CARIBE. Primera Parte

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Relajantes fondeaderos…

Relajantes fondeaderos…

Y la sonda marcaba siete metros de profundidad.

Y la sonda marcaba siete metros de profundidad

Junto con Rafa y Bárbara, mis padres adoptivos del Caribe

Junto con Rafa y Bárbara, mis padres adoptivos del Caribe

El Sígueme a vista de pájaro

El Sígueme a vista de pájaro

La hora del Ron Ponch

La hora del Ron Ponch

Comprando fruta

Comprando fruta

¡Buen provecho!

¡Buen provecho!

Navegando entre islas

Navegando entre islas

Fondeando

Fondeando

Rumbo a los Pitones

Rumbo a los Pitones

Por fin tranquilo…

Por fin tranquilo…

Me encontraba ya en pleno mar Caribe. De Tobago zarpé hacia a la isla de Granada, donde me esperaban unos amigos españoles. Navegué durante toda la noche con buen viento y a primeras horas de la mañana me adentraba en la protegida bahía de Prickly Bay. En seguida distinguí al Sígueme, fondeado cerca de costa. Desde su cubierta me saludaban Rafa y Bárbara, anunciándome por radio que el desayuno estaba preparado.

Conocí a esta pareja en el año 2006 justo aquí en el Caribe; desde entonces tienen su barco por estas aguas, navegando entre islas cinco meses al año para regresar luego a España en avión, como ya hacen muchos aficionados, disfrutando así del perfecto clima durante el invierno caribeño: agradable temperatura, viento constante, increíbles fondeaderos, ambiente náutico… pero a la vez saturándose la zona de veleros, aumentando su número cada temporada.

-Lo primero que tienes que hacer es tramitar tu arribo a Granada, no vayas a tener problemas por ello –me aconsejaba Rafa-.

-¿Estás seguro? –le respondía-. Total, por un par de días…

-Aquí no puedes estar ilegal. Toma dinero caribeño y haz los trámites; ya me lo devolverás.

Y tal cual. En una oficina bien habilitada, dos funcionarios negritos con cara de aburridos hicieron el despacho, al final me dijeron que debía ochenta dólares caribeños por el papeleo, aunque en el recibo que me extendieron sólo figuraba la mitad de la cantidad.

De allí fuimos al bar náutico, lleno de gringos, todos con sus computadoras, donde una cerveza pequeña costaba tres Euros y en el pequeño supermercado cercano el precio de una manzana superaba los dos Euros. Miré sorprendido a Rafa y Bárbara y me respondieron: “¡Bienvenido al Caribe”!

La estancia en Granada se alargó más de lo que imaginaba; el Sígueme necesitaba ajustes después de su larga estancia en varadero y yo aproveché para hacer una buena revisión y limpieza al Archibald. Por las tardes bajábamos a los bares náuticos, muy al estilo de los sajones. Un día se organizaba un concurso de Trivial, otro de karaoke, otro había bingo, otro bailes de salón, campeonato de dominó… los fines de semana había música en vivo ofrecida por un grupo local que interpretaba temas caribeños… Todos bailaban y brindaban hasta las tres de la madrugada.

Pero más allá de Gringolandia, pasando la zona de lujosos chalets, residencias invernales para los blanquitos adinerados, estaba el pueblo llano, los negros habitantes de las islas mucho antes de que los yanquis atacaran la hermosa Granada. Sus chabolas pintadas con los inevitables colores rojo, amarillo y verde, la música Reggae por todos lados; la cultura del cabello: rastas en los hombres y elaborados peinados en las mujeres; su sincera sonrisa, sus acompasados movimientos, sus porretes de marihuana…

Pero la influencia del hombre blanco ha arraigado con fuerza… ¡Y qué precios! Inalcanzables para el vagabundo del mar. Ya es historia muy lejana aquello de que con quinientos dólares al mes se vivía en el Caribe. Tal vez hoy y sin escandalizarse, sea la cantidad que muchos gastan por día.

Pero dejemos las divagaciones.

Tras una semana y pico en Granada en compañía de mis amigos, recorrer la isla por tierra, visitar la capital, hacer las compras necesarias, por cierto (y por precios) escasas,  confiando en la pesca, partimos los dos barcos hacia la isla de Carriacou, a treinta millas de distancia, con un viento en contra entre veinte y treinta nudos propio del Caribe: distancias cortas entre islas, pero con rumbo norte el viento generalmente es de proa.

Estas islas caribeñas son siempre similares: fondeaderos bien protegidos a sotavento, aguas transparentes, playas exóticas, puestas de sol espectaculares y durante esta época del año, la más benigna, se goza de una temperatura ideal. Todos los días llegan un par de chaparroncitos  que refrescan el barco y en mi caso provee de agua dulce para el abastecimiento del Archibald.

Cumplida la visita a Carriacou saltamos a la cercana Union Island, fondeando en Chatham Bay, atiborrada de veleros, en su mayoría de chárter, como ya empieza a ser costumbre en todos estos fondeaderos y en definitiva de lo que viven los lugareños; ellos ponen los precios y el gringo los paga sin discutir. Cuando un latino medio gitano como yo empieza con el regateo salta su asombro y tras un momento de discusión, haber rebajado el kilo de mangos a la mitad de precio, pido dos más de regalo, por nuestra relación, sonríen diciendo: “Ok guy, no problem”

Tras nuestra visita a Union proseguimos los dos barcos viaje hacia el norte. Un vistazo rápido a los Tobago Cays, lugar emblemático pero con una concentración de veleros tal que me recordaba e incluso superaba a Formentera en agosto, una visita relámpago a la isla de Canouan, arribamos a Bequia, fondeando en Admiralty Bay, a sotavento de la isla.

