos marinos, fenómenos electromagnéticos y algún que otro avistamiento de objetos volantes no demasiado identificados y todo para intentar conseguir alcanzar un sueño casi imposible.
    Jamás el Archibald había estado tan preparado para enfrentarse a una de sus aventuras, pero las posibles consecuencias de ello me obligaba a ser precavido en extremo. Sería imposible relatar punto por punto tal preparación, pero valga como muestra este botón:
    A partir de Buenos Aires decidí cambiar la hélice del barco, una Max-Prop orientable, muy buena para la navegación a vela pero demasiado delicada para golpear los pequeños bloques de hielo antártico, por una hélice fija de tres palas que llevo de repuesto, mucho más resistente y efectiva en navegación a motor. Para solventar la rotura de ésta, que todo puede ser, hice fabricar una hélice de repuesto de dos palas. Tras ello imaginé la peor de las situaciones: el supuesto caso de una avería tuviera que cambiar la hélice en un mar repleto del hielo y temperaturas bajo cero. Para realizar esta operación no tuve más remedio que adquirir un traje seco de submarinismo, especial para inmersiones polares y todo su equipo complementario, incluyendo una botella de respiración autónoma con una mezcla de aire enriquecida con más oxígeno del habitual, exprofeso para trabajos en poca profundidad; a todo ello había que añadir herramientas específicas, como un extractor a medida, llaves ajustadas, cuñas metálicas… lo necesario para realizar el trabajo lo más rápidamente posible. Pero tuve un fallo; no conté con la deformación física de mis tripulantes, todos ellos más altos que yo. El traje era de mi talla.
    Los últimos días solo, a bordo de mi barco, los dediqué a conseguir la buena disposición del interior para albergar a cuatro personas, cosa totalmente inusual en el Archibald, cuya máxima tripulación en muy contadas ocasiones había pasado de dos.
    Siguiendo las buenas normas del protocolo náutico, no tuve más remedio que ceder los dos camarotes a mis invitados, regresando a mi humilde pero confortable “perrera” del salón… de momento.
    Y tras la llegada de Fran y Albeto, una semana de alternar paseos por la gran ciudad, suculentos asados con los últimos trabajos y compras de partida, izamos velas y la tarde del 27 de noviembre, entre lluvias y chubascos, dejamos Buenos Aires por popa.

    La primera escala sería la ciudad de Colonia, Uruguay, donde por motivos de renovación de visados teníamos que hacer entrada. Fue una navegación corta, de escasas seis horas, pero la meteorología adversa, con viento fuerte y tormentas intermitentes hicieron que la nueva tripulación se fuera acoplando al buen hacer del Archibald, habituándose a sus movimientos y por supuesto a su personal maniobra. La mejor manera para ir adaptándose al barco y a las personas, descubriendo el pequeño mundo de barco-agua donde tendríamos que convivir los próximos meses.
    Durante dos días disfrutamos de la tranquila Colonia, tan diferente de la gran ciudad de Buenos Aires, paseando por las intrincadas callejuelas adoquinadas de la parte colonial, relajándose de las tensiones de los últimos días, degustando el típico Chivito en alguno de sus pequeños restaurantes.
    La meteorología fue cambiando, luciendo un sol primaveral y soplando viento suave de norte. No había más remedio que izar velas y aprovechar estas condiciones inmejorables para iniciar definitivamente nuestro camino hacia el Sur. Nuestro siguiente puerto iba a ser Mar del Plata, quizá el último contacto con la civilización hasta nuestra llegada a la austral ciudad de Ushuaia.
    Tras recorrer en dos días las doscientas cincuenta millas que separan las dos ciudades, con temperatura veraniega y viento a favor, salvo un pequeño Pampero formando el comité de despedida, dejamos atrás las aguas marrones del rio de La Plata para adentrarnos de nuevo en el mar, el medio habitual tanto del Archibald como su tripulación. Atrás quedaban seis meses de rio, de duro trabajo pero también de buenos momentos, gratas compañías, inestimables ayudas; siempre de la misma manera, al igual que en las anteriores ocasiones en que visité el río y sus gentes.

    No puedo acabar esta nota sin agradecer a mis amigos, tanto los antiguos como los nuevos; instituciones que me han acogido, como el Yate Club Argentino, el Club náutico San Martín y sobre todo el Náutico de San Isidro, donde me he encontrado como en casa. No puedo olvidar a mis amigos, entre otros, Raúl, Eduardo, Gustavo, Miguel, Patricia, Fernando… y cómo no, el trío formado por Marcelo, Carlos y Fabio, que tras ayudarme incluso más de lo necesario, los sábados siempre compartíamos mesa y posterior navegación entre los sauces y juncos del Luján. Amigos, sin vuestra colaboración jamás hubiera conseguido tener el Archibald dispuesto para emprender esta aventura en el tiempo preciso. Todos ya formáis parte de ella.
    Un abrazo.
    Cocua Ripoll

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