CARIBE. SEGUNDA PARTE

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Llegaba a Martinica. Aquí terminaba mi etapa de navegante solitario, en unos días llegaría mi nuevo tripulante, Jorge Herrador, dispuesto a acompañarme hasta concluir el viaje.
En el fondeadero al sur de la isla me encontré con el Cibeles, de Julio y Maribel, a los que ya conocía desde hacía más de veinte años. Hacía seis que no los veía pero nunca habíamos perdido el contacto, ya fuera por radio o por Internet. Esta clásica pareja de los mares llevaba treinta y dos años navegando por todos lados y yo me los había encontrado en los sitios más inverosímiles: Trinidad, Nueva Caledonia, Malasia, Singapur, Tailandia… y por supuesto en el Mediterráneo. Ya empezaban a dar muestras de cansancio transmundista, “Creo que ya es tiempo de regresar y comenzar una nueva vida -comentaban-. Por algún extraño motivo cada vez nos cuesta más cambiar de sitio y… ¡Por aquí está todo tan caro…!” Añadía Maribel.
En cualquier caso me adoptaron (y yo me dejé adoptar) por la divertida pareja. Incluso el día en que Jorge, mi tripulante, llegaba a Martinica, alquilamos un coche para recogerlo en el aeropuerto y de paso hacer una buena recolección furtiva de bananas y caña de azúcar, con vistas a la época de Vacas Flacas.
Y llegó Jorge, médico del Instituto Social de la Marina, felizmente recién jubilado y por supuesto navegante. Por suerte no apareció arrastrando una gran Samsonite, sino un pequeño macuto de mano, donde llevaba, a parte de un buen trozo de jamón,  su equipo de buceo, lo que decía mucho a su favor.
Jorge es el típico deportista, tanto en tierra como en el mar; ciclista, motero, submarinista, pescador… y muy del Real Madrid. Su experiencia en el mar es muy extensa, con cuatro cruces atlánticos a sus espaldas entre otras travesías deportivas, añadiendo a esto bastantes años como médico en los barcos hospitales españoles Juan de la Cosa y Esperanza del Mar. No podía tener mejor compañero.
Mi tripulante se adaptó rápido al ambiente bohemio del Archibald, integrándose al instante en la comunidad española nauta de Martinica y para celebrarlo realicé una obra maestra en forma de paella que fue degustada a bordo del catamarán El Temido con César y Carlos como grandes anfitriones y donde asistieron además de la tripulación del Archibald, los chicos del Cibeles y Pedro, Jorge y Jackeline del Fidelity, un precioso queche azul que partiría hacia la Península en pocos días. Corrió jamón, chorizo, pasteles de postre y mucho vino. La verdad es que a pesar de haberlo pasado muy bien, no recuerdo mucho, pero os puedo pasar la foto.
Los Cibeles andaban con problemas. Su vela mayor literalmente de deshacía al tocarla.
-¡No me lo puedo creer! -Comentaba Julio-. ¡Pero si está nueva!
-¿Nueva? -Le respondía.
-Bueno, tiene diecisiete años, pero… ¡Mira esta otra parte! -Argumentaba mi amigo-, ¡el tejido está impecable!.
Después de una mañana de trabajo realizado por las dos tripulaciones, mucho material para recomponer el tercio de la vela dañada, a falta de las costuras de velería y el retoque personal de Julio… éste, muy contento por la labor, aseguró: “¿Ves? Ya tenemos vela para diez años más.”
No había mucho más que hacer; el grueso de la compra con vistas al cruce ya estaba realizado y ya nada nos retenía en Martinica.
Seguimos, pues, nuestro recorrido por las islas del Caribe hacia el norte. En Martinica quedó temporalmente el Cibeles, pues Maribel había tenido que viajar a España unos días y Julio esperaría allí su regreso.
Nuestro siguiente destino, ya rebasada esta isla francesa, fue Dominica, país independiente y a nuestro modo de ver la isla más bella de todo el entorno insular.
Dominica es muy verde y montañosa. Mantiene su aspecto natural al no haberse deforestado su territorio para introducir las grandes plantaciones de caña, tan habituales en el resto de las islas. Dejamos el barco en el seguro fondeadero del norte y alquilamos un coche para recorrer su interior. Con extremo cuidado, ya que en Dominica se conduce por la izquierda, recorrimos sus densos valles plagados de vegetación autóctona, caudalosos ríos e impresionantes caídas de agua, visitando uno de los últimos poblados de indios Caribes, demasiado influenciados por el “Made in Taiwan”.
Tras unos días en esta increíble isla, y haber degustado el mejor Ron Ponch de todo el Caribe en un chiringuito playero cercano al fondeadero, continuamos nuestra ruta. Ahora le tocaba el turno a la pequeña isla francesa María Galante, poco turística pero famosa por la calidad de su ron.