La bella Bequia es también meta neurálgica del turismo náutico en esta parte del Caribe, algo que los isleños intentan sacar el máximo provecho.

A las siete de la mañana empiezan a desfilar por el fondeadero innumerables lanchitas, visitando barco por barco, ofreciendo sus productos: ¡Lobster, Lobster! (langosta); ¡Fresh fish! (pescado fresco), pero también fruta del tiempo, hielo, pan tierno, servicio de lavandería, agua potable, combustible, excursiones por tierra, submarinismo, pesca de línea, taxis para ir a tierra, boyas con muerto para no tener que anclar, siempre en la zona VIP muy cerca de los restaurantes de lujo. Mis amigos picaban, o mejor, se dejaban picar, pero conmigo… al tercer día me dejaron por imposible.

Soy de la opinión de que siempre hay que dar algo a ganar al habitante del lugar visitado, pero si una langosta en la pescadería del pueblo vale menos de cinco dólares, no puedo pagar más de treinta porque me la traigan a la popa de mi barco. En fin, en tierra era más de lo mismo y a pesar que entendía que esta gente vive exclusivamente del turismo, por estas y otras razones, Bequia no fue precisamente la mejor escala del Caribe.

Aquí me despedía de Rafa y Bárbara. Yo seguía camino hacia el norte y ellos regresaban poco a poco hacia Granada para volver a invernar su Sígueme y tal vez prepararlo para su venta.

“El Caribe ya lo conocemos bastante –me comentaba Rafa- y cada vez nos da más pereza dejar nuestra casa en Gijón para venir a pasar la temporada aquí. Nos hacemos mayores y ya empezamos a encontrarnos cansados…”. Mientras que Bárbara, la incombustible, lo oía con asombro, puesto que todos los días nadaba dos horas, hacía paseos de varios kilómetros… y eso que había destrozado su bicicleta de tanto darle a los pedales.

Tras los besos, abrazos, promesas de futuras vistas ya en España, la comida de despedida en un buen restaurante, dejaba a mis padres adoptivos caribeños para proseguir camino recorriendo el arco exterior de islas dirección hacia Martinica, pero haciendo escalas intermedias en algunos lugares dignos de ser visitados.

Llegue, tras una dura travesía, con viento fuerte y contrario, a la isla de St. Vincent, buscando un lugar protegido y a la vez tranquilo donde pasar unos días en total soledad.

Encontré el sitio, frente a un largo arrecife contorneado por una línea de cocoteros. La pesca submarina me dio comida suficiente, tomando las debidas precauciones para no contaminarme en exceso de cigüatera, la toxina tropical típica de la zona, pero con la cual tampoco hay que obsesionarse, dedicando el resto del tiempo a la lectura y el ensimismamiento, la manera fina de decir “arrascarme las p…”

A Ritmo Tropical fui recorriendo St. Vincent y salté a la isla de Santa Lucía con intención de fondear entre los Pitones, dos singulares montañas en la costa de la isla que conforman una bella ensenada, donde hacía casi diez años pasé unos días estupendos. Pero no hubo caso, mi idea no era de lo más original. Docenas de barcos copaban la pequeña bahía. El fondeo estaba prohibido, había que agarrarse a una boya que los Gorrillas locales alquilaban a precio de oro.

Huí de allí a todo motor y contorneando la costa. Unas millas más allá encontré lo que buscaba. El entorno no era tan bello, pero la tranquilidad era semejante al fondeadero de St. Vincent.

El tiempo pasaba, se acercaba el día que tenía pensado arribar a Martinica y tras una parada en Rodney Bay al norte de la isla, centro náutico de Santa Lucía, abastecer el Archibald a tope de combustible, aquí exento de impuestos, disfrutar de una comida con mi amigo Egbert, dejé esta parte del Caribe dirigiéndome a la Francia Tropical, incluido sus precios, más cerca de los parisinos que del Tercer Mundo.

Allí me encontraría con antiguos amigos, Julio y Maribel del Cibeles y sus ya treinta y tres años de vagabundeo náutico; los recién llegados César y Carlos con su potente catamarán El Temido (por su bravura) y sobre todo aquí llegaría Jorge, mi flamante tripulante que me acompañaría durante el trayecto de regreso a España. ¡Ya estoy harto de navegar solo!

La historia parecía volver a repetirse. Nada más llegar a Le Marin, en Martinica, localicé entre los cientos de barcos allí fondeados al Cibeles. Desde su cubierta distinguí a Maribel que me gritaba:

“Echa rápido el ancla y ven a bordo, el desayuno ya está preparado”

“¡Ya voy mamá! –le respondía.

Abrazos para todos, ya os relataré esta nueva etapa caribeña que promete ser muy interesante.

Cocúa, velero Archibald

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Comentarios

  1. Luciano  mayo 29, 2015

    Un placer seguir leyendote, una envidia sana de verme en ese Caribe, tan templado y hogareño, como sólo los que no van a una cadena de hoteles pueden comprenderlo. Te mandó un abrazo grande viejo amigo, sigue disfrutando del mar.

    responder

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