¡Por fin conexión a Internet!

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 Queridos amigos:

A los pocos días de mi arribada atlántica di por concluida mi escala en Natal, nada de lo que necesitaba podía encontrar allí y tras un día de tranquila navegación llegué a la desembocadura de un río que ya conocía y que me albergaría cerca de la ciudad llamada Joao Pessoa.
Dejé caer el ancla en un lugar llamado Jacaré, donde arriban todos los veleros transeúntes, un lugar bien protegido y arropado por las instalaciones de un amigable club náutico.
Pacté por una pequeña cantidad de dinero poder usar los servicios de dicho club dejando el Archibald anclado. Estos se reducían a disfrutar de gratificantes duchas, repostar agua dulce, conectar Internet por medio de una wi-fi que no siempre tenía señal y usar un pequeño gimnasio que al parecer hacía mucho tiempo nadie utilizaba.
Mis planes eran simples: hacer por fin la entrada legal en el país, realizar unas básicas reparaciones y limpieza en el Archibald y sobre todo, recuperarme definitivamente para poder disfrutar del resto del viaje. Todas mis intenciones se cumplieron y tras una semana de poco trabajo, mucho descanso y algo de deporte, regresé de nuevo a la navegación con unas expectativas mucho más claras y positivas.
Mi siguiente destino marcado sería Salvador de Bahía, a casi quinientas millas de donde me encontraba, es decir, contando con el escaso viento que había previsto, un mínimo de cinco días de navegación. Salvador es uno de mis lugares preferidos de Brasil. También se le conoce como la Capital Negra Brasileña. Es una ciudad llena de mezclas y contradicciones; distintos ritmos y músicas, tradiciones y culturas; religiones cristianas combinadas con ceremonias paganas, todo tipo de razas en la que domina la negra principalmente. Esto se palpa por las calles, bares, mercados, oficinas, iglesias… y todo ello en una armonía sin igual.
No podía pasar de largo sin hacer una breve escala en dicha ciudad que ya conocía y no podía echar de menos en mi paso por Brasil, así que programé la ruta hacia mi nuevo destino.
La navegación no comenzó todo lo bien que cabía esperar; el viento, a pesar de las buenas previsiones, era fuerte y en contra; las olas barrían la cubierta, lo que me impedía abrir las escotillas para airear el interior, creándose un ambiente de calor y humedad insoportables. Para colmo el piloto automático principal, mi “vedette” que casi estaba estrenando, dejó de funcionar sin posibilidad en esos momentos de verificaciones. El segundo piloto, también de última generación, comenzó a dar errores negándose a mantener el rumbo a las pocas horas de conectarlo.
Por suerte contaba con más alternativas; otros dos pilotos electrónicos, ya veteranos, con casi veinticinco años en sus costillas, o mejor dicho, en sus transistores, estaban instalados y listos para su uso. Estos no fallaron en toda la travesía.
No sólo tuve el problema de los pilotos, también falló el motor, se rompió un obenque (cable que sujeta el mástil) y alguna cosa más, pero todo lo fui solventando. Posiblemente era el pago que debía por no haber tenido ningún percance de este tipo durante mi insólito cruce atlántico.
Una vez puestas al día mis deudas y con el barco a son de mar empecé a gozar de la navegación con un mes y pico de retraso. Empecé a tomar el sol, a disfrutar de buena lectura, duchas a base de cubos de agua de mar, limpieza y mantenimiento del barco y, cómo no, de la olvidada pesca. De repente el carrete empezó a sonar soltando hilo, una buena pieza estaba enganchada en el anzuelo. Poco a poco la fui recuperando hasta que… un dorado de más de veinte kilos estaba sobre cubierta. ¿Por qué tan grande? Con una pieza de un kilo me hubiera bastado. Ya tenía trabajo extra; limpiar la pieza, filetearla, preparar la comida para ese día y a la vez un marmitaco para los siguientes, hacer conservas en los botes especiales que llevaba para ello y aún así todavía me quedaba más de cinco kilos, que los enterré en sal para luego secarlos y así poderlos guardar durante meses; la receta de conserva más antigua que existe. Después de todo ese trabajo, más limpiar la cubierta, los cacharros, la cocina… empezaba a ponerse el sol. Evidentemente ya no intentaría pescar más, al menos durante aquel trayecto.
Tras cinco días de travesía llegue a Salvador.
Eché el ancla entre las escunas, barcos locales típicos de Brasil, en el puerto del Fuerte de San Marcelo. Hacía más de quince años que no visitaba Salvador, había muchos más edificios modernos y era evidente que la ciudad había evolucionado. No pensaba estar allí mucho tiempo, lo justo para absorber de nuevo el ambiente Bahiano ; pasear por el Mercado Modelo y comprar alguna de sus artesanías, tomar un agua de coco mientras observaba la práctica de Capoeira, Subir en el famoso elevador hasta el barrio colonial del Pelourinho para ver desde allí el atardecer sobre la infinita bahía, degustar un Acarajé servido por una llamativa baiana, cenar una Moqueca en algún restaurante típico de la zona, visitar la casa del escritor lugareño Jorge Amado y comprar de nuevo su famoso libro Gabriela, clavo y canela, escrito en portugués, que ya había leído y quería seguir repitiendo su lectura allí, en su tierra natal. Tampoco podía irme de Salvador sin hacer una visita a la también famosa iglesia de Nosso Senhor do Bomfim, lugar donde se mezclan todas las religiones bahianas y desde luego dedicar toda una tarde a tomar un baño y pasear por la playa de Itapuá, una de mis preferidas del litoral brasileño.
Pero hubo más. En el puerto me encontré con un barco español, el Mischief, de Jordi y Cristina, que con su hija de cuatro años vienen navegando desde España con intención de dar la vuelta al mundo.
Esta pareja tiene mucha experiencia y durante un par de días compartimos anécdotas, importantes informaciones y por supuesto mucha cerveza, siempre para combatir la gran deshidratación que produce esta zona tropical.
Tras algo menos de cuatro días di por concluida mi estancia en Salvador, dejando por popa aquella bonita bahía y siguiendo mi ruta paralela a la costa brasileña. Mi nuevo destino marcado no se encontraba lejos, a tan sólo una noche de navegación. Se trataba de uno de mis paraísos preferidos, o al menos así lo decidimos Fletcher y yo hace diecisiete años; el estuario del río Camamú, de donde en breve recibiréis mis reflexiones.

Os envío algunas fotos de Salvador de Bahía.

Un saludo para todos y gracias por seguir nuestro viaje.
Cocua

 

 

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