Realmente la isla es un gran cañaveral donde en sus destilerías se elabora el preciado licor, pero tampoco tiene ningún otro interés y tras reabastecer la bodega del Archibald, continuamos navegando.
Ya rebasada Guadalupe arribamos a la isla de Antigua, meca del yachtman en el Caribe. Justo a nuestra llegada comenzaba la regata de la Semana de Antigua para veleros clásicos. Balandros de belleza sin igual, algunos de treinta y cuarenta metros, de dos y tres mástiles, copaban la bahía de Falmouth esperando el cañonazo de salida. El Archibald, entre todas aquellas joyas flotantes, parecía un carromato de gitanos, pero todos nos saludaban dando gritos de ánimo, como si viniéramos navegando desde la otra parte de la galaxia; la cortesía del mar.
Tras un día en el fondeo, un paseo por las antiguas dependencias inglesas, una buena comida… poco teníamos que hacer en la isla, sobre todo a esos precios, así que a la puesta de sol el Archibald y su tripulación continuaron camino.
Ya nos dirigíamos hacia nuestro último destino Caribeño, la isla de San Martin, desde donde iniciaríamos el cruce atlántico, pero le había comentado a Jorge la existencia de una pequeña islita cercana a nuestra ruta, entre San Martin y San Barth.
Esta pequeña isla, llamada Fourchue, con tan sólo una bahía para el fondeo, es parque nacional y reserva marina, perteneciente a la exclusiva isla de San Barth.
Mientras yo revisaba los fusiles de pesca submarina, Jorge, como submarinista experimentado, comprobaba el estado de las botellas de buceo y reguladores mientras decía: “Si es reserva, algo de pescado habrá…”
La hija de Jorge es bióloga y estricta ecologista. Jamás diré lo que hicimos durante el día y medio que estuvimos en aquella isla, pero estaba muy rico.
Por fin llegamos a San Martin, término de nuestro periplo caribeño. Esta isla especial pertenece a dos países distintos: Francia y Holanda, con una ficticia frontera que la divide por la mitad. También posee un Lagoon o mar interior comunicado con el océano por dos puentes levadizos, uno en cada país. Nosotros arribamos a la parte norte, la francesa, supuestamente más barata que la holandesa. En el fondeadero de nombre Marigot, nos encontramos con Roberto, italiano, y su barco Serigna, al que ya conocía desde hacía bastantes años y con el que a través de la radio habíamos concretado cruzar juntos el Atlántico. Roberto estaba solo, pero esperaba a dos compatriotas para realizar acompañado la travesía.
Nueve días estuvimos en la isla, entrando y saliendo del Lagoon, y visitando la parte holandesa para realizar algunas compras de electrónica, ya que es zona libre de impuestos. Allí habíamos quedado con Ricky, un “chaval”, catalán, que a los diez años zarpó con sus padres de Barcelona en su bello Cypsela con intención de dar la vuelta al mundo, reto concluido ocho años después. Ricky es hoy marino profesional, primer oficial del Dreambeat, un velero de esos que no puede ser más grande, con sesenta metros de eslora. Disfrutamos de sus horas de descanso en un cercano bar muertos de la risa… Esto es para sus padres: “Jamás vi a vuestro hijito beber alcohol. Cada vez que se llevaba el vaso a la boca yo miraba hacia otro lado”
Tanto el Archibald como el Serigna estaban dispuestos. La meteo era buena… de momento; había llegado el momento de zarpar. Ultimas compras, paella de despedida, llenado de gasoil, depósitos de agua al máximo… y tras el inevitable y náutico gin-tonic de despedida, subimos el ancla poniendo proa al otro lado del Atlántico.

Un abrazo.

Cocua, velero Archibald.

Comida española a bordo del EL TEMIDO

Comida española a bordo del EL TEMIDO

Los vendedores ambulantes atacan por todos lados.

Los vendedores ambulantes atacan por todos lados.

Hasta en el Caribe, Jorge mantiene su afición futbolera.

Hasta en el Caribe, Jorge mantiene su afición futbolera.

En todos los fondeaderos hay que mantener precaución…

En todos los fondeaderos hay que mantener precaución…

La curiosidad de Jorge llega hasta lugares complicados.

La curiosidad de Jorge llega hasta lugares complicados.

Después de treinta y dos años de vagabundeo, los “Cibeles” vuelven a casa.

Después de treinta y dos años de vagabundeo, los “Cibeles” vuelven a casa.

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Comentarios

  1. Luciano  mayo 29, 2015

    Cocua viejo amigo, espero que estés cruzando l Atlántico con buenos vientos, te sigo en cada viaje disfrutando de tus disfrutes, un abrazo, tu amigo lucho.

    responder

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