CAMAMÚ Y NAVEGACIÓN A VITORIA

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Amanecía cuando la proa del Archibald navegaba hacia una bahía poco definida, con varias islas rasas por delante, arrecifes que casi no se distinguían y el estuario de un río que poco a poco se introducía en tierra.
Diecisiete años antes entrábamos por el mismo lugar, muertos de miedo, Fletcher y yo a bordo del “Ya Veremos”, con una mala fotocopia de la carta de navegación que comprendía parte de esta zona, unos dibujos a escala realizados en Salvador la noche antes, copia de otros que guardaban como “Oro en Paño” unos amigos navegantes portugueses. En aquellos años solamente contábamos con un profundímetro que no siempre funcionaba, mucha (o más bien poca) intuición y unas ganas locas de conocer lugares perdidos de la costa brasileña y ese iba a ser uno de los mejores.
Mal que bien, entre lluvia y viento conseguimos llegar frente a una supuesta aldea y allí mismo fondeamos el ancla y esperamos a que la lluvia tropical dejara de caer.
A media tarde bajamos a tierra en el bote y descubrimos entre el bosque de cocoteros y frondosos árboles del trópico, una docena escasa de chabolas alrededor de una pequeña iglesia. Tras haberse resguardado del aguacero, la gente salía de sus casas, nos miraba, sonreían y nos decían frases en portugués que no entendíamos del todo, nosotros devolvíamos el saludo con simpatía para seguir recorriendo aquel idílico lugar, donde encontraríamos la fraternidad auténtica del brasileño.
A los pocos días ya éramos conocidos por toda la gente del pequeño pueblo, nos invitaban a sus casas, a sus celebraciones, a su mesa… y así seguimos durante tres semanas, hasta que pudo más la inquietud de seguir viaje, conocer nuevos lugares y con tristeza abandonamos aquel lugar, que por cierto se llamaba Barra Grande.
Ahora en el año 2013 navegaba con un “arsenal” electrónico que me iba diciendo el paso seguro hacia el interior de la complicada bahía. El Archibald pasaba frente a aquel fondeadero continuando camino, adentrándose en el río hasta llegar a un lugar perdido, entre dos islas, donde el agua estaba en total calma. Eché el ancla y media hora después recorría en el bote las playas desiertas, bajando a tierra para hacer mi recolección de cocos verdes y tomar una cerveza en los chiringuitos que de repente aparecían justo al lado de la playa.
¿Qué clientela tendrán? Me preguntaba.
Durante los siguientes días fui cambiando de fondeadero, cada cual mejor que el anterior, hasta que regresé al primero de todos, el de Barra Grande.
Ya me habían advertido que el lugar había evolucionado y se había convertido en un centro turístico de primer orden. Baje a tierra justo donde solíamos desembarcar Fletcher y yo y la verdad es que no reconocía el lugar; caminé por la calle principal del pueblo, repleto de bares, posadas, tiendas, supermercados… hasta localizar la pequeña iglesia. A partir de ese momento me di cuenta del cambio que había experimentado aquella pequeña aldea. Pero había sido una evolución lógica y a mi modo de ver incluso agradable, respetando el entorno y la naturaleza; seguían estando allí los bosques de cocoteros, los frondosos mangos, las enormes higueras tropicales, y las construcciones modernas armonizaban con todo ello.
Al día siguiente me fui de paseo bordeando la pequeña península hasta llegar a mar abierto, por aquellas playas, antes desoladas, encontré nuevas construcciones, casi todas ellas Pousadas, pequeños hoteles típicos brasileños. Caminando llegué a una playa que recordaba y de repente vi una palmera que me era familiar, muy tumbada, casi horizontal. “En una palmera muy parecida a esa me tumbaba por las tardes a ver el mar…” Pensé. Me giré y vi un restaurante justo al lado y un bahiano que me decía: “Oi espanhol, ya era hora que vinieras a tomar una cerveza con tu viejo amigo Manoel”.
Aquel restaurante había sido un chiringuito hecho con tablones traídos por el mar y Manoel había hecho allí su medio de vida, con una nevera de butano y una pequeña cocina. En otro tiempo aquel lugar fue nuestro “Cuartel General”
Tras pasar el día con mi amigo regresé por donde había venido, viendo el mismo atardecer que tanto a Fletcher como a mí nos cautivó varios, bastantes años atrás.
Al día siguiente abandoné Camamú. No sin ganas de quedarme una buena temporada por estos lugares, pero el tiempo era bueno y Rafael del Castillo, mi consejero meteorológico y mi contacto con el Mundo Exterior a través de la radio me dijo la noche anterior: “Viene buen tiempo, aprovéchalo y navega todo lo que puedas, porque en pocos días se pondrá de nuevo la cosa fea” y así lo hice.

Mi nuevo destino era el archipiélago de Abrolhos, a dos días de camino. Con viento favorable pero con amenazantes chubascos, que la mayoría de las veces traían agua, suficiente para el abastecimiento del Archibald, un regalo que siempre había que aprovechar.
La navegación fue tranquila, ocupando el tiempo con la pesca, buena lectura y por supuesto preparando el equipo de buceo, pues Abrolhos es el parque natural preferido de los submarinistas, semejante a un gigantesco acuario con toda clase de vida marina, desde los grandes tiburones a enormes meros, langostas, manta rayas, y todo tipo de peces tropicales. Anteriormente había visitado Abrolhos en dos ocasiones, llamándome siempre la atención la cantidad y variedad de habitantes marinos que había, sobre todo comestibles, pero siempre el vigilante se adelantaba y bien temprano, a primera hora, llegaba con su Zodiac junto con un par de buenas piezas que nos ponía sobre cubierta: “Tomad, eso es para vosotros, es parte de lo que me han traído los pescadores, así no intentaréis pescar, que os conozco y he visto vuestros fusiles”. Luego el tipo nos llevaba a los mejores lugares de buceo y por la tarde nos hacía de guía por las islas visitables, un buen camarada.
Ya me encontraba cerca del archipiélago cuando en uno de los contactos con Rafael y su Rueda de los Navegantes me dijo:
“Tu escala en Abrolhos va a tener que ser breve, o muy larga, según quieras. Un frente se aproxima y tendrás vientos fuertes y contrarios durante varios días, el mal tiempo llegará en algo más de cuarenta y ocho horas, mañana te podré dar más detalles”
No podía perder mucho tiempo, un frente así me podía retener en el archipiélago más de una semana. Estaba bastante cerca de las islas y un chapuzón no me lo iba a quitar nadie, luego seguiría camino. Dos días era tiempo suficiente para llegar a mi siguiente destino: la ciudad de Vitoria.
Tras una breve escala y veinte minutos de buceo el Archibald caminaba rápido, con todas sus velas desplegadas e incluso un poco de ayuda de motor hacia su nuevo destino.
El Archibald navegaba mejor que nunca, superando la media de velocidad que había marcado, incluso por la noche, con viento más flojo, seguíamos con buena velocidad.
Las previsiones de Rafael coincidían con los mapas meteorológicos que obtenía por mi cuenta: venía muy mal tiempo. “El frente llegará a tu posición mañana a mediodía –comunicaba Rafael-. Intenta llegar antes a destino o busca un refugio alternativo”
Según la velocidad del barco llegaría justo a Vitoria, pero si el viento empezaba a bajar… a las doce del mediodía estaría algo lejos. Vi en la carta de navegación que existía un puerto comercial treinta millas antes de mi destino, lo que me podía ahorrar algo más de cinco horas. Era un buen dato.
Y el viento bajó de intensidad, incluso más de la cuenta. Al amanecer poco a poco fue cayendo hasta desaparecer. “Bueno –me dije-, unas horas de calma, lo justo para darle fuerte al motor llegar a ese puerto y guarecerme”
Me encontraba a tan sólo tres horas de dicho puerto abrigado cuando una fuerte racha de viento contrario surgió de repente; no tuve tiempo de enrollar la vela de proa, que quedó seriamente dañada. Rápidamente pude bajar la vela mayor y conseguí izar en proa mi pequeño Génova, muy resistente, que supuestamente aguantaría hasta más de cuarenta nudos.
Había cometido un error grave: tanto las previsiones de Rafael como las de mis mapas estaban en el horario de Tiempo Universal y yo siempre calculaba mirando mi reloj, con la hora de Brasil. Había una diferencia de tres horas.
El viento fue subiendo de intensidad, al llegar a los treinta nudos ya tuve que desconectar el piloto y ponerme al timón para poder avanzar lo más posible hacia el puerto. Durante horas fui zigzagueando, remontando unas enormes olas que cada vez iban creciendo más. El viento ya superaba los cuarenta nudos, el límite de la vela y también el de rumbo de ceñida; si aquellas condiciones se incrementaban no habría más remedio que dar media vuelta, poner popa al mar y viento e ir… ¿Hacia dónde?
En una de las bordadas distinguí cerca la bocana del puerto, era grande y segura, pero no podía arriesgar en aquellas condiciones apurando la entrada y eso significaba navegar al menos durante dos horas más.
El viento estaba entre los cuarenta y cuarenta y cinco nudos y las olas, formidables, llegaban a chocar contra las placas solares y los generadores eólicos del poste de popa. Yo me lo veía complicado para hacer las maniobras de virada y cambio de vela y varias veces estuve a punto de abandonar, pero el puerto estaba allí y no había más remedio que llegar.
Tras más de siete horas de lucha contra un viento y una mar inusual conseguía entrar en el puerto y echar el ancla en el lugar más resguardado. Después de hacer una revisión al barco vi que todo estaba en perfecto orden, salvo la vela rota. En el interior no había entrado ni una gota de agua y se encontraba como si el temporal no hubiera pasado por allí.
Efectivamente, aquel puerto, llamado Barra do Riacho, era sólo para carga y descarga de grandes buques, sin ningún tipo de infraestructuras aledañas, por lo que los dos días que duró el temporal ni me planteé bajar a tierra.
Esa noche me preparé una buena cena, con la mejor botella de vino que llevaba a bordo; el Archibald se había enfrentado a las peores condiciones con viento de proa y había superado la prueba. Una buena referencia para lo que tendrá que venir.
Tras la espera en aquel aburrido puerto llegó la calma, subí el ancla y seis horas después, a golpe de motor, entraba en la ensenada de Vitoria.

Un abrazo para todos y hasta la próxima entrega.

Cocua y su Archibald.

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